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Mi querido don Miguel: Déjeme decirle que a veces
me parece que pecó usted de impaciente, aunque luego caigo en la cuenta
de que a sus cincuenta y siete años,
que eran los que tenía cuando las circunstancias lo llevaron a pegar el grito
que tuvo como consecuencia final nuestra independencia,
tampoco estaba como para esperar.
O gritaba o no gritaba, tal era la cuestión.
Y usted gritó y acabó en “Padre de la Patria”.
Ése era su destino y del destino nadie se escapa.
 
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Cartas Hebdomarias

Nunca es tarde para hacer un comentario público con respecto a una persona (actual o pretérita) o sobre algún tema relevante sin importar el momento en que éste ocurrió. En su opinión, los temas y los personajes universales no deberían perder vigencia.

En estas cartas semanarias (hebdomario se refiere al séptimo día de la semana: el domingo en que se publicaban) se abre un espacio para compartir  con sus lectores la actualidad de los personajes aludidos o de sus pensamientos, acciones u obras.

Aunque Emilio Herrera Muñoz no descarta el envío de mensajes a actores vigentes en su tiempo relacionados con sucesos de actualidad.

 

Adriano:

Por supuesto, no es a nuestro actual Presidente Municipal al primero a quien le han echado en cara su juventud, como defecto grave para llegar a gobernar con acierto, que para hacerlo salga como saliere, ejemplos a la mano tenemos muchos. Inglaterra tuvo en su pasado un Primer Ministro a quien jorobaron con lo mismo, hasta que encaró a quienes repetían aquello para molestarlo, diciéndoles que la juventud se curaba con el tiempo, en tanto que la imbecilidad no tenía cura. Fue un buen Primer Ministro. 

Cuentan de ti, Adriano, que la noche anterior a aquel amanecer en que comenzaría el poder de tu poder, estabas inquieto, lo que visto por tu madre la llevó a sugerirte que descansaras, contestándole tú que aquello era imposible; que no podrías hacerlo sólo de pensar  en la gran responsabilidad que al día siguiente  recibirías y que ya sentías que te obligaba a quedar bien con los que en ti confiaban. 

Ser presidente de la República es algo grande, pero seguramente no lo es menos serlo de un municipio, con la diferencia que el primero apenas si es conocido personalmente por los habitantes de la capital, a quienes apenas si él conoce; gobierna, en cierta forma, para desconocidos. En tanto que un presidente municipal que haya vivido siempre en su ciudad, conoce a casi todo mundo y todo mundo lo conoce a él. No gobierna a extraños; gobierna a gente que ve a diario, que conoce, de lejos, pero la conoce a toda. Si se parara en la plaza podría saludar de mano y acaso por su nombre, como Menelao, a la mayoría de los paseantes que pasaran a su lado. No gobierna para desconocidos sino para conocidos. No va a quedar bien, o mal, con gente que no conoce sino con gente que conoce y, si tiene la edad suficiente, que conoció a sus padres. Su apellido es un apellido muy conocido en Torreón y, si tiene que cumplirle a los torreonenses, también tiene que honrar el apellido ya lagunero, heredado de ellos. 

Cada tres años los torreonenses ponen todas sus esperanzas en un nuevo hombre. En esta ocasión ese hombre se llama Guillermo Anaya Llamas. Esperemos que sea el entusiasmo de su juventud, precisamente, el que nos las vaya haciendo buenas. En fin, mi querido Adriano, como alguna vez dijiste: “Lo esencial es que el hombre llegado al poder haya probado luego que merecía ejercerlo”. Vivamos entre tanto.

11 de enero 2003


Alcibíades:
Atenas, Grecia. 

Afortunado General: Fuiste, más que nada, un ser afortunado y por eso te escribo. ¡Mira que nacer en Atenas el año que naciste. 454 a.C. siendo nieto nada menos que de Pericles. Pero, además, naciste hermoso e ingenioso; la gente te veía y enloquecía por ti. Sócrates ya estaba allí para establecer una amistad de opuestos, pues ambos eran, cada uno, todo lo que no era el otro. Lo seguiste a Macedonia y Potidea y le salvaste la vida en la batalla de Delium. Venir de quienes venías te daba atrevimiento sin límites y te metiste con todo mundo, inclusive con los dioses; te acusaron de haber mutilado las estatuas de Hermes y mandaron aprehenderte. Como te traían ganas, te agarraron y tuviste que escapar de quienes te llevaban preso. Te refugiaste en Elida; de allí te fuiste a Tebas y luego a Esparta. 

Al enterarte de que te habían sido confiscados tus bienes, hiciste un convenio con los lacedemonios, los jonios y los persas, que le traían ganas a Atenas, para atacarla; pero, al saber que los primeros, temiendo que los abandonaras, iban a matarte, sales por pies a unirte con Tisafernes, general de Darío y vuelves a Grecia para derrotarlos, obligándolos a pedir la paz. Te apoderas de la Jonia, Bizancio y varios puertos del Asia Menor. Vuelves triunfante a tu patria, haciendo levantar el secuestro de tus bienes.

Después vuelves a hacer la guerra contra los lacedemonios, a quienes no tenías la menor confianza, lo mismo que ellos a ti, pero, para entonces tú eras el más fuerte. A los cuarenta y siete años entras nuevamente en Atenas y eres nombrado generalísimo poniéndote al frente de una gran flota para combatir a Trasíbulo, pero tu lugarteniente Antíoco libra imprudentemente una batalla en Notium y sale derrotado.

Tus enemigos, que los tenías a porras, aprovechan la ocasión para exigir tu deposición. Te ofreces entonces a Filocles para desafiar al general lacedemonio Lisandro, pero tu oferta es rechazada y huyes a la Frigia. Te presentas a tu anterior enemigo Farnabaces, rey de Persia y le propones ir contra los lacedemonios que, al fin, se han incautado de Atenas; pero, la traición te acecha; en una cabaña donde debías pasar la noche, eres asesinado a flechazos por Susámitres y Masoeuos, asesinos pagados por Farnabaces y Lisandro, sedientos  de venganza por sus antiguas derrotas.

Cincuenta  años tenías, que hoy es ir a la mitad de la vida cuando te hicieron perderla. Todavía se recuerda una de las pocas veces que no estuviste muy seguro de ti mismo: fue aquella vez que tenías que pronunciar tu primer discurso en una Asamblea Popular. Buscaste a Sócrates y le expusiste tus temores. Él te preguntó si te asustaría hablar con tu zapatero, tu carnicero, o los dos juntos. Y como le contestaste que no, te aclaró: pues son muchos de la misma talla a los que les vas a hablar. Y se te quitó el miedo. 

De todas maneras, como tú también lo comprobaste; “El valiente vive hasta que el cobarde quiere”. Las cosas en este mundo siguen desarrollándose como entonces y no hay más justicia que la del poder. Vuelve, pues, a dormir, que sigue sin haber nada nuevo bajo el sol.

27 de diciembre 2003.

 

Señor Alejandro Dumas (padre):
París, Francia

Hijo de militar no podías sino llegar a escribir libros donde las espadas salieran a relucir, a sonar y a matar con la debida frecuencia. Tu madre fue una mulata africana. Ninguno de los dos puede quejarse del magnífico coctel que hicieron. Muerto tu padre, se las vieron negras para vivir tu madre y tú. Estudiaste en tu pueblo donde, al terminar, trabajaste para un notario. Un compañero de tu padre te llevó a París y te recomendó con el duque de Orleans, de quien fuiste escribiente. Por esos años te relacionaste con Marie Catherine Lebay y fruto de esos amores fue tu hijo Alejandro.

A los veintitrés años, tú naciste en 1802, te das a conocer en el mundo literario con la Elegía al general Fox, el amigo de tu padre, que había muerto. Comienzas a escribir con el pseudónimo de David. Empiezas a ganar dinero y traes a tu madre a la Ciudad Luz. En el Teatro Francés presentas Enrique III y su corte, tu primer éxito reconocido. De espíritu inquieto te mezclas a la Revolución con Lafayette y conquistas el grado de capitán de la Guardia Nacional y la Cruz de Julio. En 1831 estrenas Antony, escrito en colaboración pero firmado solamente por ti, que arrebató al público. Después de otras experiencias, volviste a lo tuyo y escribiste La Torre de Nesle. Otro que también la había escrito te desafía, te hiere seriamente y para convalecer recorres casi toda Europa tomando notas que habrán de servirte más tarde.

Escribes como condenado decenas de libros durante treinta años, entre ellos, viajando por España en compañía de tu hijo, en 1848, Impresiones de Viaje, de París a Cádiz, que hoy releo. En el 53, gracias a Dios publicas en entregas en el periódico, Los Tres Mosqueteros que llenaron de felicidad mi adolescencia. Tu muerte ocurrió en 1870, apenas hace ciento treinta y cuatro años, en el mismo pueblo donde naciste.

Dicen que plagiaste mucho, pero todo lo embelleciste y lo hiciste ameno. Al menos yo, sigo siendo tu agradecido lector y si turbo hoy tu sueño es para decírtelo. 

31 enero 2004.

 

Alejandro Korda:
Londres, G. B.
 

Allá por los años 80 me enteré un poco más de su existencia, de la que algo conocía por artículos sueltos de revistas de cine leídas en peluquerías y bolerías, por las que supe que era director de cine y que lo había sido de aquella muy buena: “La Vida Privada de Enrique VIII”. Conocer en tales lecturas el detalle de que usted leía con deleite las novelas del Oeste que había dejado escritas el narrador alemán Karl May, que a mí tanto me gustaban, me hizo cobrar de inmediato simpatía por usted y más cuando su sobrino Michael reveló en su libro “Vidas Encantadoras” tantas cosas que me hicieron tenerlo por singular y admirarlo. 

En Budapest, después de recordar, como ya lo he dicho en otra parte, a su paisano Isidoro Gancz, tan lagunero, lo recordé a usted, la vez aquella de 1940, que ya estando en Hollywood dio un billete de cien dólares a Michael, entonces niño y habiendo protestado el aya por tal mimo, usted dirigiéndose al niño le dijo: “Quiero que salgas en este momento y gastes ese dinero. Si llego a saber que has ahorrado algo me causarás un gran disgusto”. 

A gente que durante la guerra, cuando usted ni soñaba en llegar a ser en un futuro Sir Alexander, al cambiar sus circunstancias y pudo reciprocarle dándole trabajo en alguna de sus empresas, siempre recomendaba: “Inclúyanlo  en la nómina a este señor, pero, ¡por amor de Dios! que su empleo sea uno en el que no tenga nada qué hacer! Usted, Alexander Korda, decía con mucha satisfacción que la mejor manera de echar a andar una empresa cuando se es desconocido y no se dispone de dinero es “alojarse en el mejor y más grande departamento del hotel más lujoso de la ciudad, dejarse ver en público con las mujeres más bellas y elegantes, alquilar la limosina más grande manejada por un chofer circunspecto y cenar todas las noches en los restaurantes más prestigiados y caros de la ciudad. Y recomendaba que había que gastar todo el dinero de que se disponía en dar regias propinas para conseguir la mejor mesa y ser atendido principescamente y que si uno persistía en este modo de vida, tarde o temprano llegaría alguien a proponerle un negocio que haría que todo lo demás se volviera fácil.

Así hizo usted su fortuna. Lo que más le disgustaba a usted, según cuenta su sobrino, era lo que daba la apariencia de ser excesivamente refinado hasta degenerar en cursi. Era muestra de sencillez en el gusto comprar lo mejor en ropa: camisas Sulka, corbatas Knize, zapatos Lobb, sombreros Locke, pero habría sido cursi procurar verse elegante o preocuparse mucho por el efecto en conjunto de tales prendas de vestir. 

Se esforzaba al máximo, por otra parte, para que los Korda de la segunda generación no tuvieran que padecer las negras privaciones que usted tuvo en sus años mozos. Cuando era un muchacho en Budapest, aprendió a hablar bien, lo que para usted fue de mucha importancia y después aprendió algo que le sigue en importancia, que es saber escuchar. Ya para entonces se había usted dado cuenta de que no podía desempeñarse como subalterno de nadie. 

Así vivió durante veinte años, cuando estaba a punto de cumplir cuarenta, que fue cuando decidió convertirse en un verdadero millonario. Y lo consiguió invitando a cenar. “Todo consiste, dijo, en hacer que los banqueros se sintieran iguales a mujeres célebres por su belleza y a las celebridades, que estaban en un mismo plano con los banqueros. Hay que darle a la gente de dinero la oportunidad de alternar en una cena con la gente de belleza y talento y a éstas la oportunidad de codearse con los que tienen el dinero. Para terminar, recuerdo esta declaración suya: “La pobreza hace surgir lo mejor y lo peor que hay en un hombre, la riqueza, en cambio, promete conseguirlo todo y no da nada... Sin embargo, es necesario primero tener el dinero para poder despreciarlo después”. ¿Cómo no admirar a un hombre así, que además sabe morir en plenitud? 

4 de octubre 2003.

 

Alfonso Reyes:
México, D. F.

En alguna de sus páginas usted nos cuenta que los griegos viajaron por el mar por necesidad, pero que, gustarles, gustarles, nanay. Para ellos la tierra, sobre la que se camina, se sube y se baja, se triunfa o se pierde y se termina nutriéndola, aunque cada vez más, muchos se nieguen, ordenando ser convertidos en ceniza que vaya usted a saber dónde parará, era lo esencial. Sin embargo, en ocasiones tenemos que enfrentarnos con su vastedad y no podemos menos que abrir la boca.

Una vez más esto me ha pasado en Mazatlán, a dónde Elvira y yo hemos venido invitados por Miguel Ángel y Perla a pasar la semana que el último sábado terminará. Para leer no he traído mucho, pues por experiencia propia sé que es inútil, que de viaje no se lee, apenas “Borges, unos días y un tiempo”, ese librito que María Esther Vázquez escribiera hace veinte años sobre el ilustre y memorioso argentino y al que no había podido echarle mano. Borges menciona en él a Víctor Hugo y al libro que escribiera en su destierro. “Hugo dice que un anciano y su hijo habían llegado desterrados a una isla y entonces, el hijo le pregunta al padre qué hará y Hugo dice: “miraré el mar” y el hijo contesta: “yo traduciré a Shakespeare”. En este diálogo está implícita la vastedad del mar y la vastedad de Shakespeare. La anécdota la había leído hace tiempo en alguna otra parte, en algún otro libro, pero los personajes no eran un anciano y su hijo sino el propio Hugo y el suyo. Y así uno acaba por no estar seguro de nada.

Pero, bueno, lo mejor de este viaje es que tanto Elvira como yo teníamos necesidad de descansar y aprovechamos la oportunidad que nos brindaban Miguel y Perla para obtener tal descanso. Ellos tres todavía están en edad, unos más, otra menos, de enfrentarse a una caminata mañanera de seis a diez kilómetros ida y vuelta por la arena, sin perjuicio de que Miguel y Perla jueguen dentro de la alberca con Perlita y Marcela hasta la puesta del sol, que, lo que sea de cada quién, ni siquiera es de fotografía.

De la última vez que estuve en Mazatlán a ahora, me parece que no ha cambiado mucho. ¡Comparado con quién? ¡Hombre, con nosotros, que sí lo hemos hecho! Y de una manera o de otra, los culpables somos todos. Bueno, don Alfonso, a lo mejor usted se estará diciendo: ¡Y eso a mí, qué?, porque comencé con el mar y los griegos y acabé con el mar y los laguneros. Dispense usted. Otra vez será.

17 julio 2004.

 

Alvar Núñez Cabeza de Vaca:
¿Sevilla?

Eras –no me digas que no- de noble familia andaluza, nieto, nada menos, que de don Pedro de Vera, uno de los conquistadores de Canarias. Naciste en Extremadura en los noventa de los mil cuatrocientos y en un mes como éste, que es y fue junio. En su día 17 de 1527 zarpaste de Sanlúcar con treinta y siete años encima, viejón casi, como alguacil mayor y tesorero de Pánfilo de Narváez. Eran cinco naves, una tras otra con seiscientos hombres. En Santo Domingo alguien debe haber gritado ¡Bajan” y allí se quedó la mayor parte. Desembarcaron en Tampa, entonces Apalachee y tú decides internarte mientras los navíos buscan el río Pánuco costeando.

Casi un año después, en mayo, con Pánfilo y trescientos emprendes la marcha y el 25 de enero de 1528 llegas, por fin, a Apalachee de donde, tras mil vicisitudes vuelven al mar. Construyen cinco naves –por carpinteros no quedaba- y en septiembre, otra vez al agua. Sin embargo, la tempestad, con la que no contabas los dispersa y llegas al fin con quince hombres de los que salieron junto contigo. La isla, como no podía menos, se llamaba del “Mal Hado”. Como estabas herido y enfermo, los indios te llevan a tierra firme y durante un año la haces de comerciante y curandero.

Con mil trabajos logras reunirte con Dorantes Castillo y el negro Estebanillo, haciendo curas de indios con la ayuda de Dios, ¿de quién más? Dejan al fin la isla tú y los tuyos y conviviendo con los indios, a quienes acaban por inspirar temor, te internas en la comarca de Texas. En 1536, en mayo que te persigue llegas a San Miguel de Caliacán en lo que llaman Nueva Galicia, hoy Chihuahua y Sonora y el gobernador, don Nuño de Guzmán les manda indios para bautizar a sus hijos y ayudarlos a levantar iglesias. Encuentras al capitán Alcaraz y a otros cristianos que van a México. Llegas a Veracruz, embarcas, naufragas y vuelves. Tú y los tuyos vuelven al mar y van a La Habana, las Bermudas y las Azores. A punto de caer en poder de un corsario francés son salvados por una flota portuguesa. En agosto de 1537 desembarcan en Lisboa.

Fuiste nombrado administrador de la colonia de la Plata; pero ¡cómo no! Naufragas y tomas tierra en Paraguay. En Mayo de 1542 llegas a Asunción y te haces amigo de los guaraníes. En Zamora sale a luz el mismo año la primera narración de tus viajes, titulada: “Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca”. En 1543 un gran incendio provoca la insurrección de Paraguay, pero logras reprimirla castigando a los rebeldes. Después haces lo propio con los guaraníes, por haber matado a Ayolas con ochenta de sus soldados. Exploras los manantiales de Iguazú y obtienes varias victorias sobre los indios. Sólo los socorines te sorprenden y te hacen perder sesenta soldados.

En 1544 uno de los tuyos, el teniente Domingo de Irala, te denuncia por malos tratos –los triunfos no los naufragios, se te habían subido a la cabeza- y tienes que ir a España a sincerarte. Compareces ante el Consejo de Indias que te condena al desierto en África, pero el emperador te perdona y nombra juez del tribunal supremo de Sevilla. En Sevilla te pierdes. En adelante ya no se sabe ni cómo viviste ni cómo moriste. Le ganaste a los naufragios y lo que hoy sabemos de ti es por ellos. Y aunque moriste en tierra, es como si hubieras muerto en el mar, nadie dio, ni puede ya dar, razón de tus restos. Hoy te echo aquí esta tablita para que te asolees un poco. 

18 de junio 2005

Amenofis el Magnífico:
Tebas, Egipto.

Por casi venírsenos encima la fecha en que nosotros celebramos a los muertos, prensé mi memoria para ver quién decía ¡ay! entre los viejos más viejos que alguna vez tratara y fue tu voz la que se oyó de pronto. ¡Fuiste siempre, tan amante de la vida y enemigo del dolor! Entre los suertudos que conozco sigues siendo el primero. No encontraste como Rosario Castro Lozano, la alcaldesa de Lerdo, vacías las arcas de tu Gobierno; al contrario, cuando iniciaste el tuyo el Estado era próspero y ordenado. Tenías vasallos al sur y al norte sin saber dónde, pero, sus tributaciones eran amplias y puntuales. Te fue fácil, pues, hacer inversiones públicas como no se habían hecho nunca antes. Te decidiste por la ostentación y comenzaste a gastar en ello.

Recuerdo que tu mujer se llamaba Teye (salúdala de mi parte y dile que un día nos veremos por allá). Poco nombre para una reina, pero, tuvo la suerte de nacer antes que Nefertiti y evitar así las comparaciones. En Tebas, para ambos, edificaste un palacio que asombró al mundo entero. Tú no lo sabías, pero, ni era tan entero ni tan todo mundo. De todas maneras, te permitió decir: ¡Ahí queda eso! En él comían tu mujer y tú y los invitados de ambos en vajilla de oro. (Quién sabe cómo, siglos después, nuestro Moctezuma se enteró de ello y también lo hizo diciendo: ¡Amenofitos a mí!) Pero, además de comer en vajilla de oro te gustaba el vino y el canto y cuando Teye se retiraba a sus habitaciones, las mujeres se enteraban de que las mujeres también. No quiero decir que las mujeres también se retiraban a sus habitaciones, sino que las mujeres también te gustaban. Sin embargo, lo que sea de cada quién, a Teye siempre le diste su lugar.

Entre los monumentos más impresionantes que dejaste está tu templo funerario, porque ustedes no pensaban en la muerte sólo el dos de noviembre, en ella pensaban toda la vida. Ante aquel templo hacían guardia dos colosales figuras sedantes. Hoy casi todo está destruido y la hierba crece por todas partes. Afortunadamente Elvira y yo alcanzamos a ver lo que de ello queda cuando salimos, por primera vez, a conocer el mundo.

En fin, viejo Amenofis, si la vida durara tanto como la muerte, a estas horas estarías comprobando que algunas cosas siguen mejorando con el tiempo: el vino y las mujeres entre ellas. No el oro, que nos está echando a perder al mundo. ¿Y qué quieres que te siga diciendo? Algún día más cercano que lejano, comprobaré si ese “mundo mejor” del que tanto hablan, vale la pena. Que sigas durmiendo bien. 

6 noviembre 2004.

 

Anatole France:

“El recuerdo es la única realidad humana; porque lo presente deja de serlo a cada instante y toda nuestra vida se acoge al pasado”. Monsieur ANATOLE FRANCE. Novelista y cuentista. No sé, mi querido autor, si recuerdas estas palabras tuyas que me he permitido poner como epígrafe de esta hebdomadaria epístola que te dirijo. El asunto es que, al sentarme a escribir, todavía no sabía a quién, me acordé de uno de tus famosos Cuentos de Dale Vuelta, precisamente de aquél en que Carlomagno y sus famosos doce pares: Guillermo de Orange, Oger de Dinamarca, Reinaldo de Montalbán,  Gerardo de Rosellón, Aimer Huon de Burdeos, Dopolin de Maguncia, el duque de Naisme, Bernardo de Brabante, Gerardo de Viana, el conde Rolando y Ollivier, presumieron de su valor y se fueron, todos de la boca. Creyendo que nadie les oía y habiendo bebido algo más de lo debido todos, Carlomagno presumió de que, si le traían a caballo y armado de todas armas, al mejor caballero del rey Hugón (a quien visitaban), levantaría su espada y la dejaría caer con tal fuerza, que después de partir el casco, la armadura, el caballero, la silla y el caballo, se hundiría pie y medio en la tierra. Ante tal jactancia, sus caballeros se volaron y cada uno fue presumiendo de lo que se sentía capaz de hacer. Así hasta Olivier, que habiendo visto a la hija del rey, dijo que se sentía capaz de hacer con la hija del rey Hugón, lo que se decía que Hércules de Grecia había hecho en una noche con las hijas de un emperador que tenía cincuenta hijas vírgenes, desposándolas a todas en una noche y a la mañana siguiente todas se sintieron mujeres bien satisfechas y que él, Ollivier, quería hacer en una sola noche con una sola virgen, la princesa Elena, lo que el Hércules de Grecia hizo con cincuenta. 

Lo que no sabían Carlomagno y los suyos, según tú cuentas, es que el rey los estaba oyendo desde la columna toral que estaba hueca y él escondido en ella. Si todas las otras echadas del emperador y sus pares le divirtieron, la de Ollivier le encendió, así que salió de su escondite para decirles furioso que, si al día siguiente no cumplían lo que cada uno había dicho poder hacer, les mandaría cortar la cabeza. Todos cumplieron y te voy a ahorrar el que vuelvas a leer lo que tú escribiste, pero no cómo sacaste a Ollivier del atolladero, porque es muy bueno y todos los amantes pueden aprender de ello: 

A la mañana siguiente, cuando al tocarle turno, el rey Hugón le preguntó a Ollivier si había realizado su jactancia, éste guardó silencio, como todo un caballero; pero cuando el rey se complacía ya de siquiera cortarle a uno la cabeza, porque fue la jactancia que más le encocoró, la princesa Elena, ruborosa y sonriente, dijo, con los ojos bajos y con voz débil, pero muy clara, que sí. Y al rey no le quedó más que comentar que parecía ser que los franceses tienen al diablo de su parte y que estaba escrito que no cortaría ninguna de sus cabezas. 

Carlomagno que era una especie de Santo Tomás, cuando abrazó a la princesa Elena, teniendo los labios cerca de los oídos de la princesa, le preguntó si había dicho la verdad. Ella le respondió que Ollivier era valeroso y cortés; que le había distraído tanto con sus caricias y sus delicadezas, que no le había sido posible contar; ni tampoco él se preocupó de hacerlo, pero que tenía motivos para suponer que había cumplido. Cuando Carlomagno y sus doce pares regresaron a Francia, Elena se fue con ellos. 

Y es lo que tú dijiste: Cuando el presente deja de ser activo, es el pasado el que viene a ayudarnos a matar al tiempo, antes de que éste acabe con nosotros, haciéndonos recordar el ayer siempre el ayer. Gracias por haber dedicado tu vida a escribir. Que descanses.   

24 de mayo 2003. 

 

Señor Arquitecto Anthemius de Tralles:
Constantinopla.

Te recuerdo por la noticia que el lunes 16 próximo pasado nos dio este diario confirmando los errores en el Distribuidor Vial Revolución, que trae locos a quienes lo ordenaron y más a los que lo construyeron, pues no se puede circular por él a sesenta kilómetros por hora. Y uno tiene qué preguntarse si quienes lo hicieron hubieran podido construir la iglesia de Santa Sofía que tú levantaste hace casi mil quinientos años, en tiempos de Justiniano. La antigua iglesia de Santa Sofía se había incendiado y tú empezaste a construir la nueva en 532, en febrero, para terminarla en diciembre de 537. 

Durante muchos siglos fue la iglesia más grande de la cristiandad; sus múltiples cúpulas siguen aún cubriendo la mayor superficie ininterrumpida de suelo del mundo (aproximadamente 30 metros por 79 metros). Contabas con la ayuda de Isidoro de Mileto y a decir de Procopio, “se asustaba a veces ante la magnitud de la obra”, la proeza era realmente notable. Estudiaste ingeniería romana para realizar la construcción de la bóveda del vasto espacio central con sus naves laterales sin valerte en absoluto de la multiplicidad de soportes que los arquitectos góticos habían de utilizar. Dispusiste las masas del edificio de manera que pudieses concentrar en pocos puntos el empuje de la cúpula y de los arcos, dejando de esta forma espacios destinados a las ventanas. Éstas comprenden el anillo de ventanas que existe alrededor de la cúpula en la parte que teóricamente representa el punto de mayor empuje. Así se creó el mito de que la cúpula estaba suspendida del cielo.

El panteón –primero de los grandes demos del mundo- había sido un problema relativamente sencillo para sus arquitectos romanos; ellos colocaron la cúpula circular sobre un espacio circular provisto de gruesas paredes. En Santa Sofía, tú, Anthemius, apoyaste medias cúpulas sobre bóvedas y arcos, hasta llegar de esta forma al domo central. El conjunto ha sido comparado a una masa de burbujas. Solucionaste el problema de la estabilidad, como también el de la geometría del espacio que significaba colocar una cúpula circular sobre un plano rectangular, sin el cual ni la de San Pedro de Roma –planeada por Brunelleschini, la de San Pablo de Londres habrían podido construirse. A esa estructura tan complicada supiste darle, Anthemius, unidad estética.

Arco, bóveda, semidomo, todo arranca de la misma línea y a partir de ella hay un área ininterrumpida de mosaico oscuro, pero brillante. Por debajo de esa línea todo está cubierto de delgadas losas de mármol, cuyos colores hicieron a Procopio sentir la poesía. Pero, eso, Anthemius sólo era Santa Sofía. ¡Hubieras hecho un distribuidor vial como el Revolución, para que vieras lo que es bueno! Estoy seguro que prefieres seguir durmiendo a ni siquiera hablar de ello. 

21 de agosto

 

Antón Pavlovich Chejov:
Ucrania

No sé si lo recuerdes, pero alguna vez dijiste a un tu amigo: “los escritores a quienes consideramos inmortales o siquiera buenos, poseen en común una característica altamente importante: se dirigen a alguna parte y nos invitan a ir con ellos; los mejores de entre ellos son realistas y describen la vida como es, pero debido a que cada una de las líneas que escriben dejan transparentar el objeto que persiguen, vemos la vida no sólo como es, sino como debería ser”. Ese era el fin que tú perseguías y te proponías alcanzar con tus propios y bien madurados escritos.

Empezaste escribiendo novelas cortas y comedias durante los últimos años de asistencia a la escuela de humanidades de Taganrog, pueblo donde naciste. Viste impresas tus novelas por primera vez siendo estudiante de medicina en Moscú, donde tenías que proveer a tu propio sustento y al de tu familia, pues tu padre, un tendero arruinado y en estado de quiebra no podía atender a las necesidades de la familia. Tus primeros trabajos, aún inexpertos, publicados en las revistas humorísticas de Moscú y San Petersburgo eran ya notables por tu aguda crítica de la vida y la profunda compasión que expresaban.

Empiezas entonces a aprender a escribir en forma compacta que más adelante te movió a declarar que “el arte de escribir es el arte de abreviar”. Tolstoi te influyó. Durante ese período compusiste tus comedias de un solo acto y tu estudio dramático, también de un acto, titulado “En la Carretera”, cuya publicación fue prohibida por el censor.

En 1890 hiciste un viaje al penal de la isla de Sakhalin, donde la experiencia adquirida te indujo a abandonar tus convicciones tolstoianas y escribir la serie de novelas antitolstoianas entre las que están “El Duelo”, “La Sala Número Seis”, tan notables por las ideas que integran y por el carácter que acertaste a imprimirles.

Tu arte maravilloso de fusionar el argumento con la forma se revela en tus cuatro grandes comedias: La Gaviota, el Tío Vania, Las Tres Hermanas y El Huerto de los Cerezos, famosos en todo el mundo. La Gaviota fue el fracaso más grande de tu carrera teatral. Representado un año más tarde en Moscú bajo la dirección de Stanislavsky constituyó un gran éxito; pero ya entonces te hallabas viviendo en Crimea, donde habías ido a pasar los dos últimos años de tu vida intentando poner remedio a la tuberculosis que padecías.

En 1897 fuiste elegido miembro de la Academia Rusa, pero presentaste tu dimisión como protesta por haber sido echado de ella Máximo Gorki por motivos políticos. Gesto que siempre te ha merecido el aplauso y la admiración de tus lectores. Nos veremos más o menos pronto, no te impacientes.

12 de noviembre 2005

 

Arístides El Justo:
Atenas, Grecia.

No olvidado, pero arrumbado en mi memoria sí que te tenía, hasta que ciertos acontecimientos ocurridos en nuestra ciudad con motivo de los fines y principios de año, me hicieron recordarte. ¡Qué bueno que así ha sido, porque eso quiere decir que no andamos del todo mal y que por regla general nos portamos bien!

Andabas por tus treinta años cuando mandabas una de las alas del ejército griego en Maratón. Te encargabas de custodiar los despojos del enemigo y diste tales pruebas de honradez que, desde entonces, te llamaron el Justo. Estableciste que todos los atenienses tuvieran participación en todos los cargos públicos, incluso los nueve jefes que ejercían el poder. Tu reputación de justo toma con ello tales proporciones que, habiendo dicho Temístocles que tiene un proyecto militar de la mayor importancia pero que no puede ser confiado a la Asamblea entera, te designa para conocerlo y luego sigue tu consejo a pesar de serle contrario. Se trataba de incendiar los buques extranjeros que hay en el Pireo. Tú le dices que te parece el proyecto útil, pero injusto y no se hace.

Logras luego hacer una liga de pueblos bajo la supremacía de Atenas para defender la Grecia: Se te confía el tesoro de “Delos” y lo administras con tu proverbial equidad. Moriste en Atenas gozando de la consideración general y sin fondos para costear tu sepultura; pero aquí estamos recordándote por tu honradez, dos mil quinientos años después de tu muerte. Ojalá sirva a los débiles tu ejemplo para mantenerlos firmes frente a otra tentación. Dispensa que te haya sacado de tu descanso y vuelve a él seguro de que sigues sirviendo a la humanidad.  

24 enero 2004

 

Aristóteles:
Chalcis, Grecia.

De pronto pensé que un hombre como tú, capaz de decir que amabas mucho a Platón, pero que amabas más a la verdad, de haber nacido entre nosotros y ahora, algo mejorarías a este país que no se cansa de vivir entre mentiras. Porque, entre otras cosas, nos enseñarías a decir las cosas a quienes oírlas, les serviría, pues decirlas en ausencia no tiene chiste, dichas así, las palabras se vuelven inútiles. Cuando te dijeron que muchos ciudadanos de Atenas te alababan, les contestaste que sería por alabarse a sí mismos, pues ello quería decir que te comprendían. Aquella vez que ibas solo por la calle diciendo al aire ¡Amigos míos!, ¡Amigos míos!, alguien te observó: ¡Pero si no hay nadie! y tú le aclaraste: Tampoco hay amigos y por lo mismo les saludo así.

Naciste en Stagira, Macedonia. Muerto tu padre, Proxeno, tu tutor descuidó tu educación y acabó con tu patrimonio. Te fuiste a Atenas y estudiaste en la academia de Platón. Recorriste Grecia. En Atarné te casas con la hermana del tirano y allí vives hasta que Filipo, rey de Macedonia, te ruega que te encargues de la educación de Alejandro que, por entonces, andaría en los catorce años. Lo que por él hiciste lo sabemos todos.

Cuando vuelven de la guerra abres nuevamente tu escuela y después el Liceo -y en recuerdo de aquél- aquí un grupo cultural llevó el nombre de Liceo de la Laguna. ¿Te acuerdas? Por aquellas galerías te paseabas seguido de tus alumnos enseñándolos. Fue entonces que les llamaron peripatéticos. Por tu lealtad a Filipo te acusan de impiedad y por ello te vas con tus alumnos a Eubea en Chalcis, donde te alcanza la muerte a los sesenta y dos años de edad. Fuiste llorado por todos y tuviste funerales de héroe.

Hombres como tú le hacen falta a todo mundo, de una manera particular a nosotros que vemos a nuestra juventud destruirse diariamente persiguiendo falsos valores. Naciste para no descansar, para enseñar desde que lo hacías personalmente hasta el fin de los tiempos, por medio de tus obras. No te digo, pues, que descanses, que no podrías, sino ¡Hasta luego! 

19 de marzo 2005

 

Arthur Wellesley Wellington:

Como ya son varios los lectores que me preguntan sobre el significado de la palabra “hebdomadarias”, aquí se los doy: El diccionario de la Real Academia Española, dice: “(De hebdómada) adj. semanal, del latín y éste del griego. Espacio de siete años. Así que, quienes no lo sabían ya lo saben. Podíamos titular “Cartas Semanales” éstas; pero, suena bien lo de hebdomadarias, ¿o no? 

Arthur Wellesley Wellington “El Duque de Hierro” Inglaterra. Venciste en Waterloo. No necesitaste de más para tu gloria. Se dice que lo que tenías a tu favor para vencer era tu destacado sentido común militar. En la lucha contra Francia hasta el año 1814 tú nunca tuviste mando en el teatro principal de la guerra, en tanto que Napoleón se veía abrumado por el levantamiento en masa que tenía lugar en Europa contra él. En España contribuiste en gran medida a la derrota del gran corso. Ninguna fuerza comparable en número a la que él mandaba había podido conseguir tanto. Ejércitos franceses que superaban varias veces en potencia al suyo fueron contenidos, derrotados y desgastados con ayuda de las guerrillas y las tropas españolas.

La guerra peninsular fue una de las “campañas auxiliares” más afortunadas de la historia. Era mayormente defensiva, porque tú debiste enfrentar siempre a fuerzas superiores a las tuyas. El éxito te sonríe en la campaña de Waterloo, tanto que no te lo pudiste tragar sólo y dijiste: “Vive Dios, no creo que hubiese podido  hacerse si no hubiese estado yo allí”. Y era cierto. Ningún otro soldado en Europa habría podido ganar aquella batalla. Tu importancia se fue arriba. Se dijo que el resultado se debió a tu sentido común, tu experiencia y tus cálculos.

Nadie te abona una inteligencia  fuera de serie, ni siquiera elevada. Fuiste un estratega sensato, no un gran estratega; en lo que sí eras grande era en la táctica y a nada le tenías miedo. Cuatro años después de Waterloo te metiste a la política y en 1828 fuiste primer ministro.

Carecías de imaginación, esto lo llegó a decir Goya cuando posaste para él y encargaste un vaciado en yeso de tu cabeza; sin embargo, en todo, siempre supiste estar a la altura de las circunstancias, cosa que muchos políticos ya quisieran. En tu patria fuiste necesario, pero no querido. Que donde hoy estás estés mejor.   

25 de octubre 2003

 

Arturo, Romano de oscuras épocas:
Gran Bretaña

No como rey, pero sí como general romano exististe sin ninguna duda, exististe allá por el siglo V, tras todo ese entretejer espléndido y confuso de las leyendas y romances medievales. En Bretaña con tu nombre romano Artorius, tal vez fuiste el último de los romanos; el último en comprender las ideas romanas y en utilizarlas para el pueblo británico.

El primero en mencionarte fue el autor galés Nennius, que escribió alrededor del 796. En general, su relato en la Historia Brittonium es bastante sobrio. Arturo era invencible, intrépido, “luchó por los reyes de los britanos, aunque él era el “dux bellorum”, es decir mandaba en el campo de una fuerza especial destinada a combatir a los invasores sajones cuando y donde fuese necesario.

Nennius cita los nombres de las doce batallas en que Arturo derrotó a los sajones; la última de ellas tuvo lugar alrededor del año 500 y como resultado de ella los anglosajones cesaron en sus agresiones durante casi cincuenta años.

Destacándose en la época de la decadencia romana en Gran Bretaña por su energía e ingenio, es posible que Arturo ganase sus batallas mediante el empleo de caballería armada, de la que constituyen tal vez un recuerdo los legendarios Caballeros de la Tabla Redonda. El propio Arturo murió en la batalla de Calman, en la que lucharon britanos contra britanos.

7 de enero 2006

 

Atila, Rey de los Hunos:
Budapest, Hungría. “Azote de Dios”

Te tenía olvidado, los sucesos del sábado en Iraq, me hicieron recordarte, acaso porque un día tuviste en tus manos el destino de Occidente, el Occidente de hace un mil quinientos años, como el del mundo de hoy está en manos de Bush. Eres real y eres leyenda, poseías, una eficiencia militar pronta y de lo más brutal y un sentido primitivo de organización.

Con los gobernantes del Imperio Romano eras truculento o acomodaticio; eras un maestro en el arte del disimulo; sincero y astuto, justo o injusto, creo que así son todos los que han llegado a tener un gran poder en sus manos, antes y después de Cristo; es decir, que todos están cortados por las mismas tijeras. Hasta que un día, varios de los que habías vencido se unieron y te vencieron. Por eso dicen que “el valiente vive hasta que el cobarde quiere”. Te viste obligado a volver al valle del Danubio y allí moriste dos años después durante la orgiástica adquisición de una esposa. 

Fuiste el destructor supremo, aunque se te atribuye un acto de clemencia famoso: el haber respetado Lutecia, la antigua París, por respeto a Santa Genoveva. El mismo nombre de tu pueblo, los hunos no ha sido olvidado  todavía. El tuyo es símbolo del pavor. 

Dicen que te vanagloriabas de que “donde había pisado tu caballo no volvía a crecer la hierba”. Sonaba bien la frase que, de tanto decirla tomó cuerpo y valor de verdad. Sin embargo, Patrick Howarth ha escrito sobre ti un libro que lleva tu nombre, en el que “ilumina  aspectos poco conocidos del mundo de los hunos, pueblo de asombrosas habilidades ecuestres que procedía de la frontera de China” y en el que también trata de demostrar hasta qué punto ha sido un error juzgarte de la manera que te han juzgado. 

Me atreví a molestar tu descanso eterno sólo para darte esta nueva, que seguramente hará más tranquilo tu futuro sueño.   

20 de diciembre 2003

 

Balduino I, Rey de Jerusalén:
Palestina

Cincuenta años más y cumplirás los mil de haber nacido. Viste la luz primera en Boulogne siendo tu padre Eustaquio, conde de Boulogne. Durante tu juventud fuiste clérigo, que era lo mejor que se podía ser entonces a esa edad. A los treinta y ocho años, es decir, en 1096 te vas con los que fueron a la primera Cruzada, con tu hermano Godofredo que luego se queda en Heráclea y tú sigues adelante. Un año después tomas Tarsus, donde dejas una guarnición para seguir a un armenio llamado Pakrad con el que sigues hacia el Éufrates.

Como te vas distinguiendo eres llamado por Thoros de Edessa adonde llegas como protector y al que sucedes cuando éste es asesinado. Es entonces cuando te sientes solo y te casas con una armenia y sirves como mediador entre la Armenia y los Cruzados. En 1099 es cuando vas a Jerusalén donde un año después los nobles te eligen rey. La cosa no es tan sencilla como suena, ¿recuerdas? tienes que luchar como por dos años contra Dagoberto, protector de los normandos, a quien el Papa Pascual II había suspendido, pero al fin ganas y haces entonces una alianza con Génova y emprendes la conquista de los pueblos del Sur, tomando Arsuf, Cesárea, Acre, Beirut y Sidón. En 1104 entras en Egipto hasta el mar Rojo.

Cinco años después sirves de mediador a los príncipes de Trípoli, Antioquia y Edessa y los ayudas en la defensa contra los musulmanes del noroeste de Siria y los emires de Mosul. Actúas así como soberano de los príncipes cristianos. Tras una expedición victoriosa por Egipto, mueres a los sesenta años, dejando el reino de Jerusalén consolidado y relativamente próspero. Después llegaría Saladino, pero ésas ya son cosas que a ti, ni fu, ni fa. Por lo tanto duerme, sigue durmiendo. Lo tuyo se acabó. Algún día nos veremos. Cuenta con eso.

16 de abril 2005  

 

Señor Bartolomé de Medina:

Minero español, inventor en 1554 del método “Beneficio de Patio” o “Procedimiento Mexicano”, que sirve para sacar la plata de los metales con azogue. De pronto, así son estas cosas, sin tener por qué ni para qué, me encuentro recordando la mañana aquella en que fue Octavio a encandilarnos, a Donaldo Ramos Clamont y a mí, para que le acompañáramos a no sé dónde. Está cerca nos dijo, mientras nos enseñaba no sé qué planos que marcaban un sitio, donde según alguien que conocía su espíritu aventurero, que se inquieta por todo, le había dicho que había encontrado entre los papeles de su abuelo muerto en la Revolución y que, según eso, se referían a un entierro. 

Le había contado todo eso para pedir ayuda económica con la cual moverse y localizar el sitio y que luego ya sabía. Y mientras le decía aquello pasaba una mano sobre la otra como si se la fuera a cortar, lo que quiere decir que irían mitad a mitad. La ayuda, según nos dijo, tuvo que repetirla varias veces, aunque no lo hizo por el oro, o la plata posible del entierro, sino por ver en qué acababa todo aquello que, de justificarse, sería más fácil que explotar una mina. 

Un día, aquel era el día, su peticionario le llegó con la novedad de que ya estaba localizado el punto; que estaba cerca de Gómez; que ya tenía todo lo necesario para el escarbadero y que podían salir a eso del medio día. Y a eso fue Octavio, a vernos: a encandilarnos (o a “encandungarnos”, como decía mi compadre “Liandro”, para que lo acompañáramos. Como no teníamos mejor cosa qué hacer esa tarde, le dijimos que sí, siempre y cuando pasara por nosotros ya con tortas suficientes para todos, como lo hizo. Efectivamente, en menos de dos horas ya estábamos dónde había que escarbar: Un cerro, en cuya cima al buen señor abuelo del que iba a escarbar, porque nosotros no y a él tampoco le veíamos muchas ganas, se le ocurrió dizque enterrar las monedas que hayan sido. 

Cerca de allí no había ni un árbol, menos una sombra. Así que nos quedamos dentro del auto, comiendo tortas y calmando el calor con los refrescos, mientras él y el del plano se fueron decididos a subir el cerro. Octavio, no sé cómo, se agenció una garrocha y con ella se ayudaba para seguirlo. Así hasta que, después de un tiempo, cuando volteamos a verlos él seguía parado contra el sol, firme con su garrocha y del escarbador sólo se veía la talacha o zapapico, cuando lo elevaba para romper la tierra dura al bajarlo con fuerza. De eso fueron varias horas, hasta que el sol dio la segunda llamada de que ya se iba. En aquella penumbra, cuando Octavio bajaba  apoyándose en su garrocha, parecía un profeta bíblico que bajaba a decirnos que ni el oro ni la plata son la felicidad. Era una cosa más que sabías.

Y desde entonces, con mayor convencimiento, Octavio se dedica a obras asistenciales. Decepción no hubo, porque recordaba que peor le había ido, hace algo más de dos mil años, a aquel general romano que, sin planos ni nada, a puro pensar y pensar, dio con el escondite del oro de Tolosa que habían guardado en el lago. Lo sacó; lo convirtió en barras y lo mandó a Roma en treinta carretas. Pero, a medio camino, asaltaron a quienes lo llevaban, los mataron a todos y de los asaltantes no se supo nada más nunca. Por mucho que lo repartieran y más en aquellos tiempos, era mucha lana. 

Bueno Bartolomé de Medina, esto no tiene mucho que ver con la minería, salvo que el oro o la plata de ese entierro cuando vuelva a ver el sol, que saldrá algún día, sino es de “potis”, como decía “Clavillazo”, de alguna mina salió usando tu sistema. Gracias por lo que le diste a México. Hasta la próxima.   

3 de mayo 2003

 

Belisario:
Constantinopla

Naciste en Dacia allá por el 490, así que tú veías el Danubio como yo, siglos después, vi las crecidas del Nazas. En cuanto te lo permitieron figuraste en la guardia del emperador Justiniano. Iniciaste tu carrera militar combatiendo contra los persas. A tus treinta y cuatro años ya eras gobernador de Dara, a la que defendiste heroicamente. A los treinta y ocho años fuiste nombrado general de los ejércitos de Oriente. Tras un revés que sufriste en Callinicum (Mesopotamia), haces que los persas pidan la paz.

Al regresar a Constantinopla, la emperatriz Teodora te casa con Antonina, una de sus favoritas. Reprimes la sublevación de Nika y eres enviado a África, ¿te acuerdas? Te lo pregunto porque yo estoy perdiendo la memoria.

Derrotas a los vándalos en Tricamerón, tomas a Cartago, haces prisionero al rey Gelimer y por segunda vez, vuelve África a ser provincia romana. Te hacen cónsul. Derrotas a los ostrogodos en Sicilia y tomas Nápoles, Roma y Rávena. Mandas al rey Vitiges cautivo a Constantinopla. Los ostrogodos te ofrecen la corona que rechazas. Marchas contra Cosroes y los persas sin lograr resultados decisivos. Eres calumniado por los cortesanos que tratan de levantar suspicacias en el ánimo del emperador. Rehechos los ostrogodos, recuperan gran parte de Italia. Logras echar de Roma al nuevo rey Totila; pero por contar con fuerzas insuficientes, sufres reveses. Pierdes la confianza del emperador quedando fuera del servicio por algunos años.

En 559 los búlgaros pretenden invadir Constantinopla y volviste a tomar las armas. Consigues rechazarlos pero las intrigas de Antonina hacen de nuevo que el emperador te trate con frialdad. En 562 fuiste acusado formalmente de atentar contra la vida de Justiniano y durante algún tiempo permaneciste prisionero en tu palacio con todos tus bienes confiscados. No fue cierto que te sacaran los ojos ni que tuvieras que mendigar para vivir. En 563 recuperaste tu libertad y la fortuna legítimamente adquirida. Estás considerado como uno de los mejores generales de la antigüedad y no hay duda que Justiniano te debe, en unión de Narses toda la gloria de su reinado.

Moriste en Constantinopla el 13 de Marzo del año 565 con setenta y cinco años encima muy bien llevados. Adiestraste a tus hombres para que dirigiesen al caballo mediante la presión de la rodilla y el talón. Introdujiste, también, los estribos de acero, que colgaban de unas correas que iban sujetas a la silla y que ayudaban a montar y a descender de los caballos grandes que tú preferías.

En uno de ellos ojalá te dejen correr de vez en cuando en la eternidad que habitas. Un abrazo. 

29 de enero 2005

 

Belisario Constantinopla:

Te acuerdes o no, naciste en Dacia en el año 490 y desde niño figuraste en la guardia del emperador Justiniano. Por el año 523, es decir a los treinta y tres años empezaste tu carrera militar combatiendo contra los persas. Un año después ya eras gobernador de Dara que defendiste heroicamente. A los treinta y ocho fuiste nombrado general de los ejércitos de Oriente. Luego haces que los persas pidan la paz.

Cuando regresaste a Constantinopla la emperatriz Teodora te casa con Antonina, una de sus favoritas. En 532 te envían a África. Dos años después derrotas a los vándalos en Tricameron, tomas Cartago, haces prisionero al rey Gelimjer y, por segunda vez, vuelve África a ser provincia romana. Te hacen cónsul. Derrotas a los ostrogodos en Sicilia y tomas Nápoles, Roma y Rávena. Cuando cumples cincuenta años mandas al rey Vitiges cautivo a Constantinopla. Fue entonces que los ostrogodos te ofrecen la corona, que rechazas.

Fue entonces que comenzaron las calumnias de tus enemigos, que tratan de sembrar calumnias en el ánimo del emperador. Fueron tantas que acabas por perder la confianza del emperador y te retiras del ejército por algunos años. En el 559 los búlgaros pretenden invadir Constantinopla y vuelves a tomar las armas. Consigues rechazarlos, pero las intrigas de Antonina y tus enemigos vuelven de nuevo a hacer que el emperador te trate con frialdad. En el 562 eres acusado formalmente de querer atentar contra la vida del emperador Justiniano y durante algún tiempo permaneces prisionero en tu palacio con todos tus bienes confiscados. Lo que no es cierto es que te sacaran los ojos ni que tuvieras que mendigar el pan para vivir. En el 563 recuperas la libertad y tu fortuna legítimamente adquirida.

Eres considerado como uno de los mejores generales de la antigüedad y no hay duda que Justiniano te debe la gloria militar de su reinado. Mueres a los setenta y cinco años el 13 de marzo del año 565 en Constantinopla. No tuviste mala vida para aquellos tiempos y hoy te recuerdo con simpatía. Aquí nosotros empezamos a celebrar nuestro próximo centenario como ciudad. A lo mejor te veo antes. El Señor hará lo que tenga que hacer. Vaya un abrazo. 

8 de octubre 2005

 

Benedeto Croce:
Nápoles, Italia.

Naciste precisamente en febrero sólo que de 1866 y en su día 25 en Pescassoli, Abruzos. Recibiste educación católica. Cien años después. Antonio Flores Ramírez, Rafael del Río, Salvador Vizcaíno Hernández, Federico Elizondo Saucedo y Pablo C. Moreno te traían de vez en cuando a su mesa de café de esta ciudad en sus pláticas.

A la edad de siete años un terremoto te priva de tus padres. Esto te lleva a Roma, al cuidado de unos tíos, mismos que te dan la oportunidad de estudiar en la Universidad. A los veinte vas a Nápoles donde te dedicas a las investigaciones de tipo histórico y al estudio de antigüedades. Preparas dos obras importantes sobre la naturaleza de la Historia y la crítica literaria, cuyas ideas desarrollas de 1900 a 1905. A los treinta años, en el 96 ya habías publicado un ensayo sobre la doctrina marxista, que ampliaste. En 1902 comienzas la exposición razonada de tu Filosofía del Espíritu, así como la Teoría e Historia de la Historiografía. En 1903 fundas el diario “La Crítica” en que emprendes el examen de la literatura italiana durante los últimos cincuenta años. En 1910, te hacen senador del reino; en el 20 te dan la Cartera de Educación, donde desarrollaste una obra importantísima. Reformas el Consejo Superior de Bellas Artes. Celebras el cuarto centenario del Dante y reformas los estudios y exámenes de las escuelas medias y normales. Fundas en Roma un Instituto Italiano de Arqueología e Historia del Arte. Conservas el tesoro artístico. Inauguras la Enseñanza Obligatoria.

En 1922, el poder pasa a Mussolini y tú aceptas la situación con reservas. En el 24 te apartas del Duce. En el 29 te niegas a jurar la adhesión al movimiento y te quitan cátedras y honores. Dejas de pertenecer a las Academias, a la Sociedad Real de Nápoles, la de Ciencias Morales y Políticas y a sus cargos y honores. En el 43 cae Mussolini y en el Gobierno que le sustituye eres ministro sin cartera, pero al año siguiente, cuando cae la monarquía, eres candidato a la Presidencia de la República. Fracasas y te retiras a la vida privada. En el 45, que fue cuando empezaron a reunirse aquí los que te dije y a traerte a colación en sus pláticas, das a conocer nuevas obras tuyas, entre ellas tu Autobiografía corregida y aumentada y fundas el Instituto Italiano de Altos Estudios Históricos.

La muerte te alcanza en noviembre del 52 en Nápoles. Habías aprovechado muy bien para ti y para tu patria los ochenta y seis años que viviste. Con que fueran tan productivos como tú todos los que entre nosotros llegan a sitios como los que tú ocupaste, estaríamos mejor culturalmente. Acerca de la felicidad decías que era una serie de cajas metidas una en otra, de la más grande hasta la más chica y que la más chica lo era tanto que nada cabía en ella. En fin que esta revelación es para que sepas que aquí hubo quienes, por varios años, te recordaron de vez en cuando. 

12 de febrero 2005

 

Mister Benjamín Franklin:

Estadista, editor, filósofo  diplomático y hombre de letras, “El americano más sabio”. Filadelfia, Pennsylvania, E.U.A. Muy admirado señor: Al ver la foto de esta niña iraquí con sus pies mutilados, que aparece en la portada de una revista semanal, recuerdo las palabras que usted dirigió hace dos siglos y cuarto a Lord Howe que mandaba a las tropas británicas que combatían contra los colonos en la guerra revolucionaria. 

“Ordenar perdones” –decía usted- para ofrecérselos a las Colonias, siendo así que éstas son parte perjudicada, expresa ciertamente la opinión que de nuestra ignorancia, bajeza e insensibilidad se ha complacido en tener de nosotros su mal informada y activa nación. 

Pero, ¡lo que son las cosas!, ahora resulta que aquellas colonias y otras muchas que se le reunieron más tarde, hasta transformarse en el país más poderoso de la Tierra gracias a las virtudes útiles que usted enseñara a sus contemporáneos y que ellos y sus descendientes practicaron durante los dos siglos siguientes, obligados por la soberbia de su actual presidente que se cree un semidiós, han llevado a otro país una guerra que, como todas, sin que eso justifique la crueldad que nos deja ver la foto a que me refiero, es capaz no sólo de quitar la vida a los niños sino de sumirlos de por vida en la tragedia. Peor que la muerte es una vida sin esperanza. 

Humano, práctico, amante de la libertad, estoy seguro de que si los que se van, de alguna manera pueden seguir atestiguando lo que les pasa a los suyos o lo que provocan, usted se revolverá en su tumba viendo estas atrocidades causadas por los suyos que, al parecer ya no lo son tanto. La venganza no puede justificar tal horror. Haga, don Benjamín, lo que pueda porque tales atrocidades terminen.  Si no hay otra forma métale en la cabeza a Bush que gane su guerra cuanto antes. Mientras más dure, más será el desprestigio que lleve a su patria. 

Seguro de que la guerra le preocupa a usted también por lo que le cuesta a su país, hágale señor a diario una pinta en la pared que diga: “Ya está bien de guerra”. En fin, ojalá pueda hacer algo. 

5 de abril 2003

 

Benjamín Franklin:
Filadelfia, Penn.

Todo mundo está de acuerdo en que fuiste muy sabio. Ojalá y no hayas dejado de serlo, porque te volví a recordar para preguntarte qué tenemos qué hacer para volver a nuestros políticos menos sinvergüenzas, más honrados.

Recuerdo que empezaste tu carrera con un dólar holandés en el bolsillo y un chelín y aquí últimamente los que te digo quieren principiar como antes siempre han terminado: como millonarios. Se han vuelto más impacientes que nunca. Ven, dales una conferencia y cuéntales que tú tardaste para llegar a tener una posición económica acomodada y que la pudiste explicar por tu pasión para mejorar tu mente y tu carácter, que no ha tenido par ni siquiera en la historia de tu país donde tantos han sido muy esforzados.

Y que para afianzar tu crédito tenías buen cuidado no sólo de afianzar esa fama, sino de evitar aparentar lo contrario; ven y enséñanos sentido común para alcanzar una buena reputación. Repítenos lo que un día dijiste a los tuyos: que “Hemos de agruparnos como formando un gran racimo, de lo contrario, con toda seguridad, nos colgarán por separado, como pequeños racimos”. Y aconséjanos como aconsejaste a los tuyos, el optimismo y la laboriosidad.

No te pido más, pero, se lo pido, no, precisamente, al “buen vecino”, sino al hombre universal, que a fin de cuentas, eres. Gracias. 

8 de mayo 2004

 

Bill Gates:

Señor Bill Gates: Sinceramente lo felicito por su gesto de ayer al anunciar que establecería un fondo de “doscientos millones de dólares para alentar a los investigadores a encontrar curas para las enfermedades de los pobres de todo el mundo”. No le ha parecido bien que “de las mil quinientas medicinas nuevas que han sido aprobadas en los últimos veinticinco años, sólo veinte de ellas están relacionadas con las enfermedades de los países en desarrollo”. “Acelerar las investigaciones para superar  obstáculos científicos como el SIDA, la malaria y otras enfermedades, ha dicho usted, podría salvar millones de vidas”. 

De los magnates del siglo anterior, acaso sea usted el último que lo que hizo lo hizo por usted mismo, aunque pudo no haber sido así. Eso le hizo tener contacto con aquellos a quien hoy trata de ayudar. Pertenece, pues, a ese grupo de ricos que lo fueron mucho, pero nada ociosos. Fue y seguirá siendo, como aquel Jim Hill, que solía  salir de su coche vagón particular para manejar una pala y ayudar a palear nieve en medio de una tempestad, o aquel Swift que ya hechos sus millones, se levantaba antes de salir el sol para comprobar si en sus mataderos se desperdiciaba grasa, o un Du Pont recorriendo, sin más luz que la de las estrellas sus fábricas de pólvora. Gente como ella hizo posible a Norteamérica. Sin ellos acaso y sin acaso, no sería lo que es hoy.

Por supuesto que buscaban lo que lograron: su beneficio personal. Pero, no sólo eso buscaban. Claro que el tiempo en que nacieron les ayudó, pero, gracias a haber hecho lo que hicieron fueron también haciendo que desaparecieran las facilidades que ellos encontraron, cuando aquel gobierno para combatirlos fue decretando las leyes que protegían de sus abusos. Nacieron en el momento oportuno; hoy, ellos mismos, acaso no lograrían hacer lo que hicieron como lo hicieron. Aunque algo harían para lograr que sus apellidos sobrevivieran a su propia vida. El impulso que les llevó a hacer dinero, hoy les hubiera llevado a distinguirse en otros campos. 

Su gesto, señor Gates es ejemplar. No es éste su primero de esta naturaleza, ni será el último. Ni es el primer millonario que se distinga por su filantropía, ni será el último, aunque no todos lo son; algunos hubo que no sabían  leer, menos escribir, no obstante lo cual fueron conocidos y hoy son recordados por sus legados a la ciencia y al arte.

De los  viejos magnates sólo Carnegie, fue hombre de  gran cultura, pero, Morgan y Huntington, que no leían libros donaron valiosas bibliotecas. Vuelvo a repetirlo, señor Gates lo felicito. Lo felicito no tanto por la cantidad ofrecida que, para su fortuna, debe ser como quien le quita un pelo a un gato, sino por el ejemplo dado. Ojalá y cunda.

Aquí y en todos los países en desarrollo, para que quienes en ellos hayan triunfado económicamente, toda proporción  guardada, se atrevan a dar, particularmente a  sus hospitales y a sus universidades. 

Y que Dios le dé más, míster Bill Gates.

1 de febrero 2003

 

Brigitte Bardot:
París, Francia

Creo que quedaste tan decepcionada de los hombres, que ahora sólo te ocupas de los animales que caminan en cuatro patas y con ellos te sientes tan campante. Te ha sucedido, me parece, lo que a aquellos grandes pecadores que acabaron sus vidas en conventos. Pero, siempre has sabido lo que traes contigo, con lo que naciste. Y así lo expresaste desde tu primer película, cuando así lo dijiste a uno que no dejaba de mirarte: “Me miras como si ganaras más de lo que ganas”. Desde que te diste a conocer, las mujeres del mundo cambiaron, la que más, la que menos. Y en eso siguen, aunque algunas no te hayan conocido. Siempre te reíste de todos:

Cuentan que cuando empezabas a ser famosa, en una fiesta de sociedad te presentaron a una vieja dama muy intransigente en lo que atañía a las costumbres licenciosas. Y aquella señora te dijo todo lo que de ti pensaba: que no aprobaba tu excesiva licencia en el vestir y en la forma de moverte y provocar a los hombres en tus películas. Que sabía que en alguna de ellas aparecías como Dios te trajo al mundo, pero más grande y que ello no te honraba a ti ni a Francia y que esperaba que en tus próximas películas fueras menos atrevida y tus actuaciones más limpias. Tú le contestaste que en el futuro serías más limpia; que en tu próxima película te bañarías, completamente desnuda, tres veces. 

Todo esto a los animales que hoy llevas contigo a todas partes, no les interesa nada y vestida o desnuda cuando estás con ellos habrán de decirse, si es que algo son capaces de decirse para sus adentros, lo que en la época que visitaste México se decía: “¡A mí mis timbres! Pero, que allá por los cincuenta cambiaste al mundo, lo cambiaste. Otras, después que tú y acaso más bellas, han nacido, pero, creo que les sigues ganando en alegría e ingenio. Cumpliste tu misión. Sigue con tus cuadrúpedos y que Dios te ampare.

13 de diciembre 2003

 

Cabot (¿1460-1498?) :

Navegante italiano que en 1497 descubrió o volvió a descubrir, la costa norteamericana. Cabot partió de Bristol en un barco inglés. Quinientos años antes Leif Ericsson había descubierto América partiendo de las colonias islandesas del sudoeste de Groenlandia. Puesto que los comerciantes de Bristol estaban en contacto con Islandia, es posible que tuviesen tradicionalmente la sospecha de la existencia de tierra hacia el oeste. Esto ayudó, tal vez, a Cabot a atraerse el apoyo inglés a favor de una empresa que españoles y portugueses habían rechazado.

Como le ocurrió a Colón cinco años antes, Cabot creyó haber descubierto el Asia Oriental, “el país del Gran Khan”, aunque “navegó a lo largo de sus costas recorriéndolas en una longitud de trescientas leguas, desembarcó y no vio persona alguna”, palabras contenidas en una carta que un compañero veneciano escribió a su casa. Éste también dijo que “le llaman Gran Almirante, es objeto de muestras de gran respeto y estos ingleses corren tras él como locos”.

Enrique VII fijó una subvención de diez libras “al que encontrase la nueva isla” y más adelante le otorga una pensión. Un año después, cargado de géneros ingleses, volvió a embarcar para cambiarlos por las riquezas de Catay. Su hijo Sebastián intentó también encontrar el camino de Catay, siendo posible que el descubrimiento de la bahía de Hudson, que se tomó por el Pacífico, fuese debido a su búsqueda de un paso por el noroeste. Fracasado el intento de hallarle, procuró encontrarlo por el nordeste para así poder hacer tráfico de mercancías entre la Inglaterra de Isabel y Rusia.

Aparte de las pesquerías establecidas en Terranova, Norteamérica ofrecía poco interés para Inglaterra. No se interesó hasta más adelante, cuando la necesidad de exportar y su exceso de población hizo necesario establecer colonias.    

11 de febrero 2006

 

Casa del anciano:

A TODOS LOS LAGUNEROS: La “Casa del Anciano Dr. Samuel Silva” de esta ciudad que anda por sus cuarenta y siete años y que entonces fundara el Club de Leones de Torreón a sugerencia del doctor cuyo nombre lleva y que era miembro del Club, alberga actualmente a ciento dos ancianos de ambos sexos, que son la responsabilidad de un grupo de religiosas.

Como todas las instituciones de servicio social, vive de milagros diarios, de generosidades previstas e imprevistas y de servicios constantes de grupos de damas que les cosen, les arreglan su ropa por días a la semana unas y otras que les organizan dos bazares al año, en primavera y otoño, de los que sacan utilidades de ayuda a su  precaria economía. 

Para estos meses de marzo que está por terminar y para el de abril que comienza en un par de días, los también laguneros señores Borque han permitido a las cajeras de su cadena de centros comerciales que, a petición de sus clientes, manejen los centavos de cambio que le sobren al pagar, para entregar el gran total cuando esta campaña termine y mientras tanto informen semanalmente cada día martes. Así es como se dan la mano los laguneros.

Usted, que también lo es, no les falle a estos ancianos. Y aquellos que quieran dejar un poco más, pueden hacerlo en el momento de pagar su cuenta, aclarándolo a la cajera respectiva. Algunos pensamientos sobre la ancianidad: “De todas las ruinas del mundo, la ruina del hombre es, sin duda alguna, el más triste espectáculo”. Theophile Gautier. “La vejez es más temible que la muerte”. Juvenal. “Esperamos llegar a viejos, pero tememos a la vejez”. Jean de la Bruyere. “Envejecer es quedarse solo”, E. Barbeau. “La vejez no es triste porque se acaban nuestras alegrías, sino porque se terminan nuestras esperanzas”. John Paul Friedrich Richter, Titán. 

Por tu generosidad, recibe el agradecimiento anticipado de los ancianos de la Casa del Anciano Dr. Samuel Silva”.   

29 de marzo 2003

 

Catalina de Erauso (La Monja Alférez):
Italia

Estoy seguro de que recibir esta carta te asombrará tanto como a mí hoy el deseo de escribirla. Hacía un rato largo que no nos pensábamos. Supongo que desde que te dio por el cine, en el que casi le hiciste la competencia a “Los tres mosqueteros”, al “Conde de Montecristo” y a todos los que por entonces les dio por la espada, que no les duró mucho después de todo, pues no tardaron en aparecer “los cuernos de chivo” y esas repetidoras. En lo que eras capaz de hacer, no hiciste mal carrera, después de todo.

Naciste en San Sebastián en 1592, ¿te acuerdas? Tus padres no fueron unos cualquiera, así que pudiste entrar a un convento dominico, de donde te evadiste cuando, hecha y derecha, cumpliste veintiún años. Como la cara te ayudaba serviste como paje en diversas casas nobles. Estando al servicio de un ministro en Madrid, ¡pácatelas! que te descubre tu padre; pero te le escapas, que era lo tuyo y te alistas como grumete en un barco que, por supuesto, salía para América, que entonces estaba muy de moda. Por fin, llegas y te enteras de que aquello era Perú. Encuentras un empleo en casa de un rico comerciante. No falta quién, por su mala suerte, te busque pleito y te lo echas al pico, lo cual te hace tomar las de Villadiego. Te alistas como voluntario en un regimiento español destinado a combatir a los indios para lo cual te hacen alférez; pero tu carácter pendenciero te va llevando de aventura en aventura.

Por una cuestión de juego, para lo que también eras buena, matas a uno de tus camaradas y luego al auditor que te iba a juzgar. No sé si te acuerdes, porque hasta eso, remordimiento como que no tenías, pero llegaste a matar a tu propio hermano, don Miguel de Erauso, que por allá te habías encontrado, aunque fue en un desafío de noche en que no se reconocieron, porque entonces no había luz en las calles y las calles, de verdad, algunas noches estaban como bocas de lobo y aquélla fue una.

En La Paz fuiste arrestada y condenada a morir en la horca; pero gracias a una estratagema afortunada, lograste escapar. Andabas con la conciencia cargada y te confesaste con un obispo que te impone volver al convento y hacer penitencia; pero vuelves a escaparte y tornas a España. De allí vas a Francia y Roma y te presentas al Papa, que entonces lo era Urbano VIII. Y entonces es que se pierde tu pista, era el año de 1635, andarías por los cuarenta y tres años, pero seguramente encontraste una espada mejor que la tuya y no moriste en tu cama, pues no se supo más de ti, que todo lo que hiciste lo hiciste vestida de hombre.

Después de todo lo que llevas en la conciencia, no sé si puedes dormir tus noches completas, pero, vamos, lo poco o mucho que puedas abrazarte a Morfeo por mí no lo pierdas. Y cuidado con darle una puñalada trapera.   

18 de Septiembre 2004

 

Catalina la Grande:
Rusia.

Como ahora andamos, bueno, más que nosotros ellas, las mexicanas, con el brete de que México tenga, cuanto antes, una “señora presidenta”, la idea hizo que me acordara de ti. En realidad tú ni rusa eras, naciste alemana, pero el destino es capaz de todo y más que rusa fuiste rusísima. La gloria y el amor fueron tus dos pasiones principales. Fuiste, pues, una advenediza.

El apocado heredero del trono fue Pedro, a quien la noche de bodas tuviste que esperar seis horas para dormir, lo cual explica porqué tuviste que esperar nueve años para poder tener un hijo de tu primer amante. Cuando la madre de Pedro murió tu esposo subió al trono. Le diste seis meses de vida, después lo destronaste con ayuda de tu primer amante, Orlov, que en su oportunidad también sería tu víctima. Después de Orlov elevaste a Poniatovski, a quien hiciste rey de Polonia por una temporada. Cuando fue destronado pediste que te mandaran su trono con cuya madera mandaste hacer una cómoda.

Entre tus gustos menos terrenales estuvo la literatura. Te carteabas con Voltaire y los enciclopedistas jugando con sus “peligrosas” ideas liberales, pues te considerabas protectora de los escritores avanzados de tu tiempo. En los asuntos internos intentaste mejorar las condiciones de vida de los siervos y publicaste un nuevo código de leyes bajo el estímulo de la obra de Montesquieu, El espíritu de las leyes y el Ensayo sobre el crimen y los castigos, del marqués de Beccaria.

Dividiste Polonia e hiciste que tu imperio quedase bien afianzado en el Mar Negro; pero de todas maneras, estabas medio loca y te complacías imaginando que te hallabas en el cielo departiendo con Confucio, César y Alejandro; siendo que con quien tenías más posibilidad de hablar era acaso con Mesalina y Teodora, las inmortales emperatrices de Roma y Bizancio.

Te gustaba lo que decían de tus trescientos amantes porque la verdad tú la sabías y de acuerdo con ella un día escribiste: “Yo era muy afectuosa y estaba dotada de una figura muy atrayente. Gustaba al primer golpe de vista, sin recurrir a las artes ni preocuparme de ello. Era muy simpática y poseía un temperamento que tenía más de masculino que de femenino. Como ya he dicho, gustaba a los hombres. La primera mitad de la tentación era evidente y la segunda seguía a la primera como suele ocurrir en la naturaleza humana; pues tentar y ser tentado son dos cosas que distan poquísimo una de otra”.

En fin, que ahora que andamos con la idea de que una mujer nos gobierne, que Dios nos guarde de alguien que se te parezca. 

13 de noviembre  2004

 

César:
Roma.

A través del tiempo la historia suele repetirse con diferentes nombres. La tuya la contó Plutarco y repetirla ha sido una tentación para varios hombres. De ti se sabe que en tus campañas de las Galias y de Britania (donde desembarcaste con tus legiones), tus traslados a tales distancias eran de una rapidez tal que, en lo sucesivo, hasta la mecanización del transporte, o sea, hasta hace muy poco tiempo, nunca fueron igualadas. Es de suponer que las hacías a caballo, a marchas forzadas y con frecuentes cambios de cabalgadura. La suerte está echada, dijiste, para que todo mundo supiera que irías hasta el final. Que no retrocederías.

Abreviaste la historia de lo que hiciste, diciendo: “Llegué, vi y vencí”. Eras todavía un muchacho cuando Sila te incluyó en una lista de condenados al destierro. Le preguntaron a Sila: ¿“Por qué, si apenas es un muchacho?” Contestó: “Este muchacho, a pesar de su juventud, vale más que todos los otros juntos. Sólo él será capaz de hacerse dueño de Roma”. Otra frase tuya cuenta Plutarco que te pinta tal como eres: “En uno de tus viajes, al principio de tu carrera descansabas en un pueblecito y dabas órdenes a todo el mundo como si tuvieras autoridad sobre ellos. Allí fue donde dijiste: “Preferiría ser el primero en este pueblo que el segundo en Roma”. Pensabas en el imperio.

Uno de tus principios fue que, en los momentos peligrosos, lo que importaba era actuar, no discutir, porque la rapidez era condición indispensable del éxito. Cuando lanzabas alguna amenaza, advertías: “Y piensa que esto que te digo, me es más fácil hacerlo que decirlo”. Cuando te advirtieron sobre un grupo de conspiradores, replicaste: “Prefiero morir de una vez que vivir con el miedo de la muerte”. Cuenta Plutarco que los conjurados contra ti eran veintitrés. Al ver a Bruto entre ellos dejaste de defenderte, diciendo: ¡También tú, Bruto, hijo mío! Recibiste veintitrés puñaladas. Nadie te negó la suya. 

20 noviembre 2004

 

Cincinato Lucius Quintius:

Te escribo acaso porque por pagar la multa que le fuera impuesta a tu hijo Caeso te arruinas y tienes que labrar la tierra por el resto de tu vida. Eran los días en que Roma andaba, entonces, como nosotros a veces: toda hecha un lío y si no llena de narcotraficantes sí lo estaba de ambiciosos y llenos de codicia. Sin embargo, tal era tu entrega al trabajo que con sólo eso te distinguiste y cuando andabas por los cincuenta y nueve años, no sé si lo recuerdes, te nombraron cónsul.

En el 458, estamos hablando de los a. C., a tus tierras te fueron a buscar los capitalinos para hacerte dictador, que a mí me parece cosa muy buena cuando se dispone de gente como tú, pidiéndote que arrojaras del Capitolio a Sabino Herdonius, que ya los tenía hasta la coronilla. Una vez logrado el propósito, ¡Hay que ver esto!, renuncias a tu cargo y vuelves a tus campos. Diecinueve años después, por segunda vez van a buscarte para volver a salvar a Roma, agitada por el traidor Spirius Melius. Tu jefe de caballería da muerte a Spirius y tú, a los veintiún días de dictadura vuelves a tu retiro, negándote a aceptar recompensa alguna. Y fue tal tu austeridad que hoy no se sabe el año en que moriste.

Hoy que nuestra juventud con sus locuras y los hombres de mediana edad por sus codicias ya no distinguen entre lo bueno y lo malo y los golpes y las pistolas comienzan o reanudan su presencia para resolverlo todo, tuve que pensar en ti como el más indicado para echarnos una mano, por tu probada austeridad. 

5 de marzo 2005

 

Cristina de Suecia:
Roma, Italia.

Ahora que entre nosotros, las mujeres, con todo su derecho, eso sí, andan muy alborotadas políticamente y más de una, aunque sólo sea para que no se le vaya a hacer el chiripazo a la pareja presidencial, tratan de participar en la próxima oportunidad electiva; sería bueno que te dieras tiempo y buscaras la manera de venir a darles alguna conferencia al respecto; es decir, ponerte de ejemplo demostrándoles que el poder no vale tanto la pena, como ellas creen y tú dejaste de creer a tiempo.

Claro que se puede jugar con la vida y con la muerte de los demás, como tú hiciste con el pobre Descartes, a quien en un tiempo, como el que ahora pasamos, llevabas de madrugada a platicar a la biblioteca de tu palacio que era el sitio más frío de toda Suecia y el hombre atrapó allí una congestión pulmonar con la que no pudo y se fue a donde se van los que mueren de eso.

Cuéntales de cómo a los dieciocho años ya eras reina y veintidós años después estabas ya más que harta del poder y lo renunciaste. Después emprendiste un solo viaje que durante treinta y cinco años te llevó en Europa a todas partes. Años después, ¿te acuerdas? una corte europea te propuso un marido y a los que trataban de convencerte les dijiste: “Si no quise casarme cuando habría hecho rey a mi marido, menos aceptaré ahora que no puedo hacerlo sino viajero ilustre”.

Total que fuera del poder hiciste lo que quisiste, que era lo que no podías hacer teniéndolo. Por eso más de uno dice del poder eso: que es la impotencia. Y aquí ni tú misma podrías cortar cabezas que, en ocasiones parece que pudiera ser la única solución. En fin, que los tiempos han cambiado y ni tú podrías regresar los tuyos. Quédate, pues, mejor, quieta, como estás. Y a ver qué pasa. 

7 febrero 2004

 

Cristóbal Colón:

La cosa no fue fácil. Convencer a los incrédulos siempre será difícil. A ti te llevó, día más, día menos, ocho años. Ocho años que no dejaban de ser un riesgo a tus cuarenta, por no decir cuarenta y uno. Se trataba de encontrar la ruta más corta de Asia por mar, que todos querían, pero, de quererla a creerte siempre hubo un trecho, hasta que no les quedó más remedio, cansados de reírse de tus proposiciones. Los venciste, pues, por cansancio.

Por fin, en agosto de 1492, saliste de Palos, aunque no a palos, que conste. Tu tripulación constaba de noventa hombres distribuidos en tres pequeñas embarcaciones que tendrían unos veinte metros de largo. Llevabas instrucciones del rey Fernando para adueñarte de todo lo que te saliera al paso, pero, no para ti, aunque algo hiciste, a favor de España, que fue la que avaló tu viaje. Lo primero que encontraste fue la Isla de San Salvador, por ser tu salvadora. De que algo había era la prueba. Volviste con mucho prestigio, pero poca lana. Por eso hiciste otros tres viajes, sin saber que, en cada uno de ellos perderías algo del prestigio ganado en el primero. Lo que descubriste no era el Catay que buscabas sino solamente un enjambre de islas al parecer infructíferas. Por pura mala suerte no diste con nosotros que hubiéramos sido tu papa.

Eras un marino práctico no un administrador, así que tu colonización fue desafortunada. Con ello perdiste el favor de la corte. Seis años después el portugués Vasco de Gama descubrió la ruta de las Indias y con ello perdiste la poca reputación que te quedaba, muriendo desengañado y casi olvidado.

Algunos objetos arrojados a la playa por la marea y los relatos de la gente de mar influyeron en ti sobre tu creencia de que había tierra más allá del mar hacia occidente. Fuiste, sencillamente, un hombre con una idea fija dispuesto a sostenerla con cualquier argumento. Hoy que acabo de ver parte de lo que tú viste por primera vez con ojos extraños, parece injusto que América no sea Colombia; pero, tú mismo nunca te diste cuenta de lo que descubriste. ¡Cosas del destino! 

18 de diciembre 2004

 

Cuba y Derechos Humanos:

Esta semana, los fusilamientos “oficiales” -todo mundo dice que también hay solapados- en Cuba, fueron la comidilla de propios y ajenos. Y la Comisión Internacional de Derechos Humanos de la ONU se volvió el centro de las miradas y las discusiones. Tres hombres secuestraron un lanchón con cincuenta pasajeros con la intención de atravesar el Caribe para llegar a puerto estadounidense. El gobierno cubano los atrapó y, sin más, los fusiló, por considerarlos traidores a los ideales del régimen castrista. “Patria o muerte”, dice su lema. Y esto no admite bromas, la verdad. 

Finalmente, en la Organización de las Naciones Unidas (ONU), veinticuatro países votaron en contra de Cuba, veinte a favor y nueve se abstuvieron. Votar en contra, significaba exigir a Cuba que permita la entrada de Mariclaire Acosta, como veedora Internacional, para realizar una inspección y un dictamen sobre los derechos humanos en la isla. El mismo lugar donde en las semanas anteriores ha estado encarcelando a mansalva y acusando de espionaje a un periodista en cuya casa encontraron una grabadora sin pilas y una vieja máquina de escribir. Más o menos el mismo caso que otros colegas y diferentes profesionales. Tecnologías de súper agente, usted sabe. Una Rémington con las teclas gastadas, una Panasonic destripada, un anotador. Los periodistas somos unos excéntricos. Y unos espías, dice Fidel. 

Hoy tengo un nudo en la garganta. Porque los fusilamientos en Cuba no me parecen menos escalofriantes que los cientos de muertos en Iraq. Pero la idea de que otros países se entrometan en las cuestiones internas de una nación me resulta igualmente aterradora. La actualidad mundial justifica mis miedos. Usted sabe de qué le hablo, Kuwait, Iraq, quizá también Siria, más tarde Cuba, qué más da. Ya que estamos construyendo misiles, hacemos unos cuantos más. 

La moral, querido lector, es la idea que cada uno tiene acerca de lo que está bien y lo que está mal. Son los valores de cada uno. Y esto -para mí- está mal. Esto –para mí- es amoral. La resolución votada en la ONU, es la propuesta por Uruguay, Perú y Nicaragua. Una más fuerte, condenando los fusilamientos y la persecución política y encarcelamiento de los disidentes, que había sido presentada por Costa Rica, fue rechazada. De igual modo que la ONU rechazó a Cuba cuando exigía el levantamiento del embargo que rige sobre la isla, por parte de Estados Unidos, desde hace cuarenta años. Ambas cosas, aunque en extremo diferentes, sonaban justas. Pero veinticuatro países decidieron no oír ambas propuestas, decidieron no ver, decidieron callar. Optaron por el voto amoral. 

El escritor José Saramago, acérrimo defensor de las causas de la izquierda, publicó en El País, esta semana, unas pocas palabras al respecto: “Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras. Disentir es un acto irrenunciable de conciencia (...) Ahora llegan los fusilamientos. Secuestrar un barco o un avión es crimen severamente punible en cualquier país del mundo, pero no se condena a muerte a los secuestradores, sobre todo teniendo en cuenta que no hubo víctimas Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones. Hasta aquí llegamos”.

Si alguna simpatía quedaba en el mundo por la quimera cubana de la revolución, Fidel Castro acaba de matarla junto a esos tres hombres que, en definitiva y quizá por un camino equivocado, lo único que buscaban era su libertad. 

Sabe qué, amigo lector, si me dieran a elegir entre Cuba y Estados Unidos, en ninguno de los dos lugares yo quisiera estar. Y ahora, como ya me quejé de lo que quería quejarme hoy, me voy a despedir. Porque, como dice una asidua lectora de esta columna, que de vez en cuando me escribe: “Tampoco se trata de agobiar a extraños con mis pesares”.   

18 de diciembre 2004

 

Diógenes:

ASOMBROSO DIÓGENES: Siempre me he preguntado qué habrás hecho en Sínope para que te corrieran de tu tierra. Acaso sólo fuiste demasiado cínico para ellos. Fue de lo primero que te desprendiste, aunque en este caso no enteramente por tu voluntad. En fin, estabas en la flor de la vida y tomaste tranquilamente el asunto. Comenzaste a caminar y no paraste hasta llegar a Atenas, donde te encontraste con Antístenes que te quedó como anillo al dedo, pues te dio por tu pata de palo, confirmándote en el rechazo de todas las convenciones sociales.

Te adelantaste a San Francisco, que cuando se separó de sus padres se despojó de todo lo que le habían dado, quedando en un santiamén en cueros a media calle, aunque los espectadores, sus vecinos y esos curiosos que nunca faltan, lo vistieran luego, en un tris. Tú, en cambio, lo tomaste todo con calma y llegaste a lo mismo según te ibas dando cuenta de lo inútil que era lo que se te acababa. Así hasta que llegaste al cuenco en que bebías agua, del que te deshiciste cuando viste al niño aquél, cuyo nombre escapó a la historia, supliéndolo con el hueco de sus dos manos. A veces te daba por ir al mercado, pero sólo para confirmar la cantidad de cosas que existían y que tú no necesitabas. Tu único lujo fue el famoso tonel aquél en que dormías, más que nada para evitar que hombres o animales fueran a hacerte una perrería mientras dormías, él y tu lámpara contribuyeron a tu inmortalidad.

Tomabas el sol en el primero cuando Alejandro se te acercó para ofrecerte lo que quisieras y aprovechaste la oportunidad para contestarle, humillándolo: “Que no me quites el sol”. Cuando recuerdo esto pienso que a Bush le falta encontrarse contigo, para que le enseñes que si a los pobres les falta mucho, a los codiciosos les falta todo. Últimamente he pensado mucho en ti.

¿Qué pudiera hacerse para que resucitaras en México y te comunicaras con nuestros pobres para enseñarles a no ser infelices por sus carencias y a ser, en cambio, felices por su libertad? También para que busques entre ellos, con tu famosa lámpara, los hombres que no encuentras, pero al contrario, es decir, a todos los que han traído a este país a la situación en que lo encontrarías en caso de que tu resurrección fuera posible; es decir, como Cabal Peniche que ya ves, es capaz de pagar fianzas millonarias con tal de no soltar un peso de lo que defraudó.

Por hoy, la desgracia de México es que le sobran cantantes y le faltan filósofos que los guíen. No te voy a decir, aunque a ti maldita la falta que te hará, que serías el mejor de los guías que pudiéramos tener, pero, bueno, en las actuales circunstancias, a los pobres les enseñarías que la pobreza no es el peor de los males y que “el movimiento se demuestra andando”; en tanto que a los políticos archi-ricos les dirías lo mismo que aquel tirano que fue depuesto de su mando y reducido a ganar el sustento por sí mismo, a quien tú, tiempo después, felicitaste al encontrarlo en la calle. El tirano te preguntó, ¿recuerdas?, por qué lo felicitabas después de su desgracia y tú le contestaste que porque estabas seguro de que era más feliz que antes. El tirano te preguntó qué harías si no fuera así y entonces le dijiste que lo felicitarías igual, porque ahora tenía tiempo para aprender a ser más feliz de lo que nunca había sido.

En fin, asombroso Diógenes, has entender a nuestros pobres que no es vergonzoso serlo, que lo que lo hace insufrible es desear lo que para maldita cosa necesitan y que para aliviarse de eso vean menos televisión.

30 de noviembre 2002

 

Domenicus Theotocopuli, “El Greco” :
Toledo, España.

Pronto cumplirías años, pues naciste en octubre de 1541, el día que nosotros llamamos de la Raza, en Candía, isla de Creta. De allí lo de “Greco”. Tu juventud transcurrió allá, donde seguramente aprendiste a pintar. Luego te fuiste a Venecia donde pasaste algunos años, lo que te dio la oportunidad de estudiar a Tiziano y Tintoretto, en la época de su máximo esplendor. A ti, en aquellos años te daba por el miniaturismo. Entre tus cuates estaba el pintor croata Julio Clovio que te recomendó a la generosidad del cardenal Farnesio, que te lleva a Roma y te alberga en su propio palacio nada menos que por ocho años. No tienes nada más qué hacer que sacar copias de los grandes pintores.

Tenías treinta y seis años cuando te encargan el Retablo del Santo Domingo, en Toledo, cuyo cuadro central “La Asunción” está en Aranjuez, después de haber pertenecido al infante don Sebastián. Se cree que, a partir de entonces, resides ya en Toledo, hasta tu muerte. Por encargo de Felipe II hiciste “La Legión Tebana” que acabó arrinconado porque no le agradó al Rey. El entierro del Conde de Orgaz se sigue exhibiendo en la iglesia de Santo Tomé y es lo primero que en Toledo ve cualquier turista que se respete.

En 1590, no teniendo mejor cosa qué hacer, haces unos trabajos de arquitectura para los padres agustinos de Madrid. En 1604 haces los retablos de la Virgen del Rosario de Talavera. El resto de tu producción que es enorme, se halla repartida por el mundo entero. Hay sin embargo, numerosas falsificaciones. En 1614 se te ocurrió morir, a los setenta y tres años de edad, apenas nacida la primavera, dejando a Juan Manuel, tu hijo que tuviste con Doña Jerónima Cubas, con quien no sé si te casaste, pues fuiste siempre muy especial.

Quiero decirte que te saludo a diario y tú no me respondes; que, no obstante, lo seguiré haciendo, porque te estimo y tengo tu “Caballero de la mano al pecho”, que dicen que eres tú, a la mitad de la escalera que me baja despierto o me lleva medio dormido a mi recámara. Así que ya lo ves. Qué bueno que hiciste lo que hiciste y que lo hiciste para que yo lo viera. ¡Y en Toledo! ¡Por Dios que es suerte! Sólo por eso mereces el largo sueño de que disfrutas.

4 septiembre 2004

 

Señor Domenico Theotocopuli llamado “El Greco” :
Toledo, España.

Tus mayores soltaron la noticia de tu nacimiento el 12 de Octubre de 1541 en Candía (isla de Creta). Probablemente aprendiste a pintar allá mismo, donde pasaste tu juventud. Por lo demás algunos años los viviste en Venecia, estudiando a Tiziano y a Tintoretto, en la época de su máximo esplendor. En esta primera parte de tu vida se te atribuye una propensión a la manera miniaturista. Julio Clovio, el pintor croata te recomienda al cardenal Farnesio que te lleva a Roma y te aloja en su propio palacio. Este periodo romano, que dura ocho años, da lugar a unas de tus obras ya importantes, como la copia de “Los esponsales de Santa Catalina” del Corregio; la de los Triunfos de Carlos V de Clovio, la Devolución de la vista a un ciego y la Expulsión de los Mercaderes del Templo. Tal vez son también de esa época “Caballero Joven con Barba Rubia”.

En 1577, a tus treinta y seis años, se te encargó el retablo de Santo Domingo en Toledo, cuyo cuadro central, “La Asunción” está en Aranjuez, después de haber pertenecido al infante don Sebastián. Se cree que, a partir de entonces, resides ya en Toledo hasta tu muerte. En 1580 hiciste por encargo de Felipe II “San Mauricio y la Legión Tebana”, que es fama que no agradó al monarca y tuvo que ser arrinconado. “El entierro del conde de Orgaz”, para la iglesia de Santo Tomé, donde aún se encuentra, lo hiciste en 1584. Para que te enteres te diré que yo lo veo a diario en una pequeña copia que tengo a la puerta de mi rincón de lectura.

Vienen luego “El sueño de Felipe II”, el “Jesús Crucificado” y la “Vista de Toledo”. Haces unos trabajos de Arquitectura para los Agustinos de Madrid, Pintas el San Ildefonso de Illescas. En 1604 haces los retablos de la Virgen del Rosario de Talavera. Tu producción fue enorme, está repartida por el mundo entero, si bien los falsificadores hacen chuza contigo. El siete de abril mueres en Toledo. Dejas un hijo, Jorge Manuel, tenido con doña Jerónima Cubas, con quien nadie sabe si te casaste o no. Si es que no hay un paraíso para los pintores y van a donde vamos todos, te aseguro que te veré pronto. (Tú sabes que irse de aquí siempre es demasiado pronto). Nos vemos, pues. Un abrazo. 

20 de agosto 2005

 

Emilio III:

Antes de salir rumbo a Allende, Nuevo león, es decir, el viernes último, me ocupaba de la vida y el tiempo en las columnas que debía dejar terminadas para irme sin pendientes. Al llegar allá, después de darte un fuerte abrazo y felicitarte por tu graduación, objeto de esta última reunión familiar, de felicitar a tus padres y a tus hermanas, me puse a hacer lo de siempre: buscar en las paredes exteriores que dan al jardín esos hallazgos que tu padre enmarca y cuelga por allí. Los últimos habían sido aquéllos de Borges, respecto a lo que no habría dejado de hacer de volver a nacer.

Esta vez me encontré con algo anónimo, al menos para él y para mí, pero no menos lleno de sabiduría, que no queriendo perderme copié de inmediato, para hacer con ello lo que estoy haciendo, no tanto para que tú lo releas, que allá lo puedes hacer, cuando para que lo lean los lectores de estas cartas semanales. Aquello dice así: “Con el tiempo aprendes la sutil diferencia que hay entre tomar la mano de alguien y encadenar su alma. Y aprendes que los besos no son contratos, ni los regalos promesas. Y aprendes que el amor no significa apoyarte en alguien y que la compañía no significa seguridad. Y empiezas a aceptar las derrotas con la cabeza en alto, con los ojos bien abiertos, con la compostura de un adulto, no con el rostro compungido de un niño. Y aprendes a construir todos tus caminos en el hoy, porque el terreno del mañana es demasiado incierto para hacer planes. Y con el tiempo aprendes que incluso los agradables rayos del sol queman si te expones a ellos demasiado. Por lo tanto, siembra tu propio jardín y adorna tu propia alma en vez de esperar a que alguien te lleve flores. Y allí aprenderás que en realidad puedes sobrellevarlo todo... que en verdad eres fuerte y que en realidad vales mucho”.

Y estas cosas que tu padre recoge donde encuentra y ha venido atesorando a través de su vida, vienen hoy a servirnos a todos, porque para la celebración de tu graduación, aunque allí no se mencionaran, le viene como anillo al dedo y para fortalecernos a todos está que ni mandada a hacer. Y a mí me ha dado la gana de poner hoy aquí, con perdón de su autor. Anónimo hasta hoy para mí. 

12 de Junio 2004

 

Enrique el Navegante:
Lisboa, Portugal.

Jamás mandaste barco alguno ni fuiste en uno más allá del estrecho de Gibraltar, pero te ganaste el título porque iniciaste la época de las exploraciones. Los confines del mundo hasta entonces conocidos se duplicaron en cuestión de un siglo gracias a los descubrimientos alentados por ti. Estabas convencido que África no terminaba, como todo el mundo creía en tus tiempos (1394-1460) a la altura, poco más o menos, de las Islas Canarias.

Esta barrera, que en tiempos fue impracticable, sirvió de punto de referencia a tus navegantes, siendo el más peligroso después del Cabo Bojador. Nadie podía doblar este último sin perecer. Durante diez años estuviste mandando hombres allá; todos fracasaron en el intento. “No vais a encontraros allí con un peligro mayor -dijiste a Gil Eannes, que era uno de ellos- que la esperanza de una recompensa no pueda superar. En verdad me maravilla que tengáis estos recelos... y me sorprende que para ello los fundéis en la opinión de un puñado de marinos que no conocen más navegación que la de Flandes... y que no saben manejar una brújula o hacer uso de una carta de navegar”. Gil Eannes dobló el Cabo Bojador y el espectro se esfumó.

Cuando moriste tus marinos habían llegado ya casi hasta Sierra Leona, quedando así abierto el camino para doblar el Cabo de Buena Esperanza y llegar a las fabulosas Indias de Marco Polo, objetivo de toda exploración de aquellos tiempos. A tus marinos se les autorizó para que tomaran posesión de los terrenos convenientes en nombre del rey de Portugal. Así fuiste un precursor de la expansión europea de ultramar, si bien los viajes que se hicieron con tu ayuda fueron improductivos. Tus marinos tenían orden de no capturar a ningún indígena y sí, únicamente, de comerciar con ellos pacíficamente. Sin embargo, como los príncipes y la gente rica deseaban tener adornos exóticos humanos en sus casas, no tardó en organizarse el tráfico de esclavos, comercio que tomó un impulso enorme cuando se descubrió América y el trabajo de los esclavos se hizo necesario.

Y así fue como tus desvelos condujeron inconscientemente a un desastre para África y a un desastre moral para los europeos. Antes de despedirme te recuerdo que ambos nacimos un cuatro de marzo, así que por todo ello te mando un fuerte abrazo. ¿Cómo se ven desde allá los mares? 

22 de octubre 2005

 

Enrique VIII:
Londres, G. B.

Dos cosas te dan una reputación desenfocada: el cuento de las esposas, que en los espectáculos de variedades mueve siempre a risa y los retratos en los que se exagera la nota dándote cierto aire vulgar y cruel. En cuanto a las seis reinas, fue tal vez preferible hacer lo que hiciste, es decir, casarte con ellas, una por una, a tenerlas a todas juntas de queridas. Por otra parte, de ti se llegó a decir, lo dijo un extranjero, que eras el potentado más guapo que jamás había visto. Sería por halagarte o sería porque dabas el tipo de la época, la cuestión es que a nosotros nos cuesta trabajo creerlo. Erasmo llegó a declarar que eras “un genio feliz”. Erudito sí que lo eras. Tenías trovadores en tu séquito y tú mismo tocabas bien el laúd, el clavicordio y el órgano.

Tu tratado contra Lutero, publicado en 1521 mereció los plácemes del Papa León X, quien te confirió el título de Defensor de la Fe, tratamiento que aún se da a los soberanos ingleses en su mundo protestante. También eras muy aficionado a cazar, a las diversiones y al juego, al tenis y al juego del tejo: Decías en uno de tus poemas, que también los hacías: Los pasatiempos y la buena compañía me gustan y me gustarán hasta que muera. ¡Envídieme quien quiera, pero no me lo niegue! Que si a Dios place, así viviré yo. Unías a todas tus cualidades una fe grande en ti mismo. Decías: “Tampoco veo fe en el mundo, como no sea en mí y, por lo tanto, Dios todopoderoso, que lo sabe, hace que en todo yo prospere”.

Como gobernante impusiste la autocracia en tres etapas. La primera te libró de la influencia de tu antiguo consejero, el cardenal Wolsey. La segunda etapa fue la de la Reforma. En la tercera consolidaste tu dominio de todo el país. Querías un heredero varón que no te dio Catalina de Aragón. Cuando el Papa se negó a concederte el divorcio, obraste por tu cuenta. Al descartar a Roma sólo expresabas los sentimientos que de antiguo animaban a tus súbditos insulares contra la influencia externa en sus asuntos. Sin embargo, desde el punto de vista teológico y religioso, no sentías gran simpatía por los reformistas.

El temperamento turbulento de los primeros años de tu vida se fue calmando y si a veces eras brutal y duro, tu conducta no era sino un reflejo de la época. Personalmente eras un hombre moral, comparado con muchos de tus gobernantes contemporáneos. Y no te puedo dejar sin decir que fuiste el padre de la Reina Isabel, que algo te vale. Por supuesto, por supuesto que lo entiendo, sigue durmiendo.

16 octubre 2004

 

Epaminondas Tebas:
Grecia.

¡Cuánto hace que no! Ni de allá para acá, ni de aquí para allá. Pero, afortunadamente, no hay plazo que no se cumpla ni tiempo que no se llegue y aquí estamos: ¡Choca esta mano! ¡Vengan esos cinco dedos y que el tiempo retroceda! Hombres como tú se daban sus mañas para nacer en Tebas, ¿dónde si no, en aquellos tiempos? Allí naciste pues, tú, en el 418 antes de Cristo; pobre, pero honrado, como se diría entonces allá y aquí se sigue diciendo.

Fuiste discípulo de Lysis de Tarento, filósofo pitagórico desterrado y te destacaste como orador, haciéndote gran amigo de Pelópidas, jefe del partido popular de Tebas. En el 385, es decir, a tus treinta y tres años te enlistaste y combatiste en las filas de los espartanos teniendo la suerte de salvar la vida del político Pelópidas en el ataque a Mantinea. Tres años más tarde, cuando en Tebas impera la facción oligárquica que entrega la ciudadela de Cadmea a los lacedemonios, Pelópidas y otros jefes demócratas son desterrados, pero tú no eres tomado en cuenta. En el 371 fuiste elegido beotarca llevando así la representación de Tebas en el congreso de Esparta pro paz, resistiendo valerosamente las amenazas del rey Agesilao. Te niegas a entregar la ciudad de Beocia, dependiente de Tebas y te opones a la firma de la paz en general.

Fuiste nombrado general en jefe y en el Peloponeso logras la victoria sobre los espartanos, comandados por el rey Cleombrote en Leuctra. Impones entonces la alianza de Tebas a la Grecia Central. En el 370 fuiste reelegido, invades el Peloponeso y llegas hasta la Laconia amenazando a Esparta y al rey Agesilao. Liberas a los mesenios y reconstruyes Mesenia con enemigos de Esparta. Al regresar a Tebas, eres acusado de haber retenido el poder cuatro meses más de tu mandato, pero el pueblo te aclama y eres absuelto.

En el 369 vuelves a la campaña forzando el Istmo de Corinto y tomando Sicyon para Tebas. Luego fundas Megalópolis, centro de la liga de Arcadia. En el 368 te bates nuevamente en Tesalia contra los tiranos de Feres y salvas otra vez a Pelópidas de una mala situación. En el 366, por tercera vez, en el Peloponeso obligas a los aqueos a aliarse con Tebas. En el 362 peligra la situación de Tebas y reúnes otro gran ejército para luchar con la liga de Esparta. Vences otra vez en Esparta y en Mantinea, pero en esta última eres mortalmente herido y con tu muerte termina el esplendor de Tebas.

La señorita Hortensia, mi profesora de cuarto año fue la que nos presentó contigo en tiempo extra por su cuenta y se engolosinaba cuando nos hacía ver tu grandeza y la de tus contemporáneos. Ni idea tengo de cómo se moverán ustedes en donde ahora están, pero estoy seguro que si ella ha encontrado la manera de saludarte te habrá llevado un buen rato responder a todas las preguntas que seguramente te habrá hecho. Bueno, mi estimado “Epa” por allá te veré a su tiempo para aumentar tu grupo. ¡Hasta entonces! 

28 de mayo 2005

 

Epicteto:

Alguno de tus mayores te lo habrá dicho: naciste por el año 60 en Hierápolis, Frigia, (Grecia), pero, la verdad es que, de tu vida se sabe poco. Nacido en la esclavitud, serviste a Epafrodito, liberto de Nerón, que las traía contra ti y te trataba con dureza. Conociste al filósofo estoico Masonas Rufus y con sus enseñanzas logras liberarte. Estudias filosofía sin hacer especulaciones sobre Dios, la naturaleza ni la ciencia; desdeñas la lógica y sólo te ocupas de la ética para dictar normas de carácter práctico en la conducta del hombre en la vida.

El año 90, es decir a tus treinta años, un senado consultor de Domiciano expulsa a los estoicos por considerarlos simpatizantes con la república. En consecuencia, te trasladas a Nicópolis, al sur de Espiro, no lejos de Actium, donde pasarás el resto de tu vida. Allí declaras la más absoluta indiferencia por todos los bienes que no dependan de ti mismo. Vives, pues, con tus amigos sin más muebles que una mesa y una estera. Así transcurres todo el reinado de Trajano y parte del de Adriano.

Tu doctrina se concentra en dos principios: “nada existe ni bueno ni malo fuera de la voluntad”. Y, “es vano intentar dirigir o prevenir los acontecimientos: sólo debemos aceptarlos con inteligencia y paciencia”. Según tú, no somos responsables de las ideas que se presentan por sí mismas en nuestra conciencia; pero sí del uso que hagamos de ellas. No dejaste nada escrito, pero uno de tus discípulos, Flavio Arriano, el historiador de Alejandro, ha reunido tus máximas en dos libros que han pasado a la posteridad. De los deseos, por ejemplo, decías “si no quieres ver tus deseos frustrados, no desees jamás sino aquello que sólo de ti depende”. Del hombre decías: “el hombre es una alma pequeñita que lleva a cuestas un cadáver muy pesado para sus fuerzas”. O bien: “si quieres algo bueno, búscalo en ti mismo... hasta que lo encuentres”.

Se sabe que inspiraste la mayor estima a Adriano y Marco Aurelio, que siguieron tus doctrinas. Es posible que hayas muerto en Nicópolis, bien entrado el Siglo II de nuestra era. Como para ti pediste tan poco, supongo que en la eternidad de todo habrás encontrado de más. Úsalo, no lo desperdicies, allá para todos hay. En fin, mi estimado Epicteto, por mucho que tarde, pronto nos veremos. Entre tanto, un abrazo. 

21 de mayo 2005  

 

Ernest Shackleton:

Como no sea por este calor tan prolongado y analfabeta que no se ha enterado de que en octubre lo único que tiene que hacer es retirarse a sus cuarteles, estén donde estén, no tengo por qué acordarme de ti, así que si te jorobo, échale la culpa a eso y no a mí. 

Llegaste a donde te escribo  en 1911, hace apenas noventa y dos años. Por entonces andábamos con eso de los Polos Hoy, no paramos, andamos con el espacio y el chino Yang Liwei, el miércoles aterrizó en la Mongolia  Interior después de haber estado en órbita durante 21 horas, pero, más vale tarde que nunca. 

“Para el explorador (escribiste  un día), la aventura es, simplemente, una interrupción importuna de su trabajo serio. Una aventura es, meramente, algo que se ha planeado mal y que una prueba práctica pone al descubierto”. Mientras hacías los preparativos para una expedición al Polo Norte, te enteraste de que Peary había llegado a él en 1909 y al punto cambiaste de rumbo decidiéndote por el Polo Sur, a pesar de que la expedición de Scott se hallaba ya en camino. Tu éxito se debió al uso de esquíes y perros esquimales, mientras que el fracaso de Scott obedeció, según parece, al uso de jacas Shetland que murieron y lo hicieron perder tiempo, tanto que el retraso contribuyó a su muerte en un ventisquero, cuando se hallaba a trece millas del punto que para él significaba la salvación. 

Te cupo la distinción de ser el primero en navegar por el paso del noroeste, buscado durante tanto tiempo; esto no era más que un “tour de force”, pero sacaste de la hazaña un buen provecho científico. También navegaste a través del paso nordeste, llegando rápidamente a la conclusión de que el desarrollo de la aviación eliminaría los antiguos sistemas de exploración ártica, tanto es así que con el americano  Ellsworth Vines, fuiste el primero en volar sobre el Polo Norte en 1926 en un dirigible italiano. 

Lamentablemente moriste un par de años más tarde al volar en socorro de otro dirigible italiano que se estrelló en el Ártico. Pero bueno, nadie es eterno y tú ya habías comprobado que a quien Dios se lo da, San Pedro se lo bendice. Con los fríos que pasaste, supongo que este recuerdo epistolar te dará un poquito de calor. Y no te digo que “ai” nos vemos, porque yo al fresco sí, pero, al frío ¡Fuchi!

18 de octubre 2003

 

Esculapio, Señor Dios de la Medicina:
Epidauro, Argólida, Grecia. 

A lo mejor te sucedió lo que con frecuencia ocurre en el mundo: que los que mucho pueden hacer por sus habitantes, son incapaces de hacerlo por ellos mismos. Lo digo, porque siendo Dios de la Medicina y capaz no sólo de sanar a los enfermos, sino también de resucitar a los que te caían bien, a lo peor te nos quedaste muerto, sin poder resucitarte. Apolo escogió a Coronis, hija de rey, para engendrarte. Pero, tú, mejor que nadie, sabes cómo se las gastaban los dioses mayores. Un día tu padre no estaba de humor y por un quítame de allí esas pajas acabó con tu madre que, a lo mejor, también tenía lo suyo, madrugándole. Sintiéndose morir, lo último que hizo tu mamá fue recordar que te llevaba en sus entrañas, entregándote al gigante Quirón. Con Quirón creciste y aprendiste medicina, como hubieras aprendido lo que hubieras querido, pues él lo sabía todo. Lo superaste, sin embargo, pues eras estudioso y tuviste siempre buena memoria. 

Al que le chocaste desde el principio fue a Plutón, soberano de los infiernos, quien, rajoncito como era, se quejó con el mandamás del Olimpo, diciéndole que estabas metiéndote en sus terrenos, los de Júpiter, resucitando muertos, cosa que era privilegio del poder divino. Lo peor del caso es que, sin pensarlo dos veces, así son todos los que tienen el poder en sus manos, te mató con un rayo. Tu padre, Apolo, para calmar la furia que de él se apoderó con tu muerte, mató a los cíclopes que habían forjado el rayo que te mató. Pero, no sirvió de mayor cosa, pues, según parece tú sigues muerto. 

Acerca de cómo resucitabas muertos se han dicho muchas cosas: unos dicen que la propia Minerva te dio la sangre de Gorgo, que tú mojabas un dedo en ella y se la dabas a chupar al que te caía bien y lo resucitabas; otros, que lo hacías con la serpiente que se enroscó en tu bastón. En fin... que podías resucitar a otros y no pudiste resucitarte de aquel rayo, a pesar de que se sigue diciendo que cualquiera puede salvarse del rayo, pero no de la raya.

Lo que quiero decirte en estos renglones, es que fue una lástima que no pasaras tus saberes, para que los médicos de todas las épocas hicieran hoy lo que tú hacías en tu momento. Porque la cosa de la medicina se está poniendo color de hormiga; algunos médicos actualmente, ¡olvídate de sus precios! no dan una. Y los noticieros dan noticias pavorosas de lo que les viene sucediendo, a lo largo y ancho de la República, en los hospitales a algunos de sus pacientes. Esto sin olvidar que el Seguro, institución que no conociste y debes agradecérselo a Júpiter, no tiene las medicinas que sus médicos recetan. Bueno, mejor sigue donde  estás. Si resucitaras harías muchos berrinches. 

1 de marzo 2003

 

Escultura del Herrero:

Mi querido Donaldo: Déjame contarte, porque sé que te gustaría saberlo, que nuestro mutuo y querido amigo Arturo Rodríguez Meléndez, en uno de esos sorprendentes y admirables gestos suyos de gran señor, ha regalado a Torreón una admirable escultura de un herrero de tamaño mayor que el natural, al que hay que mirar de abajo a arriba porque, colocada en un pedestal en el jardincillo de la ciudad Industrial, todo lo llena con su perfección. ¿Te acuerdas cuando a nosotros nos regaló un aparato perfecto para los sorteos del “PA – PRO”, porque reparó en que el de medio uso que le habíamos comprado a Humberto Solano en Monterrey y con el cual, hasta antes de adquirir uno mejor hacía allá los sorteos de la Universidad? Bueno, pues, don Arturo, sigue siendo el mismo.

Y a propósito, vale la pena que todo el que tenga con qué moverse se vaya con la familia a la Ciudad Industrial a ver esta escultura de “El Herrero”. Como te digo, vale la pena. La del herrero es una figura que don Arturo ama entrañablemente. Para él simboliza la alegría del trabajo. Porque no hay que olvidar que en la fragua está el yunque del que los golpes del martillo sacaron, hace milenios, la primera música y más adelante, en España, esa otra conocida como martinete “que no necesita la compañía de guitarras, ni palmas, ni taconeo, porque le sobra con los ruidos de la fragua en pleno trabajo, siendo canto monocorde y triste. . . canto muy duro y muy exigente”.

La figura del herrero es una de las más antiguas. Nos llega de las edades del bronce y del hierro, apenas salidos de la de piedra, es decir, andará por los cinco mil quinientos años en todos los cuales, el hombre que oficia como tal y sus instrumentos, apenas si han variado. Ojala que el gesto de don Arturo sea ejemplar.

Ojalá que anime a otros que pueden, a embellecer nuestra ciudad con Apolos y con Venus que, en estos tiempos, supongo ya no es posible que corran la suerte de aquellas otras esculturas de marmolina o algo por el estilo, que adornaron nuestra avenida Morelos por muchos años, hasta que no faltó quien se escandalizara porque no tenían ropa y las hiciera perdedizas, pero, ¿qué quieres? ¡así éramos hace apenas medio siglo!

Dentro de cinco años Torreón estará celebrando su primer centenario. El tiempo, tú lo sabes mejor que nadie, pasa sin que apenas nos demos cuenta. Ojala que quienes pueden, adelantaran sus regalos de centenario a su ciudad y no precisamente con lo que digo, con lo que ellos piensen que pueden embellecer sus calles o sus jardines, obras que no produzcan recibos porque luego el Ayuntamiento se queja de que no tiene para pagarlos mensualmente. 

21 de diciembre 2002

 

Esopo:

Tan posible es que hayas vivido como que no. Si respiraste en este mundo sería entre los siglos VII y VI antes de Cristo. Si viviste eras esclavo, que no es lo peor que le pueda ocurrir a un hombre en este mundo, aunque muchos lo crean. Como tal, un día fuiste llevado al mercado de esclavos y puesto a la venta junto a otros dos, un gramático y un cantor. Entre los compradores había un tal Xanto del que corría fama que trataba bien a sus esclavos. Por supuesto tú y los otros dos querían ser comprados por él. Cuando Xanto se acercó a ustedes y les preguntó qué sabían hacer, el gramático contestó que todo y el cantor que lo mismo, pero mejor. Tú te echaste a reír y te franqueaste diciendo que no sabías hacer nada, porque habías tenido siempre la suerte de que tus compañeros lo supieran hacer todo y lo hicieran todo. Xanto sorprendido por el ingenio de tu respuesta, te compró y echó a correr tu fama.

Luego vendría aquello de la lengua, que si es el mejor platillo, pues es el órgano de la verdad y lo que permite al hombre entenderse entre ellos, también es el peor puesto que es el órgano de la mentira y el arma que usan los hombres para injuriarse y ofenderse mutuamente. Entonces, tú – te preguntó Xanto -¿sólo comerías lenguas? A lo que le contestaste que ni loco; que a ti no te gustaba comer lo mejor ni lo peor, que tú lo que comías era el buen pan de trigo y la carne asada. Como Xanto era, efectivamente, bueno, un día te liberó (como digo, si es que viviste). Entonces viviste solo, con tus libros. Un campesino te visitó y al verte allí con tus libros y ninguna otra compañía, te dijo que cómo soportabas tanta soledad. Fue entonces que dijiste que no tenía ningún mérito; que hacía muy poco rato que lo estabas y cuando el campesino se sorprendió de la respuesta, le aclaraste: Sí; desde que has entrado tú.

Si viviste, pues, fuiste un hombre justo, leal e incapaz de engañar a nadie. Ya en tu vejez, tus discípulos te preguntaban cómo habías conseguido ser como eras. Y tu respuesta fue: “Viendo lo que hacían todos los demás y haciendo todo lo contrario”. Un hombre como tú, que observaste que la vida de los hombres está hecha de dolor y de miseria, pero que los hombres sólo pueden soportarlos con resignación, puesto que evitarlos es imposible, no sólo debió haber vivido, debiera repetirse, volviendo a vivir de tanto en tanto.

A mi señorita Hortensia le agradezco mucho el que nos haya presentado en su tercer año de primaria. Desde entonces, te recuerdo de vez en cuando, como ahora; pero ya me voy a ver el mar, antes de que me corras por venir a quitarte el tiempo. 

27 de noviembre  2004

 

Eugenia de Montijo Emperatriz de los franceses:
Sevilla, España.

Naciste el cinco de mayo de 1826, donde tenías que nacer: en Granada, Andalucía, España. Fuiste hija segunda del conde Montijo y de doña María Manuela Kirkpatrick de Closeburn. Con ella hiciste numerosos viajes por Europa. En 1851, teniendo 25 años, asistes a una fiesta, ello seguramente no se te ha olvidado, en el palacio de Elysée de París donde destacas por tu belleza. Llevas el título de condesa de Teba. Un año después, en diciembre, Napoleón III se proclama emperador de los franceses y el 30 de enero de 1853 se celebró en Notre Dame tu solemne casamiento con él.

La corte de Francia en las Tullerías, en Saint Cloud y en Biarritz brilla esplendorosa bajo tu reinado. El príncipe imperial les nace en el 56. En 1859 durante la expedición de Napoleón a Italia quedas como regente y en 1861 durante la estancia del emperador en Vichy, presides en Fontainebleu el Consejo de Ministros. En 1865 durante el viaje del emperador a Argelia vuelves a desempeñar la regencia y en 1869 asistes a la inauguración del Canal de Suez. En 1870 durante la guerra franco prusiana quedas como regente en París. En septiembre con la derrota de Sedán, Napoleón prisionero es recluido en Wilhelmshohe. Por tu parte huyes a Inglaterra y desembarcas en Ryde, instalándote con tu hijo en Chislehurst.

El primero de marzo de 1871 la Asamblea Nacional francesa decreta la deposición del emperador. Éste protesta. Puesto en libertad desembarca el 20 en Dover y se instala en Camden Place, Chislehurst (Kent). El nueve de enero de 1873 muere Napoleón a consecuencia de una operación quirúrgica en Chislehurst. En 1879 muere el príncipe imperial, Luis Napoleón, en la campaña contra los zulúes. Desde entonces viviste errante y prácticamente sola. Ibas periódicamente a España, invitada por tu sobrino el duque de Alba. En 1920, el 11 de julio moriste en Sevilla, de donde llevabas toda la sal que luciste en vida por tu mundo. La tele acaba de mostrarnos en pasarela una serie de mujeres hermosas, lo que hizo que me acordara de ti. Un abrazo. 

29 de octubre 2005

 

Fidias:

Naciste, según dicen los que llevan esas cuentas, allá por el 498 antes de Cristo y lo hiciste en el Ática, en el centro de Grecia. Tu padre fue el escultor Charmides, aunque, según Plinio, lo que primero empiezas a practicar es la pintura. En la escultura tu primer maestro fue Hippias. A tus veintiocho años ya estás produciendo asombros. Tu primera obra célebre parece ser la Atenea de oro y marfil para la ciudad de Pelena. En 459 A. C., haces la Minerva colosal llamada Atenea Promacos, para los plateos, la mejor de ellas. Haces más Minervas, como la Guerrera, la de Poliades, la Lemniena y otras, hasta ocho.

Pericles, gran admirador tuyo, te hace superintendente de los trabajos de arte por orden del pueblo y te encarga la célebre Minerva del Partenón, de oro y marfil también, por valor de dos mil talentos que era un chorro de dinero. Terminas el Partenón. La Minerva es consagrada. Has hecho también los dos frontones y noventa y dos, representando los juegos de las Partenopeas. Los enemigos de Pericles le acusan de haber robado de acuerdo contigo en el oro de la Minerva, pero, Pericles, nada tonto, hace pesar el manto, que había hecho construir desmontable y confunde a sus acusadores. Estos entonces te acusan de sacrilegio y tienes que huir a Elis.

Emprendes la obra del Júpiter colosal de Olimpia. Esa fue tu vida, sesenta y siete años. Recuerdo también que tú y Alcamenes recibieron el encargo de hacer sendas estatuas de Minerva para elegir entre las dos la más perfecta y hermosa que se emplazaría sobre el capitel de una alta columna, en un paraje despejado. La Minerva de Alcamenes vista de cerca a todos pareció admirable; la tuya, por el contrario, fue juzgada deforme; la boca demasiado grande y excesivamente abierta, la nariz tremenda y todos los rasgos de la cara toscos y rudos. Ante la burla de que tu obra era objeto, les indicaste: Colocad las dos estatuas a la misma altura en el lugar convenido. Así se hizo y, entonces, la Minerva de Alcamenes apareció borrosa, desdibujada, sin expresión alguna, mientras que la tuya impresionaba por su belleza y majestad. Alcamenes tuvo que retirarse de aquel lugar, confuso y avergonzado, en tanto que tú recibías enhorabuenas. Así te las gastabas. 

25 de junio 2005

 

Flavius Anicius Lustinianus, Justiniano I, Emperador del Imperio Romano de Oriente:
Constantinopla.

Surgida de las cenizas de una decadencia que continuó después de tu muerte, se ha sostenido que la historia moderna empieza contigo como emperador. Hiciste todo eso y sin embargo, tu fama parece tan borrosa, que muchos se han preguntado si después de todo, fuiste un gran hombre o tal vez, sencillamente como han sugerido muchos de tus detractores, un hombre muy listo.

De origen humilde, fuiste adoptado por tu tío Justino (emperador, 518-527) que te llevó a Constantinopla. Allí aseguraste tu fortuna gobernando para tu indocto tío, cuyo sucesor llegaste a ser. Tu subida al trono se distinguió por uno de los festivales más grandes que jamás había presenciado Constantinopla: y con él, recibiendo también el tributo del pueblo, se hallaba Teodora, la emperatriz, la hija de un domador de osos. Había sido objeto de burla en todo el imperio debido a su conducta licenciosa y depravada, pero tú te casaste con ella en contra de los consejos de todos. Sin embargo, durante el resto de su vida fue modelo de rectitud, dispuesta en todo momento a apoyar a su marido en sus momentos de indecisión.

En una época de controversia teológica te destacaste dedicándote personalmente a profundizar en problemas como el de la naturaleza de Dios, que nadie podía resolver. Después de perseguir constantemente a los paganos como a los heréticos, tú mismo te hiciste culpable de herejía al final de tu vida. Si tu pasión era la teología, tu talento, en cambio, se inclinaba por la malversación de los fondos imperiales o por la extravagancia.

Las guerras contra Persia, Italia y España, minaron tu tesoro. Había que pagar obras públicas enormes, festivales espléndidos y soberbios edificios -el mayor de los que quedan es la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla-. El dinero lo sacabas de un pueblo muy gravado de impuestos: si los contribuyentes organizaban una revuelta de protesta, la revuelta era al punto sofocada en forma por demás sangrienta y salvaje -en el levantamiento del año 532 perecieron treinta mil personas-.

Tú no eras personalmente un tirano, pero no tenías inconveniente en tener ministros despóticos, ante cuyos métodos cerrabas los ojos con tal de que te sirvieran bien. Por encima de todo se te recuerda por una cosa: por consolidar la vasta y confusa masa de la Ley. Esta codificación de la Ley Romana llevada a cabo por tu orden por el jurista Triboniano, dio a la Edad Media la oportunidad de familiarizarse con el significado del mundo civilizado. Ha sido la raíz central de nuestra civilización. 

5 de noviembre 2005

 

Señor General Francisco Villa:
Monumento a la Revolución.

La última invasión me ha hecho recordarte. Pocas veces lo hago, lo confieso. No soy, precisamente, un admirador tuyo, aunque tampoco te ignoro. Tuviste, Pancho Villa, la suerte de nacer en México. Gracias a lo cual pudiste llegar a ser un mito desarrollado al margen de la ley, imponiendo la tuya. No es que no fueses valiente, es que, también fuiste cobarde; a pesar de ello, tu destino se cumplió paso por paso y desde hace treinta y siete años tu nombre brilla en oro en la Cámara de Diputados.

Uno de tus carpinteros, a quien llamamos siempre “el máistro don José”, que para ti levantó carros descarrilados durante la Revolución y para mí trabajó después de ella, te mantenía en su memoria y en sus labios, alabándote siempre, hasta su muerte. Otros, a quienes dejaste sin padres, te maldicen con la misma constancia. 

Dos años después que tú, nació Obregón, con un encargo muy especial: derrotarte. Pero, eran tal para cual: Ambos colosos. En fin, por lo que has venido a mi mente, según decía, fue por lo de las invasiones. Fue una de tus puntadas. En realidad, apenas si fue más que eso, invadir, echar tiros y gritos de ¡Viva México! en su propio país (Más nos han hecho ellos). Cuestión de unas cuantas horas, antes de salir corriendo. Pero, que se asustaron. ¡Vaya si se asustaron! 

De eso hace 87 años, cuatro días después de que yo naciera. Y por eso te recuerdo. Dispénsame y vuelve a tu paz.    

10 de mayo 2003

 

Francisco González Bocanegra:

Autor de la Letra de nuestro Himno Nacional. Rotonda de los Hombres Ilustres. Muy estimable don Francisco: A lo mejor te molestas y si no tú, tu prima y esposa Guadalupe, quien fue, según la anécdota, la que te encerró en una pieza aislada de la casa número 6 de la calle de Santa Clara (hoy Tacuba), cuando en 1853 se publicó la convocatoria “para la composición de un canto verdaderamente patriótico que pudiera llegar a ser constantemente el Himno Nacional” en el que tú no querías participar, “negándose a abrir la puerta mientras no hubiera recibido, por debajo de ella la composición tuya que iría al concurso”, según cuenta Eulalio M. Ortega Serralde, tu bisnieto.

Mes más, mes menos, de aquello hace ciento cincuenta y un años y como encerrado no tenías mejor cosa qué hacer, nos hiciste el Himno Nacional que, desde entonces nos trae aprestando el acero de un cañón y la brida de fogoso caballo, de los que luego, en la Revolución, quedaríamos hartos. Será por eso que ahora todos los mexicanos cuando dejan de andar a pie pasan, de golpe, a los automóviles, aunque estén para tirarlos.

El asunto es éste, mi estimado don Francisco: que el mundo ha cambiado tanto y nuestro vecino más, si esto es posible que, en estos momentos, por más caballos y cañones que aprestáramos, tendríamos que pensarlo dos veces antes de intentar poner a retemblar la tierra. Así que, a ver si tu querida Lupita te encierra nuevamente para que cambies de nuestro himno tu primer cuarteta y en lugar de lo que en ella aconsejas, nos aconsejas ahora entrarle al trabajo con ganas y si el cielo hasta nos viene dando un soldado en cada mexicano, que comience a darnos verdaderos y apasionados trabajadores, que son los que pueden cambiar este México cada día con más pobres y desocupados, por mexicanos convencidos de que el trabajo constante es el único capaz de sacarnos del hoyo a donde nos siguen llevando nuestros guías desde 1970. Y que quienes los explotan, comiencen a ayudarlos para entre todos hacer posible ese destino que “por el dedo de Dios se escribió”, que ya es tiempo. Si lo puedes hacer, hazlo.

Si no, tú verás, que yo no te puedo encerrar en un cuarto, como Lupita, sólo volverte a tu sueño eterno, que es lo que hago. 

17 de enero 2004

 

Gabriele D’Annunzio Capponicina:
Florencia, Italia

No sé, mi estimado Gabriel, por dónde andarás. Por eso te dirijo estos renglones a la casa que tenías en Capponicina, cerca de Florencia, a la que te retirabas algunas veces a trabajar. Y mientras trabajabas, te negabas a recibir a quien fuese, algunas veces me lo hiciste a mí. Lo interesante es que no te gustaba que mintieran al respecto, es decir, que dijeran que no estabas. Lo prohibías. Exigías que dijeran que estabas, pero que no recibías porque trabajabas y tu trabajo era lo primero. Y tu criado cumplía la orden diciendo: Que decías no estar en casa. Y si alguno deseaba aclarar la cosa y preguntaba si, en fin, estabas o no, nos decían: Está. Pero me manda decir que no está. Y decirlo así para que se sepa que está y que mientras trabaja no recibe.

Una joven actriz había intentado varias veces que la recibieras, sin conseguirlo. Ella insistía, ¿te acuerdas? Y al fin enterado que era una bella muchacha, decidiste recibirla. Tu criado te advirtió que no venía sola, que la acompañaba su padre. Entonces le escribiste unas líneas en un papel. En el sobre escribiste: Para ella. En el papel la actriz leyó: “Para Gabriele D’annunzio, las actrices son todas huérfanas de padre y si son bellas, de padre y madre”. El padre se retiró, de eso sí que te acordarás, pues no la dejaste ni hablar, le impusiste silencio, la estuviste contemplando un rato largo y acabaste citándola para otro día a otra hora.

Moriste en 1938 a los setenta y seis años. Siete años antes habías hecho tu última conquista. Vivías entonces ya retirado en las orillas del lago de Garda. Te visitó un grupo de amigos, entre ellos una mujer norteamericana cuarentona, bien conservada y bonita, que se apoderó de tu vejez y aprovechó la ocasión para decirte que era capaz de quedarse a vivir allí, como lo hizo y tú le visitaste de vez en cuando. Un día lo hiciste y le anunciaste: Vengo a despedirme. Te preguntó si te ibas. Le dijiste que no, pero que siempre habías dicho que a los setenta años dejarías de amar para dedicarte únicamente a recordar a tus antiguos amores y que al día siguiente los cumplías. Y cuando te preguntó que si le recordarías le contestaste que sí, pero que no sabías cuándo, porque habías de recordar antes a muchas otras. Así te las cargabas. Que sigas igual, pero respeta a las once mil. 

27 de agosto 2005

 

Gengis Khan:

Bárbaro GENGIS KHAN, donde se encuentre: Fundaste un imperio, bárbaro y brillante: el imperio Mogol. Apareciste de sorpresa por Europa, cuyos habitantes creyeron que tú y tus huestes venían directos del infierno. La  ferocidad de que hacían gala, se prestaba a la leyenda. No tenían antecedentes de algo parecido. Tu padre había sido el jefe de una confederación  mogola en las estepas del Asia Central y murió muy joven. Para 1206 ya eras el jefe del mundo nómada, reconocido como tal por los notables de tu tribu. Aunque te pusieron de nombre Temuchín, adoptaste el de Gengis Khan, que quiere decir “el guerrero perfecto” y te lanzaste a  conquistar el norte de China y lo hiciste con  tal éxito que te llamaron “El Azote de Dios”. Ocho años después estabas ya preparado para volver tu atención a Occidente.

Los príncipes rusos de Kiev fueron los primeros en desafiarte sin conocerte, que de haberte conocido no lo hubieran hecho. Su derrota hizo que la cristiandad se enterara de las proporciones horrorosas que adquirían los saqueos mogoles. Volviste de nuevo a China y ya te preparabas para aniquilar el sur de ella cuando te preocupó  una determinada conjunción de planetas. Volviste hacia tu capital, hecha de tiendas de campaña y la muerte te alcanzó durante el viaje. Los hombres que formaban tu escolta mataron a cuantas personas se cruzaron en el  camino, con el fin de que la noticia de tu muerte no fuera a impedir la gran asamblea de las  tribus, complicando la aprobación de la división del imperio entre tus hijos, ¿lo recuerdas? El lugar de tu tumba sigue siendo desconocido. 

Tu actitud personal se refleja en estas palabras tuyas que alguien recogió: “El placer y la alegría del hombre radican en derribar al rebelde y conquistar al enemigo, en arrancarle de raíz, desposeerlo de cuanto tenga, hacer que sus servidores se lamenten hasta ver sus ojos arrasados en lágrimas, complacerse en pisotear sus bien nutridos caballos capados y en hacer de nuestras camas una litera, que descanse sobre la barriga y el ombligo de sus mujeres”. 

Mucho tiempo ha pasado desde entonces y si ahora te recuerdo es precisamente porque por aquellos lugares que tú asolaste, después de China y antes de Europa, con tus caballos famosos porque por donde ellos pasaban no volvía a crecer la hierba, nuevos conquistadores, ahora con poderosos aviones, volverán a sentir “el placer y la alegría” que tú sentías.  Pero, ésta no es “La marcha de los bárbaros” como fue la tuya, será la de los civilizados. 

Que descanses en paz.  

8 de febrero 2003

 

George Bryan Brummel:
Caen, Francia.

De vez en vez, por antagonismo, viendo cómo visten algunos de nuestros jóvenes, te recuerdo. Naciste hace más de dos siglos, doscientos veintiséis años, para ser más exactos, en Londres. Fuiste nieto de un mesonero de jóvenes aristocráticos e hijo del secretario particular de lord North. Desde tu primera juventud te distingues por el esmero que pones en el vestir y por lo afectado de tus modales. A los doce años comienzas estudios en Eton y Oxford, donde te haces popular por lo original de tu atildamiento. Estableces, por ejemplo, la moda de las hebillas en los zapatos, que por ti se llamaron hebillas Brummel.

A los dieciséis años vas a Londres, donde logras entrar nada menos que, en la intimidad de Jorge IV, por entonces príncipe de Gales, que te hace su inseparable. Recibes, ¡pero, cómo no!, una comisión de abanderado en el regimiento de Húsares número diez. A los dieciocho años asciendes a capitán y para colmo heredas una considerable fortuna. Como con ella puedes hacerlo, te instalas como soltero en Mayfair, impresionando a la sociedad londinense que, en recuerdo de Petronio, que lo fue en tiempos de Nerón al principio de la era cristiana, te proclama su “Arbiter elegantarium”. Habías llegado a ser el prototipo del dandy, el hombre más refinado y elegante de Londres.

Pero para 1813, es decir, a los treinta y cinco años, intemperancias de lenguaje acaban por indisponerte con tu regio protector, al propio tiempo que juegas como si estuvieras en Las Vegas, que por supuesto entonces ni para cuándo; sin embargo fuiste en ello tan desaforado que pronto no tuviste sino deudas y tu popularidad se fue como en un resbaladero. Huyendo de aquellos a quienes les debías te fuiste a Calais, donde degeneras. Ya no eres el bello Brummel de antes.

De 1830 a 1832, por intercesión de algunos amigos te dan el Consulado Británico en Caen, intentando salvarte de la ruina, pero ya estabas echado a perder y todo fue inútil. Cada vez más entrampado, te entregas a la disipación. En el 35 de aquel siglo, fuiste encarcelado por deudas y cuando sales de la cárcel sólo puedes vivir gracias a la generosidad de los pocos amigos que te quedan.

Para remedio de males te quedas paralítico y tienes que ser internado en un asilo, el del “Buen Salvador” de Caen, donde mueres en 1840, a los sesenta y dos años de edad. En proporción a tu gloria se multiplicó tu ignominia. Si sólo te hubieras dedicado a vestir bien, hubieras sido un buen ejemplo entonces y ahora, pero, todo lo malo se te subió a la cabeza y así te fue. Mejor que vuelvas a la tumba. Amén.

25 de septiembre 2004  

 

George Herbert Leigh Mallory:
Londres, Inglaterra.

Los escaladores, escribiste un día, “sostienen que en la esencia del montañismo hay algo sublime. Pueden comparar la atracción de las montañas a la melodía de una música admirable y la comparación no resulta ridícula”. En realidad tú viste en el deporte de escalar montañas una aventura de índole tan espiritual como física y ciertamente, como miembro de las expediciones de 1921 y 1922 al Everest, podías hacer resaltar esa espiritualidad en forma que no le será dable más que a muy contados hombres.

Siendo muchacho escalaste edificios en Winchester y después aprendiste en la dura escuela británica de alpinismo. Tu ruta de las rocas lisas de Leiwedd, en el norte de Gales, que recorriste por primera vez en 1908 como si se tratase de un paseo casual vertical para recuperar, según se dice¸ una pipa que habías perdido, se considera aún hoy muy difícil, incluso para los escaladores de hoy en día. Tal era la habilidad que tenías en escalar rocas difíciles, que se crearon leyendas alrededor de tu figura. “¿Hemos vencido a un enemigo?, escribiste después de efectuar una gran escalada en Los Alpes. A nadie más que a nosotros mismos. ¿Hemos conseguido un éxito? Esta palabra no significa aquí nada. ¿Hemos ganado un reino? No... y sí. Hemos conseguido experimentar una satisfacción esencial... cumplir un destino... luchar y comprender; nunca esto último sin lo primero: tal es la ley”.

Fue por describir las montañas en esta forma, tanto como por la perfección de tu perfil o la gracia en escalar rocas difíciles que te convertiste en el Galahad del montañismo. Cuando te preguntaron una vez en que te hallabas disertando en Estados Unidos, por qué debía uno escalar el Everest, contestaste: “porque está allí”. Y fuiste como una mancha sobre la mayor de las grandes montañas del mundo que fuiste visto por última vez con A. C. Irvine durante la expedición de 1924.

Si los dos llegaron a la cumbre, nadie puede decirlo. No se descubrió la menor huella de ustedes cuando el Everest fue por fin coronado por Hillary y Tensing en 1953; pero a esa satisfacción y a esa proeza contribuiste enormemente. Ahora has llegado más alto. Te levantarás, con seguridad, temprano cada mañana, para admirar tus alturas hacia abajo. ¡Qué bueno! 

9 de julio 2005

 

Georges Jacques Danton:
París, Francia. 

Supe de ti por el cine, por el cine francés en una película que se llamó como tú. Sencillamente: Danton. Era suficiente. Al menos a mí, desde entonces, me caíste bien. Fuiste terrorista, no como los de ahora, pero lo fuiste, revolucionario, patriota y salvador de tu patria. En las horas más lúgubres de la Revolución Francesa pregonaste: “Hemos de atrevernos, atrevernos y volver a atrevernos”. Al final de tu vida, una vida sobre todo audaz, llegaste a decir que “te exponías a que te creyeran demasiado violento para que nunca se te pudiera creer demasiado débil”. Ante la guillotina, en el patíbulo te volviste al verdugo para ordenarle: “Debes mostrar mi cabeza al pueblo. Vale la pena”. 

Tu origen fue humilde. Llegaste por tu propio esfuerzo a ser abogado y juraste lealtad a la Constitución. Pero, cuando en 1789 estalló la Revolución fuiste el primero en exigir la destitución del rey. Te juntaste a los jacobinos extremistas, incitaste al pueblo a la violencia contra la monarquía, suprimiste a los moderados y promoviste la agitación a favor de la guerra contra los países que daban asilo a los emigrados. En 1793, como ministro de Justicia, representaste el poder en el Comité de Seguridad Pública. 

Animaste al país a prepararse para la defensa al grito de: “Todo pertenece a la nación cuando la nación está en peligro”. Hombre bien educado, lingüista y buen administrador, sentiste la necesidad de la moderación después del baño de sangre del que habías sido responsable. “Es preferible ser guillotinado a guillotinar”, dijiste. Esta declaración, fue tan audaz que solamente tú pudiste hacerla. Sin embargo, fuiste impotente para dominar el terror que habías desencadenado y al final fuiste víctima de tu propia ferocidad. Robespierre te ganó la partida. Se te acusó de conspirar contra la república y de soborno, lo cual fue indudable, pues ya eras rico. No obstante moriste convencido del bien que habías hecho a tu patria. Dijiste: “He vivido enteramente para mi patria. Soy Danton hasta la muerte. Mañana dormiré en la gloria”. 

No falta quién diga que moriste diciendo: “Es mejor ser un pobre pescador que enredarse en el arte de gobernar a los hombres”. Según aquella película, posiblemente de los años treinta, donde te vi personificado por no recuerdo qué actor francés, eras un tipazo y orador convincente, aunque como se demostró al final, también éstos pierden, aunque sea una sola vez. Vuelve, pues, a la muerte que, en ella vives tu gloria. Dispensa la interrupción.   

1 de noviembre 2003

 

Gigantesco Goliat:

Donde se encuentre. Ignoro si seguirás pensando que la lucha entre dos, representando cada uno a un pueblo, es la lucha perfecta, como lo pensaste aquel día que saliste, campeón de los filisteos, engreído y ufano al campo de batalla para encontrarte con aquel chavalillo que, saliendo de las filas judías se dirigió sin inmutarse, paso a paso y, al parecer, desarmado hacia donde tú estabas. Al verlo, por poco te echas a reír, estoy seguro, pues aquello era el colmo. 

Era difícil que te echaran como rivales a gentes de tu tamaño ya que, centímetro de más o de menos medías tus buenos tres metros y de sólo verte había caído más de uno de tus antagonistas; pero aunque no se te acercó lo suficiente para iniciar una lucha cuerpo a cuerpo, como al parecer pretendía, no se le veía ni espada ni escudo, sí podías apreciar, por su actitud que lo tenías sin cuidado. El chamaco se movía a cierta distancia, más bien lejana, a tu alrededor, de tal manera que tú te preguntaste: “Mira, mira, ¿pos que se trae este loco?”. Lo que se traía tú lo podías ver muy bien porque, moviéndose, moviéndose te había dejado frente al sol, que a él le daba de espaldas y fue entonces cuando del pecho se sacó una honda y una piedra que colocó en ella, girándola luego sobre su cabeza y soltándola con tal fuerza y tal tino que allí mismo caíste redondo y no te has vuelto a levantar.

Sin embargo, estoy seguro de que si pudieras contestar hoy mi pregunta, dirías que sí, que la lucha entre dos es la más justa. Y muchos siguen pensando como tú. Hoy más que nunca. Que ¿por qué? Pues, por la sencilla razón de que, a la mayor parte de los habitantes de este planeta les gustaría ver metidos en un cuadrilátero o en un estadio, luchando uno con otro, con la consigna de que gane el mejor, utilizando sus puños, sus piernas, su boca, en fin, todo lo que pudieran, escudos y espadas inclusive, pero, nada de pistolas ni lo que le sigue, a dos señores llamados Bush y Hussein, quienes, uno atenido a su fuerza y el otro a su astucia, tratan de hacer posible la muerte de miles de sus compatriotas, importándoles un pepino su sexo y su edad. 

En fin, gigantesco Goliat, tú ni siquiera puedes imaginar cómo es esto. Sigue durmiendo sin saber cómo.   

15 de marzo 2003

 

Giovanni Boccaccio:
Certaldo, Toscana, Florencia.

Naciste en París en 1313. Tu padre fue el comerciante y banquero Boccaccio di Chellino da Certaldo a quien decían “il Boccaccino”, tu madre una dama francesa. En 1314 tu padre se enseria y casa con Margarita di Gian Donato de Marfoli, con quien al poco tiempo tiene otro hijo. A ti no te iba a querer más que al suyo, así que te trae de un lado a otro con tus parientes.

Afortunadamente cuando llegaste a la edad de estudiar caíste en Florencia, donde estudias latín y matemáticas y especialmente gramática. Tu padre insistía en que fueras comerciante, pero a ti la literatura ya te había picado. Tu padre, que no perdía las esperanzas, a los quince años te mandó a Nápoles recomendándote a sus corresponsales. Pero, ¡a buen sitio te fue a mandar! Allí fue donde descubriste los placeres de la vida, según los describiste en tus dos primeros libros. Convencido tu padre de que por el comercio jamás irías, te da libertad y sólo te exige que estudies cánones.

Cuando tenías veintitrés años viste por primera vez en la iglesia de San Lorenzo de Florencia a María de Aquino, casada e hija natural del rey Roberto, que ha de influir en toda tu vida y que tú inmortalizaste en tus libros con el nombre de Fianmmetta. Ella ha de traicionarte después de cinco años, coincidiendo tal situación con el empobrecimiento de tu padre, lo que te hace volver a Toscana.

En 1348 se produce en Florencia la “peste negra”, causa de la muerte de miles de florentinos. Fue entonces cuando escribiste tu famoso “Decamerón”. De 1351 data tu amistad con Petrarca a quien visitas en Padua y tienes, desde entonces, por maestro. Huyes del amor y te dedicas a la enseñanza. Escribes una Vida del Dante como un tributo a su gloria y una copia de la Divina Comedia para el Petrarca. En nueve tomos estudias la vanidad humana desde Adán mismo. Sigues después con la de las mujeres desde Eva hasta la reina Juana de Nápoles.

En 1358 conoces a Leine Pilatos, un griego al que Petrarca le encomienda la traducción de Homero, tarea en la que tú le ayudas. Fue esa una de las más tristes épocas de tu vida. Pobre y decepcionado, sólo hallas consuelo en tu correspondencia con Petrarca, que no te ha abandonado. Tus amigos logran la creación de una cátedra “dantesca” para ti. A tus sesenta años, en 1373 das tu primera lección en la iglesia de San Stefano. Enfermas y regresas a Certaldo. Tu última obra es una carta a Petrarca, aunque tus lectores te recuerdan por lo que tú ya sabes.

Mueres en diciembre de 1375. Si despertaras ahora ibas a encontrar más de lo mismo, por eso, mejor, sigue tu descanso, que te lo ganaste bien. 

5 febrero 2005

 

Grafiteros y suciedad:

Muy estimado Juan Pueblo: Pero, bueno, ¿eres sucio o te están haciendo? Hace unas cuantas semanas te quejabas de cómo los grafiteros venían usando como pizarrones las paredes de la ciudad, aun las de segundos pisos que se dirían inalcanzables. Ponías el grito en el cielo pidiendo leyes que te  permitieran castigar como se merecen, es decir, duramente y de inmediato, a todos los que vienen cometiendo tal crimen, porque lo es de esa ciudad, aunque, como de costumbre, no pasó nada, porque aquí para que se castigue a un culpable de lo que sea debe ocurrir un milagro, un verdadero milagro. Pero, lo peor no es eso; lo peor es que, así como los ciudadanos se acostumbran a ser y a ver limpias a sus ciudades, también se acostumbran a todo lo contrario y en ésas andamos ahora: Lo que hicieron los grafiteros sigue en todas las paredes, porque si las propiedades son rentadas no hay inquilino dispuesto a pagar el costo de limpiar tales letreros cada vez que se los ponen, porque una pared limpia es una tentación para los que las emborronan y los dueños menos, puesto que no viven en ellas. 

Pero, en fin, la cuestión es que a ese mal ahora se añade el que a tu ciudad le han hecho algunos de los candidatos a diputados y etcétera, llenando con grandes impresiones de sus caras -¡cómo si estuvieran tan bonitos!- también paredes, troncos de árboles y cercas de alambre como la del bulevar Revolución, por ejemplo, donde despegadas a medias tales impresiones papalotean por horas inútilmente antes de caerse, sin que los que allí les pusieron se den cuenta de que aquello no va a contribuir a darles ningún triunfo y sólo logran, si logran algo, tu antipatía al comprobar cómo ayudan a ensuciar a Torreón, seguro de que cuando la contienda política acabe, ninguno de ellos, ni los que ganen, menos los que pierdan, van a tener la atención de quitar todo ese papelerío, igual que lo hicieron los anteriores de quienes aquí y allá todavía se ven algunos de esos impresos que ellos pusieron. 

Ojalá y las actuales autoridades hayan dado el permiso de poner esta publicidad asegurándose de que habrán de quitarnos tanta suciedad inmediatamente después de que las elecciones terminen. Vas a tener que hacer algo, mi querido Juan Pueblo, para que cosas como éstas no sucedan más.    

21 de junio 2003

 

Helena de Troya:
El Olimpo.

Según dicen la leyenda griega y el lagunero Fidencio, tú sigues siendo la más bella de las mujeres que en el mundo han sido. La semana pasada te escribí unos renglones para contarte ese chisme, pero, parece que se han perdido. A lo mejor la celosa Marilyn Monroe supo de ellos y los hizo perdedizos. Ve tú a saber. Ahí te tienes a ti misma. A los diez años, un día tus padres no te encontraron. Y entonces que no había más que los árboles para anunciar la pérdida de cualquiera. Pero, a ti te daba igual.

Con Teseo, que fue tu primer raptor, te la pasaste de primera. Y él también. Tus hermanos, Cástor y Pólux, los Dioscuros, te rescataron y te llevaron a la corte de Tíndaro, a la que tu fama se había adelantado y ya hacían cola los que te esperaban. Tú, por tu parte, haciendo lo que hacías, empezaste a causar desgracias. Muchas, porque hay que añadir que, cada quien en lo suyo, tú y Hércules fueron los dioses más trabajadores.

Sin embargo, no faltó, como siempre, quien te quisiera sólo para él. Menelao, rey de Esparta fue el incauto. Y entonces fue cuando apareció Paris, príncipe troyano, hijo del rey Príamo, que te volvió a raptar llevándote a Troya lo que dio lugar a la guerra de Grecia contra Troya que duró diez años, en cuyo lapso murió Paris.

Los que duden acerca de tu belleza, tendrán que aceptar que de no haber sido inmarcesible los viejos troyanos, que fue a los que peor les fue, no hubieran comentado y esto lo cuenta Homero en su Ilíada, que: “A fe que es justo que los troyanos y sus enemigos sufran, desde ha tan largo tiempo, tantas penalidades por esta mujer, pues su belleza compensa del dolor y de la muerte”. Y si esto lo decían los ancianos, ¿qué no dirían los jóvenes?

Todo tiene un precio en esta vida y tu belleza lo tuvo para ti. Teseo, por ejemplo, no te raptó sólo por la aventura en sí. Todos los autores afirman que abusó de su cautiva. Y todo es empezar. Cuando tus hermanos te rescataron, pensaron en casarte. Tuviste veintitrés pretendientes. Así que antes de Menelao ya habías tenido qué hacer. Pero ya te estaba aburriendo cuando llegó Paris. Éste murió durante la guerra, pero tú no tuviste tiempo de guardarle luto, pues le fuiste entregada a Deifobo, otro de los hijos de Príamo.

Cuando Troya cayó a la que peor le fue, fue a ti, pues, caíste nuevamente, en manos de Menelao. Éste te condujo otra vez al lecho del que habías escapado diez años antes. Afortunadamente sabías tomar la vida según se presentaba. Y en tu vida se presentó, poco después, el hijo de Aquiles con quien viviste una de tus últimas pasiones por recuerdo al padre. Un día tenía que suceder la muerte de Menelao y luego que éste murió tú te retiraste a la isla de Rodas a la casa de tu pariente Polixo que, sabiendo toda tu historia te hizo ahorcar de un ciprés por haber sido la causa de la pérdida de infinitos héroes griegos y troyanos.

Lacedemonia te adora como una diosa y te erigió un templo. Según Eurípides fuiste muerta por Orestes. En fin de tu muerte hay muchas versiones, la verdad es que te nos fuiste. No solamente sigues siendo hermosa sino que tu belleza es única, inmarchitable y allá en el Olimpo donde vives para siempre, seguramente sigues causando estragos entre los dioses, que no dejan de ser hombres. Aunque a mí es posible que me manden al cielo, o al infierno, allá a ver cómo consigo un pase para el Olimpo, sólo para verte. 

7 de mayo 2005

 

Henri Christophe Rey de Haití:

Fuiste de porte solemne y mirada fiera. Ayudaste a Toussaint l’Ouverture a liberar a Haití de los franceses. Tú mismo fuiste un esclavo y en 1806, tres años después de la muerte de Toussaint en una cárcel francesa, capaz aunque inculto, fuiste elegido nominalmente presidente de la isla. En 1811 te hiciste coronar Enrique I de Haití en una catedral que se levantó apresuradamente; creaste una Corte, tomando como modelo la inglesa y una aristocracia. Tus principales aristócratas no tenían todos nombres afortunados, pues se contaban entre ellos el Duque de la Mermelada y el Conde de Limonada, que fue tu ministro de Negocios Extranjeros.

Iniciaste entonces un reinado severo, pero tendiente a mejorar la situación, intentando civilizar a los esclavos liberados que componían la población de tu reino. Al principio fuiste el déspota culto; después la cultura empezó a flaquear un poco antes de tu muerte y comenzó a aumentar el despotismo. Entre tanto habías creado un código de leyes e introducido reformas en la educación, la agricultura y de carácter social, sin olvidarte de tomar precauciones contra un posible intento por parte de los franceses para recuperar su territorio, a cuyo efecto construiste no sólo un palacio real fantástico sino una fortaleza o castillo, sólido y de vastas dimensiones, en el Pico de Ferriéres.

Probaste o pareciste probar, a los abolicionistas de Inglaterra -Wiberforce, Zachary Macaulay y Thomas Clarkson- cuán dispuesto a la cultura es el esclavo negro.  Wiberforce rogaba por ti todos los días. Clarkson te escribía una carta tras otra aconsejándote sobre asuntos de Gobierno, asuntos extranjeros, educación, leyes y la administración general de tu reino, preocupándose por encontrarte los especialistas ingleses necesarios. Instigado por Clarkson, escribiste al emperador de Rusia una de tus cartas abiertamente reales y llenas de dignidad relatando los horrores de que fue víctima la isla cuando hubo caído Toussaint l´Ouverture y contándole los trabajos y mejoras que habías llevado a cabo a la vez que decías: “desde hace demasiados años ha venido siendo calumniada la raza africana. Se dice desde hace demasiado tiempo, que nuestra raza carece de facultades intelectuales a punto de que es apenas susceptible de ser civilizada o gobernada según leyes debidamente establecidas, estos asertos falsos provienen de la avaricia y de la injusticia de los hombres que han tenido la impiedad de degradar la obra más bella del Creador, como si la humanidad no tuviera un origen común”.

Durante nueve años conservaste el poder, modelando la Corte, las instituciones y dictando las reformas de acuerdo con los métodos ingleses. La disciplina se volvió demasiado rígida, la enseñanza de una población de antiguos esclavos era excesivamente rigurosa y la severidad demasiado caprichosa. Poco después de haber sufrido un ataque de apoplejía tus tropas se insurreccionaron y preferiste pegarte un tiro en tu palacio de Sans Souci antes que ser capturado. Tu viuda e hijas huyeron a Inglaterra. Tu hijo, el príncipe real fue asesinado y abandonado sobre un montón de estiércol; y la gente se habituó a llamarte “El Hombre” cuando querían referirse a ti. Tu suicidio tuvo un bonito epílogo. Llevaron tu cuerpo por el empinado camino del Pico de Ferriéres. La gran ciudadela estaba sin terminar. Pusieron cal en los hornos y tu cadáver fue arrojado a una incandescente calera de la montaña. 

17 de diciembre 2005

 

Henry Ford:

Míster Henry Ford.  Donde se encuentre,

Todo iba muy bien hasta sus modelos 27 y 29, tan serios, todos  vestidos de negro y tan baratos que, al menos en su país, sus propios trabajadores podían adquirirlos. Ésa fue su idea desde el principio, por eso les pagaba bien. Bien es que se esforzaba en que los fordcitos le salieran baratos, valiéndose para ello de todo lo que podía, según me contaban mis mayores, como por ejemplo, el pedir su tornillería en cajas de madera de tal grosor y medidas para que al llegarle, con éste y aquel recorte le sirvieran para utilizarlas en el piso de la parte delantera, donde iban los pedales.  Me contaban también de su sentido del humor, de tal manera que no le molestaba el de los otros, como aquella vez que en que no faltó quién le enviara dos latas de gasolina, pidiéndole que, con ellas le hiciera su Ford, cobrándole sólo el motor y las ruedas. Usted, me decían, después de unos días mandó un fordcito nuevo a la dirección del bromista, acompañado de lata y media de las que le había enviado, diciéndole que era lo que había sobrado y que por lo demás no se preocupara, que no era nada. Buen detalle de ambos, pero sobre todo de usted, que, también, según me contaban, era medio tacañón y si no, al menos ningún espléndido. 

¿Que esto por qué viene al caso? Pues, sencillamente, porque lo que comenzó tan bonito, ¡mire usted todo lo que trajo! Primero, que le surgieron un sinfín de competidores que han puesto yo no sé al mundo, pero a mi ciudad, que es lo que me importa, que no se puede dar un paso por ella; todo lo ocupan: las bocacalles y las calles y no se trata de exagerar, levántese de donde está y venga a echar un vistazo. Los verá incluso estacionados hasta en las banquetas, utilizados, por otra parte como bares privados por jóvenes de Torreón Jardín, que los domingos por la tarde causan embotellamientos que no vea, para desesperación de sus habitantes y vergüenza de los señores de Tránsito, que creyéndoles obedientes supusieron que habían entendido que no debían causar ese tipo de molestias y nada, que siguieron plantados en sus trece.

¡Tan tranquila que era la vida antes de su invento! Cuando usted se fue, ¿ya tenía la impresión de que se iba a llegar a esto? Pues feliz usted que no lo padece. Bueno, ya no lo molesto más, pero, al menos pida permiso para bajar (o subir) y darles un susto apareciéndoseles.   

15 de febrero 2003

 

Señor Hilario Esparza:

Será por este calor de 40 grados que nos ha traído locos desde hace algunas semanas y que no tiene para cuando dejarnos en paz; será por lo que usted quiera, la cuestión es que en estos días he recordado la alberca que usted construyó para disfrute de varias generaciones de laguneros que siempre la recordaron mientras  vivieron, o la siguen recordando los que viven. 

Una con agua más limpia no la hubo ni la habrá nunca, pues sólo pasaba por ella para ir a regar sus campos labrantíos. En cuanto la primavera llegaba, oscura la mañana los nadadores ya iban camino de ella para tener tiempo de refrescarse antes de ir a sus respectivos trabajos. De los primeros en  llegar eran los Vayao: Juan, Demetrio, Camilo; Don Ernesto, el apellido se me escapa, gerente entonces del ya desaparecido “El Puerto de Liverpool” de los Goodman, que luego sería de los Volkhausen, Carlos y Melanie y él también iría, aunque más que a nadar y era un tritón, a jugar volibol con su personal; don Ernesto tenía una peculiar manera de nadar, daba sus brazadas llevando las manos como una especie de cucharón que al dar con el agua emitía un plap, plap, constante mientras iba y venía a lo largo de la alberca. 

Como allá por la década de los treinta la lucha libre se había puesto de moda y aquí había una gran afición, a veces los luchadores se  quedaban varios días seguidos y a la alberca Esparza se iban algunos, Ben Alí Mar Ahlá y Ray Rayhan entre ellos, a hacer sus ejercicios rodeados de muchos de los nadadores que también eran fanáticos de la lucha. 

Los domingos ni se diga, los domingos aquello se ponía que no cabía un alma más; muchas familias se pasaban allá el día, unas llevando que comer, otras comprando los tacos que allá vendían y algunos agregándose a sus amigos o amigas que les invitaban. Todo esto casi en pleno campo, pues por un lado la alberca estaba llena de moreras y por el otro de carrizos.

Quién sabe cuántas amistades iniciadas en la Alberca Esparza en aquellos años terminaron en matrimonio y eso, don Hilario, se lo deben a usted. Y a su Alberca no sólo iban los nadadores, también los que, posiblemente no sabían nadar. Todo eso se recuerda ahora como algo no sólo lejano sino increíble, pero de todas maneras fresco, muy fresco.   

5 de julio 2003

 

Señorita Hortensia:

El Colegio Morelos, al que yo entré en el año 22 y en el que cursé toda mi primaria, era del profesor Tijerina. Usaba grandes bigotes y nunca abandonaba el escritorio de la dirección sin llevar en la mano su flexible vara de membrillo. El colegio ocupaba el local de la calle Juan Antonio de la Fuente, que hoy ocupa un negocio de vidrios y que entonces salía hasta la calle Ramos Arizpe, aunque estaba dividida más o menos a la mitad. La que daba a la Juan Antonio era el colegio y la que daba a la Ramos Arizpe, en el horario escolar era el espacio de recreo, pero en la noche se utilizaba para guardar vacas, que llevaban muy temprano a pastar al  campo más cercano del que regresaban por la tarde, cuando los estudiantes abandonábamos las aulas. 

Y así fue hasta que el profesor Verástegui, propietario del colegio Hidalgo, le compró el Morelos al profesor Tijerina, que se fue a Norteamérica, a San Antonio, según recuerdo, porque eso nos dijo Llaya, la directora. Afortunadamente nosotros, Néstor y Arturo Rivas, Antonio Velázquez, Roberto Woo, Pedro Mora, Washington Woessner, Jesús Nava, Miguel Alvarado, Ricardo y Abelardo Vázquez, Mario Sánchez, Roque... Roque... Roque... se me fue el apellido, que era el gracioso del grupo, María Teresa Márquez, María Luisa Achem y otros cuyos nombres de momento se me escapan, terminamos nuestros estudios en el colegio en que entramos, cuyo nombre desaparecería después. 

Sucede que por aquellos años los que terminábamos tercero y entrábamos a cuarto año andábamos unos por los diez y otros por los once años y comenzábamos a mirar ciertas cosas de diferente manera. Es decir, que las profesoras ya no solamente eran eso, también eran mujeres y allí, entre Llaya que tenía sus años y las de los primeros años que eran a veces menos que jóvenes, como profesora de cuarto año nos la encontramos a usted, que era una mujer hecha y derecha, con faldas a la rodilla, cosa que hasta entonces comenzaba a verse en el mundo y en una profesora de este colegio por primera vez y que, además, nos hablaba como a seres inteligentes, como a mayores. Y mientras Llaya para sus castigos usaba una regla que siempre traía consigo, usted, como el profesor Tijerina, prefería la vara de membrillo.

Así llegamos hasta aquel día en que tres hicieron algo que merecía castigo y usted lo aprovechó para darnos una lección sobre el ser humano. En lugar de aplicarles usted el castigo, los puso al frente y le dio la vara al más cercano para que cada quién aplicara al otro cinco varazos. Y todos se equivocaron en lo que iban a recibir. Su recuerdo me viene en estos días porque fue en uno de ellos en los que, en lugar de la materia de esa tarde, sin saber por qué, una pregunta llevó a la otra y era sobre la pasión y usted comenzó a hablarnos de Jesús de manera diferente a la que hasta entonces habíamos oído, no como el hijo de Dios, sino como el hombre que fue capaz de dividir el tiempo.

Fue un placer y una suerte haberla conocido. 

19 de abril 2003

 

Señor Capitán Ignacio Allende Uraga, admirado y querido capitán:
México, D.F.

No te vas a sorprender si te dijo que te conozco y te admiro desde los años veinte, cuando la señorita Hortensia te presentó con nosotros, un grupo que de inmediato se identificó con ustedes, nuestros héroes patrios y cada quien escogió a uno para tenerlo como paradigma, para llevarlo en su corazón y honrarlo a diario. Tú lo fuiste de Arturo Rivas Zavala, que se adelantó a declararlo, de la misma manera que Jesús Nava escogió a Morelos y yo a Hermenegildo Galeana y así los demás en tanto quedaron semidioses para seleccionar.

Tú me conquistaste por varias cosas; porque el retrato que traía el libro de historia patria que estudiábamos proyectaba el rostro de un hombre carismático y nos decía que recorrías a caballo los pueblos de tu rumbo, pero, sobre todo, que toreabas novillos, novillos debían haber sido aunque el texto decía que toros y eso acabó por hacerme tu admirador y más según me fui enterando de cómo elegiste con entusiasmo ser americano a ser europeo y de cómo optaste por ser el segundo pudiendo ser el primero de los insurgentes.

Hubo sus dimes y diretes entre Hidalgo y tú, pero aunque Guerrero dijo, después, que “La patria es primero”, tú siempre lo pensaste así y siempre pusiste los intereses de la patria primero que los tuyos. Con diversa suerte peleaste todas las primeras batallas, desde la del Monte de las Cruces hasta las de Saltillo, antes de que Elizondo les aprehendiera en las Norias de Baján, les condujera a Chihuahua y te fusilara en 1811, casi un año después de aquella primera noche del “grito de Hidalgo”, en la que el pueblo, alborotado, quiso aprovecharse para saquear negocios de los hispanos: en eso andaban algunos cuando los viste, sacaste tu espada y con ella comenzaste a tirar mandobles a los saqueadores, lo que me hizo recordarte ahora que te necesitaríamos para que vinieras a hacer lo mismo con los rateros y sinvergüenzas que nos han salido por todos lados y que no son parte de la plebe sino que son codiciosos políticos de todo tipo que, independientemente de no cumplir con su deber, no se llenan con nada.

Y por eso me acordé hoy de ti y te recuerdo rogando que hagas algo por esta patria que nos hiciste y dónde ya no es lo primero, lo primero ahora es la lana. ¿Cómo la ves, desde dónde estás? Mis Respetos. 

2 de abril 2004

 

Irene, Emperatriz de Oriente:
Lesbos, Grecia.

Te recordé porque ahora, aquí, andan hechos un lío con eso de que si les dan o no oportunidad a las mujeres de que gobiernen. Y en cierta forma tú eres un ejemplo de que eso de que la mujer gobierne, no es cosa de oportunidad sino de haber nacido trayendo consigo todo lo necesario para ello, pues, también lo eres, de que eso del poder no sólo es ajustarse la corona a la cabeza.

Huérfana y pobre, naciste, según dicen, allá por el 752. Para nivelar lo anterior desde niña fuiste muy hermosa y esto te hizo llegar solita hasta el trono de Bizancio, casándote con León IV, emperador de Oriente. Tonta pues, no eras. Veintiocho años tenías cuando tu marido te deja viuda y con un hijo que sucede en el reino a su padre bajo tu tutela. Durante diez años gobiernas con sabiduría y restauras las imágenes del culto, uniéndote a la iglesia oriental a la romana.

Constantino, tu hijo, al aproximarse a su mayoría de edad se te alborota y se manifiesta insumiso a tu poder y mal aconsejado, intenta un acto de fuerza, que tú logras contener, exigiendo a partir de entonces que el juramento de fidelidad se haga únicamente en tu nombre. Madre e hijo se ponen al tú por tú. Tu hijo sigue creciendo y suma partidarios, acabando la guardia armenia por proclamar a Constantino único emperador y tú eres confinada.

Consigues que se confirme tu título de emperatriz, pero las intrigas no cesan y un grupo de cortesanos y obispos organiza una conjura contra el joven emperador, que huye a las provincias en busca de partidarios. Sin embargo, los conjurados le alcanzan en la orilla del Bósforo y le devuelven al palacio imperial de Constantinopla. Allí le sacan los ojos, según la bárbara costumbre de la época y reinas durante cinco años con gran esplendor. Se asegura que pretendes casarte con Carlomagno, impidiéndolo Aecio, uno de tus favoritos. Ahogaste un proyecto de matrimonio de Constantino con Retruda, hija de Carlomagno, en cuanto lo descubriste.

Los patricios, a quienes habías colmado de honores, empezaron a conspirar contra ti y acaban por deponerte y elevar al trono a Nicéforo, tu tesorero, fue por entonces que te deportan a Lesbos, donde tienes que ganarte la vida hilando. Y así hasta tu muerte el año siguiente, santa, para la Iglesia cismática griega, por tu celo en restaurar imágenes. Es decir que, mientras dura, el poder no es malo para el que lo alcanza, pero, ¡Ay! cuando se pierde.

Algunos quisieran no haberlo alcanzado. Porque volver a ganarse la vida con las propias manos, como tú, no es enchílame otra. Descansa, pues. Merecido lo tienes.

23 de octubre

 

Isla Desierta de Juan Fernández:
Océano Pacífico.

Señor de la Soledad: Tu destino fue hacer realidad a Robinson Crusoe. Durante cuatro años y cuatro meses viviste en esa isla desierta, sin otra compañía que gatos y cabras y tú como si nada. Joven marinero de una galera armada en corso, te peleaste con tu capitán y pensando en lo que a partir de allí podrías sufrir junto a él, le pediste que te bajara en esa isla, lo que hizo más que volando. Viendo que la cosa iba en serio cambiaste de parecer, pero el capitán te dijo que rajarse a tu tierra; te echó del barco e izó velas. Esto ocurrió en 1704, no sé si te acuerdes.

Cinco años después unos marineros que tocaron en la isla en busca de agua y víveres frescos te encontraron vestido con pieles de cabra y tenías un aspecto más salvaje que aquellos animales. Habías pasado, al principio, ocho meses de tristeza y terror, comiendo únicamente cuando tenías necesidad de ello y durmiendo tan sólo cuando no podías permanecer despierto. Los gatos y las ratas procedentes de buques se habían criado en grandes cantidades y las ratas eran una lata, pues te roían las ropas y mordisqueaban los pies cuando dormías, domesticaste a los gatos dándoles carne de cabra; los gatos dieron buena cuenta de las ratas y permanecían a un lado a cientos. Domesticaste a los cabritos y te divertías bailando don ellos y los gatos y cantándoles. De todas maneras aprovechaste para salir de allí con los marineros. No fuera a ser que no volvieran otros. 

19 de febrero 2005

 

Jeremy Bentham:
Londres, G. B
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Si no recuerdo mal, naciste inglés y londinense y viviste ochenta y cuatro años, de 1748 a 1832. Fuiste filósofo y político y tu moral se basaba en el cálculo del placer en relación con el dolor. Fundaste la escuela utilitaria de moral y política. Refiriéndose a las leyes, asambleas e instituciones de tu tiempo preguntabas cada que venía al caso que para qué servían, con lo que traías locos a tus paisanos. Confiabas en los déspotas ilustres y eso me hizo recordarte, pues acabo de ver en la tele la película “Catalina La Grande”, que era una de tus más admiradas.

Expresabas tu desaprobación por los “Derechos del Hombre”, por lo que te adelantaste al nacer, pues de haber sido contemporáneo de Bush hubieras hecho muy buenas migas con él. Fue tu paisano, el economista James Mill el que te hizo poner los pies en el suelo, convenciéndote de que únicamente por el sufragio universal eran posibles los cambios utilitarios que deseabas. Creías que todas las instituciones habían de fomentar “la mayor felicidad de la mayoría de los individuos” y la mayor parte de tus partidarios se inclinaron por adoptar el punto de vista de que la mayoría es la más indicada para decidir en qué forma puede alcanzarse para todos la mayor felicidad.

Ejerciste una gran influencia en tu país gracias a tus escritos y a tu conversación, pues fuiste un gran conversador. Entre tus obras prácticas la que destaca fue tu modelo de cárcel, que permitía al guardián jefe observar simultáneamente a todos los presos desde un punto central. Por este invento verdaderamente extraordinario, del que jamás se hizo uso, recibiste de tu Gobierno veinte mil libras esterlinas, lo que quiere decir que, por aquellos tiempos tu país andaba bien. Tu invento simbolizaba tu manera de abordar a la humanidad. A pesar de tus principios democráticos creías que los filósofos utilitarios debían supervisar la vida de todo ciudadano y tus partidarios obraron con esta creencia en el Parlamento reformado, cuando rehicieron un aspecto de la vida tras otro.

Ninguno como tú ha contribuido tanto a dar forma a la vida moderna; tu pensamiento y tus sugerencias prácticas forjaron la civilización europea contemporánea. Tuvieras más lectores, si no fuera porque constantemente inventabas nuevos términos, lo cual hace difícil leer tus escritos. De todas maneras tu memoria ha sobrevivido, en el University College de tu ciudad conservan en un armario una especie de escultura que te hicieron. Como de eso no te diste cuenta, a lo mejor te cae de sorpresa y te preguntarás, ¿y eso por qué? Y no te lo puedo decir, más que nada porque esa es una de las ochenta y tres mil cosas que no me interesa saber.

Si te molestó que te recordara échale la culpa a tu admirada Catalina La Grande, que fue, como te digo, quien hizo posible el recuerdo. Vuelve a tu descanso seguro de que, al menos en tu país, en Francia, en España y aquí de chiripa, sigues siendo recordado. 

14 febrero 2004

 

Mr. John Davison Rockefeller:
Nueva York, E.U.A

Fuiste la encarnación del éxito. Creciste como parte de una familia rural humilde, en un ambiente de frugalidad y tu enseñanza fue moderada. A los dieciséis años comenzaste a trabajar para un comisionista de Cleveland, Ohio. Como a todos los jóvenes de aquella época, 1855, los negocios te seducían, igual que si se hubiese tratado, años antes, de la exploración y conquista de un nuevo continente en el que cada uno fuera su propio rey. A diferencia de los que hoy se duelen de no ser ricos, cosa que sólo ambicionan, tú trabajaste desde aquel primer día duro y a conciencia. Y algo más: administrabas cuidadosamente tu dinero. Un día tu jefe te enseñó un billete de mil dólares que, para el efecto, sacó de la caja. En cuanto él se fue tú abriste la caja y sacando el billete lo estuviste mirando largamente con los ojos y la boca abierta. Te parecía una cantidad enormemente grande. Durante aquel día varias veces hiciste lo mismo. Aquel día nació tu respeto por el dinero. Pero, al mismo tiempo nació tu altruismo, virtud que no tienen todos los que llegan a hacer dinero. Tú no esperaste tanto, desde que ganabas un sueldo exiguo, separabas el cinco por ciento de él para obras altruistas. 

En tu país, en aquella época, sólo una cosa era inmoral: el fracaso. La práctica destructiva de tus competidores que ejercías despiadadamente era normal en aquellos años; no era cosa personal tuya y si ellos hubieran podido  destruirte lo hubieran hecho sin compasión. Para no ser víctima de nadie fue que formaste la Standard Oil Trust, aplastando a todos tus competidores y obteniendo beneficios elevados. Lo más que se podía decir de ti, en aquel entonces, es que eras una cosita de cuidado. 

Alguna vez dijiste que estabas firmemente convencido de que cada fracaso tenía su origen, directa o indirectamente, en la confraternidad de la víctima, en la buena voluntad que le anima para con sus amigos, siendo así que éstos vienen tan rápido como se van. “Fijaos en ellos y no seáis un trozo de pan”. 

Decir que no sacabas personalmente ningún provecho de tu dinero sería un gran error, el éxito en los negocios llenaba tus necesidades íntimas. Tu vida era sencilla y leías poco. Te gustaba hablar y escuchar: una noche estuviste oyendo explicar a un amigo tuyo el nuevo sistema soviético y al día siguiente admitiste que el asunto no te había dejado pegar los ojos en toda la noche. Viviste noventa y ocho años, que no es poco vivir y más a tu manera.

Al morir, el público americano dividió su opinión sobre ti: unos te consideraron un monstruo, otros un bondadoso viejo. Tus donativos a universidades, museos, centros e instituciones médicas y escuelas sumaban unos quinientos millones de dólares, (esto debía imitarse aquí y no sólo las frivolidades que se imitan). Fuiste un hombre religioso. Sobre esto llegaste a decir que estabas convencido que todo el dinero que habías hecho era de Dios y que tú no eras más que su depositario. 

Te recuerdo porque hoy una Universidad y un Museo locales necesitan a alguien como tú, tanto como un santo una misa. ¿Entre los nuestros habrá alguien que quisiera echarles una manita? Bueno, Mr. Rockefeller, no te quito más tu tiempo, porque a lo mejor en donde hoy te encuentras sigues organizando empresas y no hay que ser.   

8 de noviembre 2003

 

José Fernando Abascal, Marqués de la Concordia:

Naciste en Oviedo en 1743. En 1762 sientas plaza en el regimiento de Mallorca. En el 75 haces las campañas de Marruecos y Argel. En 1793, siendo ya coronel, la campaña de Rosellón y ascendiendo por méritos de guerra hasta brigadier. En 1796, eres destinado a Cuba como lugarteniente real, te distingues en la defensa de La Habana contra los ingleses. Después eres asignado a la comandancia general e intendencia de Nueva Galicia.

En 1804, tus dotes de honradez y competencia te hacen acreedor a ser nombrado virrey del Perú. Al dirigirte a Lima tu barco cae en manos de los ingleses y te apresaron. Tras varias vicisitudes, logras escapar. Te posesionas, al fin, de tu cargo. En 1810, al estallar la revolución de Buenos Aires, incorporas a tu virreinato La Paz, Córdoba, Potosí y Charcas. Realizas importantes mejoras en Lima creando academias y escuelas. Suprimes la Inquisición. Intervienes en las disensiones entre los españoles de Chiquisaca y creas la Junta Tuitiva de La Paz.

Formas un partido monárquico de acción y fundas y formas el Cuerpo de Voluntarios de la Unión Española en Perú. En 1812 las Cortes de Cádiz te conceden el título de Marqués de la Concordia Española en Perú. En 1815, Fernando VII de nuevo en el trono, te destituye por no haber logrado coordinar la acción para reprimir la insurrección de Lima y Cuzco con la entablada en Buenos Aires para defenderse de los ingleses. A mediados de 1816 entregas el mando al general Pezuela.

La Junta de Asturias te designa su diputado general en recompensa a los muchos sacrificios en pro de las viudas y huérfanos de los patriotas asturianos. Tu vida es un espejo de integridad y patriotismo, habiendo rechazado todas las sugestiones que se te habían hecho para proclamarte rey del Perú. Moriste a mitad del año de 1827, en Madrid con el respeto y afecto de cuantos te conocieron. 

21 enero 2006

 

José López Portillo:

Don Pepe: Hay personas de las que se llega a decir que más valía que no hubieran nacido. Usted ha llegado a ser una de ellas. Muchos son los que creen que estamos como estamos, porque tuvimos la mala suerte de que un día usted se encontrara ungido con todos los poderes habidos y por haber en nuestra patria. Y se creyó propietario de ella.

Más aún: hizo creer a todos sus gobernados que eran Cresos y que podían no sólo gastar lo que tuvieran, también lo que no tenían usando “el poder de sus firmas”, que, de pronto descubrieron que tenían. Si tal consejo cundió entre sus gobernados, ¿cómo no iba a cundir entre los suyos?

Por aquel entonces, coincidimos Elvira y yo con su hermana Alicia, que según eso era moderada, en un viaje por el mar Egeo y no obstante, la primera noche obsequió a todos los pasajeros (la mayoría argentinos) con música de mariachis, que mandó llevar del sitio más cercano de donde los hubo y a los que devolvió después de su concierto, además con la cortesía de una botella de coñac Martell por mesa. ¡Hágame el favor!

Su esposa Doña Carmen, la de los dos pianos, uno blanco y otro negro, que llevaba a toda parte que iba, fue anécdota diaria. Pero, lo que entonces no se sabía y hoy sé, gracias a un libro de Elisa Robledo, es que el total de pianos de Carmen Romano fue de treinta y nueve; unos regalados y otros adquiridos con cargo al erario, que remató en su beneficio unas semanas antes de terminar usted su sexenio.

Desde luego, don Pepe, el declive de México se inicia con usted y no ha acabado, sin que, según lo ha dicho y repetido, se arrepienta de nada. ¡Qué se va a arrepentir! Tampoco se arrepienten quienes le siguieron y a los que usted dio ejemplo de una corrupción que se acrecentó con cada uno de ellos.

Como a tantos, a mí me hipnotizó, para qué voy a decir que no. Lograba hacerlo hasta por la tele. De nada me valió haber confiado en usted y ser su simpatizante hasta la cuestión del perro, pues, igual que a todos me llevó entre las patas.

El actual presidente, Vicente Fox, llegó como una esperanza de cambio. Algo hay de ello, particularmente en cuanto a sacar muchos trapitos al sol. Pero de castigos, nada. Algunos ya nos decepcionamos, aunque otros, como Elvira, siguen creyendo en él. En fin, que más hubiera valido que usted no naciera. ¿Para qué le escribo más? Como mexicanos, con Santa Anna y usted tuvimos suficiente.

16 de noviembre 2002

 

José:
Egipto.

Naciste en 1745 a.C. en Harán (Mesopotamia). Fuiste hijo de Jacob y Raquel y por ser el menor, el más querido de tu padre, lo que excitó la envidia de tus hermanos. Decididos éstos a deshacerse de ti, te abandonan primero en una cisterna y luego prefieren venderte a unos mercaderes ismaelitas, porque eso, además, les dejaría una lana y hacen creer a tu padre que habías muerto devorado por una bestia. Los mercaderes, ésos sí, te venden a Putifar, ministro del Faraón, rey de Egipto. Por no querer acceder a los impúdicos deseos de la mujer de Putifar te encierran en un calabozo donde ya tenían al panadero y al copero del rey. Interpretas los sueños de tus compañeros de prisión y el Faraón al enterarse de tu extraña habilidad, te llama y pide que le interpretes su sueño de las siete vacas gordas y las siete flacas. Le predices siete años de prosperidad y siete de hambre para el reino, lo que se confirma después. El rey no sólo te devuelve la libertad, sino que te nombra su intendente.

Haces que durante los siete años de abundancia se almacene el trigo que durante los otros siete de miseria conjura la crisis del país. Los hijos de Jacob se presentan a ti sin reconocerte, pidiendo trigo para la casa de Jacob. Tú se los concedes, pero les tiendes una celada para hacerlos prender como ladrones, consintiendo al fin en su partida, bajo la condición de que dejen como rehén a Benjamín, el menor de tus hermanos. En el segundo viaje te das a conocer a ellos y haces venir a tu anciano padre con toda la familia, dándoles la tierra de Gessen para cultivar como la más rica y fértil de Egipto.

Sintiéndote morir les reúnes para predicar su vuelta un día a la Tierra Prometida. En 1635 a.C. moriste en manos de tus hermanos, dejando dos hijos, Manasen y Efraín, tenidos con Azanet, hija del rey Putifar, luego jefes de dos tribus. Durante tu gobierno el reino llegó a la más alta prosperidad y en tu tumba, que todavía puede verse en el Alto Egipto, se enumeran curiosamente tus inmensas riquezas. Si te fuera dado reaparecer, acabarías con el cuadro, pues eso, la lana, es lo que priva, igual que entonces, ahora. 

17 de septiembre

 

Joseph Fouché, Ministro de Policía del Directorio y de Napoleón:
París, Francia.

Durante el Directorio, el mayor peligro era el Club de los Jacobinos, enemigos irreconciliables del Gobierno y todos, gente muy conocida y poderosa. El Gobierno consultó contigo, que eras su Jefe de Policía y tú les diste tu opinión francamente: les dijiste que tu opinión era disolver el club y cerrar el local. Y cuando te preguntaron que quién se atrevería a hacer aquello, les contestaste que para eso estabas tú. Al día siguiente te presentaste solo y sin armas en el club. Uno de los miembros estaba perorando contra el Gobierno. Subiste a la tarima, apartaste al que hablaba y dijiste: He venido a comunicaros que este club ha sido disuelto y que voy a cerrar el local. Así de sencillo. Nadie se atrevió a oponerse. Todos, a indicación tuya, fueron abandonando la sala. Pediste la llave al conserje, le ordenaste salir, lo seguiste, cerraste la puerta y te guardaste la llave en el bolsillo. Y así por tu sola autoridad disolviste, sin orden ninguna, ni papeleos, el famoso club que tanto había combatido al Gobierno.

Fuiste el creador y organizador del Ministerio de Policía, que nunca había existido. Tenías montado un servicio de espionaje muy eficiente y tan extendido que te llegaba noticia de todo lo que iba ocurriendo. Desde luego, los líos entre los hombres importantes y mujeres los sabías todos y ninguna infidelidad matrimonial te pasaba por alto. Talleyrand decía de ti: “El Ministro de Policía se ocupa de todo lo que le incumbe y además de todo lo que no le incumbe”. Fuiste el primero en organizar un fichero donde se anotaba cuanto se sabía de todo el mundo. Y tu fichero ha servido, años después, para establecer muchos datos precisos de la historia de tus tiempos (1754-1820).

Disponías de dos ficheros: uno, en cierto modo, público y otro totalmente privado, al que sólo tú tenías acceso. Este fichero nunca se supo dónde lo tenías. Y parece ser que pudiste conservar tu puesto a pesar de los cambios de Gobierno, precisamente, por el miedo que todos tenían a tu famoso fichero secreto. Napoleón te dio el título, el de Duque de Otranto. Fuiste siempre fiel a Napoleón... mientras éste estuvo en el poder. Durante los famosos cien días también lo fuiste.

Napoleón que no confiaba en nadie, te amenazaba a veces. Una de esas veces, le hiciste esta observación: “Todos aquellos a quienes he servido fielmente me han amenazado. Pero no han podido cumplir sus amenazas. Robespierre me gritó una vez que, pasados quince días, una de las dos cabezas habría caído, o la suya o la mía”. Y no pudo cumplir su amenaza porque cayó la suya.

Luis XVIII por consejo de su ministro Talleyrand, que siempre había sido tu enemigo, te obligó a dimitir y te incluyó una orden de destierro expedida a todos los que habían votado la muerte de Luis XVI. Moriste en Trieste. Poco después de tu muerte aparecieron tus memorias. Enrique Heine, el poeta, dijo de ellas: Fouché fue un hombre falso en todo y ha querido continuar su falsedad después de muerto con la publicación de sus memorias, de las que figura como autor y de las que en vida, nunca se supo nada. Fuiste, pues, lo que quisiste ser y sigues siendo y sólo tú sabes. Muy enredadamente te ganaste el descanso. Sigue disfrutándolo.

7 agosto 2004

 

Señor Juan Álvarez Caudillo Suriano, Soldado de la Independencia y la Reforma:

Te escribo esta carta porque, parece que a ti, general y presidente nuestro, como al coronel de Gabo, nadie le escribe. Los historiadores como que te olvidan. No que no te mencionen, mas lo hacen con tal parquedad, que es lo mismo. Y no que no hayas hecho cosas, ¡vaya si las hiciste!, sobre todo las que había qué hacer, pero no has tenido la suerte de tener un buen biógrafo.

Fuiste probo además, virtud no frecuente entre nuestros poderosos. Naciste en el barrio de la Tachuela, del pueblo de Santa María de la Concepción hace doscientos catorce años, en un enero como éste, en los límites del Estado de Guerrero. Fueron tus padres, Antonio Álvarez, español compostelano y Rafaela Hurtado, mestiza originaria del puerto de Acapulco. Ya crecidito, tus padres te enviaron a México para que hicieras tu instrucción primaria y de allá regresaste en 1807 con motivo de la muerte de tu padre, cuando apenas estudiabas tercer año de primaria y cumplías los diecisiete de edad. Entre efectivo, alhajas, fincas urbanas y terrenos agrícolas recibiste una herencia calculada en treinta mil pesos, que no era baba de perico, pero que tu tutor, paisano de tu padre, te birló lindamente.

Escogiste la carrera militar. Cuando Morelos pasó por tu pueblo, sentaste plaza en su pequeño ejército, así que para 1810 ya eras soldado raso en la escolta del generalísimo. Con el caudillo creciste y te fuiste haciendo militar de prestigio. En el 14 te derrota Armijo. Te retiraste a la sierra donde permaneciste varios años sosteniendo una lucha de guerrillas, aunque vivías una vida de pobreza extrema. Así te casaste con Faustina Benítez, madre de tu hijo Diego. Te llegaron a conocer con el nombre de “El gallego”. Para el 19 ya eras Comandante Militar de Zacatula. Más tarde ocupaste Tecpan y allí mantienes a raya al enemigo con Galena en el fuerte de Acapulco. En esas andabas cuando te sorprende el Plan de Iguala, en el que intervienes para lograr su ejecución y consumar la independencia del país.

Pides tu retiro del ejército, que se te niega recibiendo, en cambio, el nombramiento de Comandante Militar de la Plaza de Acapulco y Gobernador del Fuerte de San Diego. Al proclamarse emperador Agustín de Iturbide, le escribes a un amigo: “No puedo estar conforme conque en mi patria haya un trono; cuando he dado mi sangre por derrocar al que existía” y en compañía de Bravo y Guerrero empuñan las armas nuevamente en defensa de la República. En 1830, traicionado el Presidente Guerrero por Bustamante, enarbolas la bandera de la legalidad. Del 30 al 40 intervienes en diversos acontecimientos militares, siempre del lado de las fuerzas republicanas, de las ideas liberales y del sistema federalista. El título que más te satisfacía era el que te llamaba “Soldado de la Independencia”

En 1849 cuando la parte sur del Estado de México se eleva a la categoría de Estado con el nombre de Guerrero, fuiste su primer Gobernador Interino primero, luego constitucional y se te declaró después Benemérito del Estado en grado heroico. En 1854 fue proclamado el Plan de Ayutla y se te confirmó como jefe del ejército restaurador de la libertad. Todas las clases sociales se dieron de alta en tu ejército que acabaría con el régimen de Santa Anna. Fuiste Presidente de la República un par de meses y días.

A Manuel Doblado le diriges una carta, que decía en parte: “Pobre entré en la presidencia y pobre salgo de ella; pero con la satisfacción de que no pesa sobre mí la censura pública, porque dedicado desde mi más tierna edad al trabajo personal, sé manejar el arado para mantener a mi familia sin necesidad de los puestos públicos donde otros se enriquecen con ultraje de la orfandad y de la miseria. . “. El propio Benito Juárez te recomendaba a sus amigos para que se guiasen por tus consejos. Hombre sin instrucción sistemática, te educaste en las más severas disciplinas y te distinguiste en ellas.

Hoy me he permitido perturbar tu sueño porque considero que mexicanos como tú no deben de ser olvidados del todo por nuestra patria, pues siguen siendo un ejemplo. Dispensa, pues, mi general presidente, vuelve a tu descanso. Te lo mereces. 

10 enero 2004

 

Juana la Loca, Reina de España:
Catedral de Granada
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No sé si S. M. recordará que el 29 de Julio de 1520, es decir, hace 483 años, cuando la revuelta de los comuneros, uno de ellos logra penetrar hasta Tordesillas, se inclina profundamente ante su Reina, que era S. M. y le dice: “Señora, mi nombre es Juan de Padilla y soy hijo de Pedro López de Padilla, quien fuera capitán general en Castilla, al servicio de la Reina Isabel y vengo de igual manera para servir a Vuestra Alteza junto a los habitantes de Toledo y decirle que desde la muerte del Rey Católico, su padre, sus reinos sufrieron muchos males y disensiones debidos a la ausencia de un gobernador, es verdad que el poderoso e ilustre don Carlos gobernó España, pero desde su partida precipitada, estos reinos se encuentran agitados y soliviantados de tal manera que toda España está a punto de abrasarse y consumirse. Ésta es la razón por la cual vengo ahora, con la gente de Toledo, a ponerme a las órdenes de Vuestra Alteza y decirle que estoy pronto para morir a su servicio”. 

Dio la casualidad que S. M. estaba aquel día muy lúcida y nombró a Padilla comandante en jefe del ejército y le da el encargo de mantener el orden. Pero, S. M. vuelve a las mismas, a la locura quiero decir y su hijo Carlos domina la revuelta y Padilla es ejecutado. Antes alcanza a escribir a su mujer: “Os lego mi alma, que es lo único que me queda”. V. M. vivirá todavía veinticinco años más, encerrada alumbrándose con una vela. En 1555 le alcanza la muerte. Desde entonces descansa al lado de Felipe “El Hermoso” en la Catedral de Granada. Los volveré a ver en breve y por ello me  permití perturbar su sueño.   

2 de agosto 2003

 

Kong - Fu - Tseu (Confucio):
Tseuy, Shangtung, China.

La verdad es que estos renglones te van a sorprender tanto como a mí ahora que los escribo. ¡Te tenía tan olvidado! Llalla, mi profesora de sexto, fue la que nos habló por primera vez de ti. Dizque fuiste hijo de un gobernador de provincia, descendiente, eso sí, del gran legislador Hoang-Ti.

Naciste antes que Cristo, allá por el 551. Lo primero que fuiste ya que pudiste, fue inspector de víveres. Te casaste, o lo que se acostumbrara entonces en Shangtung, entre los diecinueve y los veinte años. Ya casado te dedicaste a la tierra y a leer a los clásicos, los de tu tierra y de entonces. Cuando murió tu madre, siguiendo los viejos ritos le guardas tres años de luto, durante los cuales meditas sobre todo lo que puedes, particularmente sobre la moral y las tradiciones patrias o lo que entonces fuera eso, para lo cual principias a recorrer el imperio.

El Rey, cuyo nombre se me olvidó, te llama y te hace ministro, pero, aunque te pagaba bien, te hartaste de serlo y renunciaste, en lo que no te parecías a los nuestros, que no se van mientras no los corren. Empiezas a predicar lo que tanto has meditado: en diez años logras tener más de tres mil alumnos de todas las clases sociales que propagan tus ideas por todas partes. Encargado de administrar justicia, castigas a los que por su posición se creen impunes, reformas los impuestos, fomentas la agricultura y procuras por todos los medios el bienestar de tus conciudadanos.

En tu ciudad natal te consagras a terminar obras educativas: revisas los Kings o Libros Sagrados. Comentas el Li Ki, corriges el Che King, compones el Chu King, tratado de moral política que resumes en veinte años de estudio del gobierno del emperador. En fin lo que quieres es dar a tus lectores un camino hacia la sabiduría y la moderación.

Por aquello de tus setenta y dos años la muerte te sorprendió en Chu Fu, un pueblecito de Shantung en que tus alumnos siguen conservando tu memoria con veneración y aún sigue siendo objeto de la peregrinación de todos tus paisanos letrados y piadosos. Estos renglones, pues, no me los agradezcas a mí sino a Llalla, mi profesora de sexto, que si quieres por allá puedes localizar. ¡Hasta luego! 

2 de abril 2005

 

Lucrecia Borgia:
Roma, Italia
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Para hablar de ti, hay que tener en cuenta la perspectiva del tiempo (1480 / 1519). ¡Imagínate: fue aquella la época de los grandes progresos del pensamiento, de la liberación de los sentimientos, de los grandes logros del arte, de la arrogancia y el orgullo presuntuosos y de la política; es decir, era como ahora, pero quinientos años antes! Fuiste, indudablemente, víctima de la ambición de tu padre y de tu hermano. Supongo que te darías cuenta, pues no eras ninguna tonta, del poder enorme que te daba el ser hija de quien lo eras, pero de eso a creer  todo lo que de entonces a ahora se ha dicho de ti, hay un rato largo de diferencia entre la moralidad de entonces y la de ahora, no obstante su relajamiento actual. 

Poseías tal belleza y esa la atestiguan las pinturas que de ti nos han llegado y las descripciones que algunos hicieron de ella. Cagnolo de Parma dice que eras: “De mediana estatura y delgada de cuerpo. Su cara es alargada; la nariz bien delineada y bonita; el pelo de un rubio dorado y azules los ojos; tiene la boca un poco grande, los dientes de un albor deslumbrante, el cuello blanco y fino, pero, a la vez, bien torneado. Siempre está alegre y de buen humor”. Y otro, no recuerdo quién, dijo: “Es muy hermosa, pero son aún más notables sus maneras encantadoras”. 

Te casaste tres veces. Primeramente con Giovanni Sforza; pero cuando Carlos VIII invadió Italia, los Sforza perdieron poder y tu hermano César mandó anular el matrimonio. Se planeaba –la política siempre ha sido la política– una unión más provechosa. En un intento de atraerse la amistad de Nápoles, te obligaron a contraer matrimonio con Alfonso de Aragón. Esta boda resultó, a la postre, perjudicial a los intereses de César, tu hermano, por lo que hizo estrangular a tu marido. Se dice que tú aceptabas estas pruebas como parte de las vicisitudes de la vida y, en todo caso, tenías la elasticidad de los Borgia. Tu tercer matrimonio fue con Alfonso de Este, heredero del ducado de Ferrara, cuya alianza le convenía a tu hermano. Una cabalgata de mil quinientas personas te fue a buscar a Roma. Seis días duraron las fiestas que se celebraron en Roma con tal motivo: bailes, comedias, mascaradas y hasta una corrida de toros y ¡olé¡ hubo en la plaza de San Pedro. 

Después de aquello partiste para pasar el resto de tu vida como una obediente y respetuosa duquesa. Tu corte de Ferrara era brillante y en ella protegiste a Ariosto entre los poetas y a Tiziano entre los pintores. No volverías a sentarte entre tu padre y tu hermano a ver inmoralidades. Sobreviviste a los dos. Al morir te sobrevivió la fama de perversa e inmoral. Hoy a lo mejor te escandalizarías de lo que se ve en televisión. Si se tiene en cuenta el término medio de la mujer de aquella época, se debe reconocer que fuiste mejor que la mayor parte. Y bueno, Lucrecia, sigue descansando en paz. A lo mejor te lo mereces más que otros. 

22 de noviembre  2003  

 

Luis de Góngora:

Señor del Gongorismo, ¿para qué más? Córdoba, Andalucía, España. No estoy seguro de por qué te me acabas de venir a la mente, aunque pudiera ser porque acabo de ver las flores que, con tanto amor, mantiene Elvira en el jardín. Así cuidaste el lenguaje fantástico, extravagante y barroco con que hiciste tu poesía. A pesar de que recibiste las órdenes sagradas, tuviste siempre más de poeta que de sacerdote. Hombre de vitalidad desbordante, poco te parecías a la figura grave, seria, madura, que tan espléndidamente pintó Velázquez.

Cuando estudiabas prebendado de la catedral de Córdoba, más de una vez fuiste reprendido por ir poco a la iglesia para no perderte una sola corrida de toros, gustándote, además, los chismes y el trato con la gente de teatro, hablar durante el servicio y escribir poesía profana. Con reprimendas y sin ellas continuaste escribiendo poesía amorosa, poesía cortesana y sátiras que culminaron en la “Fábula de Polifemo y Galatea” y en tus inacabadas “Soledades”, ambas rebosantes de magnificencia, ingenio y atrevimiento, llenas de brillantes metáforas y con su trasposición tan ágil y tan tuya del lenguaje normal al sintáctico. El soneto a la rosa da una idea de tu artificiosidad rica, tierna: Ayer naciste y morirás mañana; para tan breve ser, ¿quién te dio vida? ¡Para vivir tan poco estás lúcida y para no ser nada estás lozana! Si te engañó tu hermosura vana, bien presto la verás desvanecida, porque en esa hermosura está escondida la ocasión de morir muerte temprana. Cuando te corte la robusta mano, rey de la agricultura permitida, grosero aliento acabará tu suerte. No salgas, que te guarda algún tirano; dilata tu nacer para tu vida, que anticipas tu ser para tu muerte.

Te negaron por años, palabra de reproche fue tu apellido para, al final, admirarte para siempre simple y sencillamente. Ya en paz, sigue gozando la tuya.

2 de octubre 2004

 

Marco Polo:

Venecia, Italia. Mi admirado Marco: No te anduviste corto ni modesto, ¿por qué lo ibas a hacer? cuando escribiste:”…y en verdad yo creo que nunca hubo hombre, cristiano, judío o pagano, que haya visto tanto de las partes de Levante como yo, Marco Polo he visto…”. Tu padre y tu tío viajaron, pero, jamás vieron lo que tú viste, porque ellos no iban a eso sino a comprar y vender piedras preciosas. Tuvieron la suerte de que en aquel siglo XIII el Asia Central estuviese abierta a los viajeros como nunca lo había estado y que el gran Kan tuviera una gran sed de saber lo que pasaba más allá de la Gran Muralla, les preguntara sobre el cristianismo y les pidiera que fueran sus embajadores ante el Papa, cuando ya los dejó ir. 

Cuando hicieron un segundo viaje fue que te llevaron. Tenías entonces quince años. Aprendiste el idioma mogol y entraste al servicio de Kublai, que te encomendó misiones en varios lugares de sus dominios, en los que tú tomabas notas para su información e incluso fuiste su gobernador en algunos de ellos. Durante los siguientes veinte años los tuyos no te volvieron a ver la cara. Y cuando te la vieron no te reconocieron.

Luego tuviste el mando de una galera en una guerra contra los genoveses en la que tuviste la mala suerte de que te tomaran prisionero en el Adriático. Afortunadamente te dejaron que pidieras y recibieras las notas que habías dejado en Venecia y así pudiste compilar la historia de cuanto habías visto y oído, lo que no fue fácil pues tantos años en Asia te habían hecho perder el dominio de tu lengua nativa. Todo aquello no se perdió gracias a que un compañero de prisión medio escritor lo hizo por ti anónimamente. 

Tu libro alteró para siempre la idea que los hombres tenían de la geografía mundial, dando información cierta sobre el clima y geografía de Rusia, Siberia, Persia y la India, los desiertos del Asia Central, las aguas desconocidas del Pacífico y los monzones del Océano Índico, etcétera. Pero, lo mejor que hiciste fue que abriste en todos los hombres una curiosidad por conocer el mundo en que viven que no se satisface todavía, generación tras generación la vamos heredando y más desde que Thomas Cook, a partir de 1845 comenzó a organizar excursiones por todo el mundo.

Y día llegará en que los gobiernos podrán garantizar a cada hombre que nazca el viajar, sin lujos, durante un año  por donde le plazca. Los que puedan viajar sin este subsidio, lo seguirán haciendo como hasta ahora. No hay ninguna otra razón para que el Señor hiciera el mundo tan grande y variado como lo es. Tiempo al tiempo. Ha de ser muy duro para ti, con lo inquieto que fuiste, estar en un solo sitio, como estás, pero, todo tiene un precio en esta vida y lo que tú obtuviste de ella lo seguirás pagando eternamente. Un día nos veremos.   

11 de octubre 2003

 

Marco Portius, Catón el Censor:
Roma, Italia.

Al recordarte recuerdo que naciste en Eusculum, cerca de Roma allá por el 235 a. C. Desde muy joven cultivaste las tres artes romanas: la agricultura, el arte y el derecho. A tus dieciocho años, después de la derrota de Trassimeno, serviste bajo Quinto Fabio Máximo, tu señor y maestro. Entre campaña y campaña trabajaste asiduamente tu tierra y pusiste tu elocuencia al servicio de tus clientes. El patricio Valerio Flaco admira tus dotes y te lleva a Roma donde pronto eres tribuno popular. A tus treinta ya eres cuestor de Escipión en Sicilia. Pero tu rigidez de carácter es tal que rompes con el brillante Escipión. Fuiste luego Pretor en Cerdeña, donde te hiciste querer por tu amor a la justicia y a la economía.

Al cumplir cuarenta años te nombraron cónsul de España Citerior donde desarrollas ampliamente tus cualidades y gobiernas hasta cuatrocientas ciudades con habilidad y energía. Al volver a Roma recibes los honores del triunfo. Luchas después en Etolia, Tracia y las Termópilas, ayudando a Acilius Glabrión a vencer a Antíoco. De nuevo en Roma, luchas duramente contra la aristocracia y sus abusos. Apoyas a Petilius contra Escipión. Combates el lujo. Y mantienes la Ley Oppia contra el fasto y las mujeres.

Cuando te nombran, Censor ya con los cuarenta cumplidos, destituyes a varios miembros del Senado, degradas a muchos caballeros, estableces impuestos sobre las alhajas, las carrozas y los esclavos e introduces otras reformas saludables. Al expirar tu mandato el pueblo te erige una estatua. Tu integridad y tu patriotismo fueron intachables. ¿Defectos? Claro. Te gustó beber, pero del bueno. Odiabas por igual al arte griego y a Cartago.

Ni idea tienes de lo que te necesitamos o necesitamos a un hombre como tú que venga a darles un susto a todos los que vienen a estrenar puestos públicos. Una noche que estés de humor, ven a darles un estirón de orejas mientras duermen. Entre tanto, sigue descansando, que bien merecido te lo tienes. 

24 de septiembre 2005

 

Señora Martha:
Los Pinos, México, D. F.

ESTIMABLE SEÑORA: Mejor que nadie usted sabe que a su señor esposo, Presidente de nuestra República y de todos los mexicanos y mexicanas, menos de usted al parecer, se le ha ido escapando el tiempo sin hacer nada y a estas alturas sólo podría hacer algo en lo que le queda de ejercicio si usted, de pronto, decidiera opacarse y transformarse en su perfecta ayudante, olvidándose de sus intentos de llegar a elegirse para el mismo puesto en el sexenio próximo.

Simpático y atrayente sí que es su esposo, ¿de qué otra forma, si no, hubiera ilusionado a los votantes que ya, de por sí, estaban hartos de los otros y dispuestos a un cambio? Lamentablemente no es firme en sus puntos de vista y para ir a más le falta grandeza. Nos equivocamos, ¿qué quiere usted? A lo mejor usted también; pero, bueno, usted al menos comparte con él Los Pinos, su mesa y esos viajecitos que en el primer año los trajo con alegría de enamorados por todo el mundo.

A estas alturas ya hemos visto que a él le falta lo que a usted le sobra: que siempre que participa en algo quiere ir a la cabeza, así que, imagínese cómo cambiarían las cosas si usted, dejando otras aspiraciones personales se convirtiera en su más eficaz ayudante. Imagine, también, lo que podrían hacer por México, si en lugar de andar cada quién por su lado se convirtieran en un esfuerzo común para hacer de nuestro país lo que, seguramente, cuando comenzaron su mutua aventura, algún día soñaron.

La esposa de un presidente puede influir mucho en su fortuna, siempre que no quiera superarlo. Todas las grandes modificaciones en la historia del hombre se han cumplido. Gracias a la solidaridad, a la adhesión de parte de uno a la causa de otro ¿y qué mejor unión para luchar en pos de algo, la grandeza de México, que la de la pareja presidencial?

Olvídese usted de ser presidente, conviértase en la más eficaz ayudante de su esposo, el señor Presidente de la República y esté segura de que pasará a la historia por su lealtad a él y a México. Respetuosamente. 

17 de abril 2004

 

Máximo Gorki:
Moscú, Rusia.

Éste, claro, no es tu nombre, pero era más corto que el de Alexis Maximovich Pechkov y suena mejor para la fama que ibas a tener. La primera de tus obras publicadas resume tu propia actitud respecto a las espantosas condiciones de tu juventud, que tan magníficamente describes en Niñez, Aprendizaje y Mis Universidades.

Naciste en Nijni Novogorod (actualmente llamada Gorki en tu honor). Tu padre era ebanista. Murió cuando andabas por los cuatro años, ¿recuerdas? y tres años después fallecía tu madre. Fue tu abuela quien despertó en ti el amor por las expresiones literarias, pues sabía un gran número de narraciones folklóricas y ella también, la que influyó en el notable espíritu de tu prosa. A diferencia de Chejov, tomaste parte activa en el movimiento revolucionario ruso, fuiste encarcelado, muerto y sepultado: ¡Achis, achis!, no tanto, pero lo primero sí, es decir, encarcelado y varias veces.

Pasaste gran parte de tu vida en el extranjero, mayormente por motivos de salud, en Capri. Estabas tuberculoso en Capri. Uno de los temas más importantes que tratas en todas tus obras es el conflicto del hombre con su medio ambiente. Tu lucha contra la injusticia social se inicia en tus novelas a base de personajes idealizados que, más que hombres de carne y hueso, son símbolos personificados. En La Madre tu protesta contra la esclavitud económica se hizo más concreta en la descripción de los jefes revolucionarios, pues muchas de esas descripciones se basaban en la vida real. En tus últimas novelas sigues aún arguyendo emocionalmente contra el capitalismo.

Tu sentido de la injusticia social y de la dignidad del hombre es tan agudo que presentas con realismo brutal la vida que los obreros de empresas particulares estaban obligados a llevar en Rusia; pero luego reaccionas tan inconteniblemente contra esa clase de existencia, que a menudo pierdes de vista que tus personajes son hombres y mujeres de verdad:

“Yo siempre consideré como verdaderos héroes únicamente a los hombres que amaban el trabajo y que sabían trabajar, hombres cuyo único objeto en la vida era aprovechar las fuerzas creadoras de la humanidad para adorno de la tierra y para que la vida fuese digna del hombre”. En fin, un saludo y ojalá volvieras a este mundo que te sigue necesitando. Y si no, por allá nos veremos un día. 

23 de abril 2005

 

Melchor Ocampo:

Respetable señor don Melchor Ocampo: El relajo que se ha armado en casi todo el país, pero de una manera particular en Torreón, en relación con lo que se ha dado en llamar “bono de marcha”, me ha hecho recordarlo. ¡Qué diferencia entre sus tiempos y los nuestros, particularmente en su actitud como congresista que, en un momento dado le lleva a “renunciar a sus dietas y viáticos, pidiendo a los diputados proceder de igual manera para disminuir las deudas del país”. Tan desprendidos ejemplos no son fáciles de seguir. A uno de los Luises no faltó quién le recomendara, precisamente para ahorrar dinero al Estado, que los nobles que ejercieran algún cargo se conformaran con el honor recibido y no cobraran; a lo que el rey se opuso, diciendo que estaba seguro de que así resultarían, al final, una carga mayor para el Estado. Él conocía a su gente.

En siglo y medio las maneras de ser han cambiado mucho en nuestra patria, el patriotismo, particularmente, ha ido en baja y aunque todavía se cita con cierto énfasis durante las campañas electorales de lo que sea, se ejerce lo menos posible y en la balanza, a la hora de los hechos, puesto en el otro platillo el interés personal, el patriotismo pierde. Los males de nuestra patria no sólo siguen siendo los que usted apuntaba hace siglo y medio, que era “El fastidio con que muchísimos ven la cosa pública… El egoísmo con que otros la explotan… La debilidad con que se tolera el vicio… La falta de instrucción… La prostitución de la llamada administración”.

Que después de tanto tiempo, señor Ocampo, no hayamos encontrado la manera de erradicar tales males; que sigamos considerando un puesto público por pequeño que sea, desde el de policía, como una oportunidad de hacer dinero y no como una mejor ubicación para servir, es verdaderamente triste. Nos falta quien vuelva a cultivar nuestro patriotismo, quien busque y encuentre todas aquellas cosas de las que podamos enorgullecernos como mexicanos y nos las repitan a diario, usando el mismo método con que a los niños enseñaban las famosas tablas aritméticas.

Tenemos una historia que enorgullecería a otros pueblos y que nosotros ignoramos por pura indiferencia, porque la comparación obligada es con el país más poderoso del mundo y, claro, es difícil ganarla. Debemos, pues, comenzar a hacerlas con otros y nos iría mejor, recobrando el orgullo que hemos ido perdiendo en los últimos años. De alguna manera, don Melchor, siga repitiéndonos “que los pueblos pobres viven del espíritu y no del dinero” y que “nunca el andrajo o el hambre lesionan la virtud patriótica de los mexicanos”. Ojalá su patriotismo mantenga siempre firme al nuestro.

28 de diciembre 2002

 

Michel de Nostradamus:
Aix en Provence, Francia

Predecías, lo que quiere decir que te aventabas a decir, escribiéndolo en verso, lo primero que te venía a la cabeza, que no era poco. Una vez escribiste: “el león joven vencerá al viejo en una lucha terrible y en extraño duelo”. Y dónde que a Enrique II le dio por morir accidentalmente en un torneo en 1559, es decir, cuatro años después. A tus lectores les dio por decir que aquello era lo que tú habías anticipado y la fama se te vino encima. Junto a aquello, en tu libro “Siglos” también habías escrito: el gran fanfarrón, desvergonzado y audaz, será elegido jefe del Ejército; sus intentos serán descarados, el puente se romperá en dos, la ciudad se morirá de miedo. Nuevamente, después del acontecimiento, la profecía se interpretó como refiriéndose a Cromwell: el puente roto era el parlamento.

Tu vida la empezaste como médico. Estudiaste en Montepellier y te estableciste en Salon, cerca de Aix en Provence donde se supone que inventaste aquel específico tan buscado durante el siglo XVI: un remedio para combatir la peste. La astrología era más lucrativa que la magia y tú sagazmente encontraste el medio de halagar la credulidad de los hombres y a la vez, de conseguir riquezas y honores para ti. Catalina de Médicis y más tarde Carlos IX se encontraban entre tus más devotos clientes y Catalina te mandó a Blois para que leyeras el horóscopo de los jóvenes príncipes.

Eras de origen judío, siendo posible que tu fama esté relacionada con la gran reputación de la cábala, el sistema oculto judío de interpretar las escrituras. Como haya sido viviste sesenta y tres años como ya hubieran querido vivirlos muchos. Y puedes no creerlo, pero a lo mejor si te dejaran dar otra vuelta por la Tierra podrías vivir tan bien como entonces con lo mismo, pues el hombre, aunque diga que no, sigue creyendo en todo, dependiendo de quién o de cómo se lo digan y peor si es por televisión. Bueno mi viejo y buen amigo, puedes estar seguro que pronto nos veremos. 

30 de julio 2005

 

Miguel Hidalgo y Costilla:

Mi querido don Miguel: Déjeme decirle que a veces me parece que pecó usted de impaciente, aunque luego caigo en la cuenta de que a sus cincuenta y siete años, que eran los que tenía cuando las circunstancias lo llevaron a pegar el grito que tuvo como consecuencia final nuestra independencia, tampoco estaba como para esperar. O gritaba o no gritaba, tal era la cuestión. Y usted gritó y acabó en “Padre de la Patria”. Ése era su destino y del destino nadie se escapa.

Si se pudiera escapar, Francisco Xavier Clavijero, autor de la primera Historia de México, no lo hubiera tenido tan a la mano e impregnado de sus ideas nacionalistas, ni usted hubiera sido tan estudioso y sagaz que le pusieran “El Zorro”. En fin, que estaba listo. Usted gritó y se encendió la hoguera.

Para que esto sucediera, fue necesario que la Santa Inquisición se ocupara de usted, castigándolo por sus ideas renovadoras; enviándolo al curato de Colima donde se dio a la lectura de los enciclopedistas, prohibidos en los dominios de España. A los cincuenta años fue nombrado cura del pueblo de Dolores, que era donde debía estar para que su destino se cumpliera. El resto es nuestra historia.

Todo esto no viene sino para chismearle que este pueblo por el que usted, al fin y al cabo, dio la vida, a lo mejor no la merecía. Pronto hará su buen par de siglos de todo aquello y las cosas no están, creo yo, mejor que estaban, aunque de otra manera, comenzando porque debemos hasta la camisa. Ah, querido don Miguel, si a usted le dieran permiso de volver a usar su cuerpo y aparecer por unos días (no creo que aguantara muchos) en la patria que usted creó con un grito, no le iba a gustar lo que vería.

Como ciudad, la capital le gustaría arquitectónicamente, pero, estoy seguro, no le simpatizarían todos los que han manejado el país a partir de un tal Santa Anna; que cuando usted gritó andaría por los dieciséis años, poco más o menos, pero desde entonces le echó el ojo. Según parece no teníamos otro más a quién recurrir, pues lo corrimos y le rogamos que volviera un titipuchal de veces. Total, que acabó creyendo que México era de su propiedad y acabó vendiendo a precio de regalo “la mitad más grande de él”.

Lo malo no fue eso, mi querido Padre de la Patria, lo malo es que últimamente todos los que han asumido el poder han creído lo mismo y de allí nuestras deudas y su inmensa riqueza, o al menos la vida de despilfarro que se dieron mientras fueron nuestros presidentes. Y así, si cuando usted decidió darnos independencia y libertad éramos pobres, hoy no podemos enorgullecernos de no serlo, aunque una minoría de ex y banqueros falaces vivan como nababes, todos ellos con su dinero fuera de la patria, porque les daría vergüenza decir cómo lo hicieron y más que ello revelar por qué no lo usan para crear empleos.

23 de noviembre 2002

 

Miguel Hidalgo y Costilla, Presente:

¿A quién sino a ti debo estos renglones? En Dolores, cultivabas viñas, fomentabas la cría de gusanos de seda y la apicultura y creabas diversas industrias cuando allá por 1808 los sucesos de Madrid causan impresión en México. Varios feligreses de Valladolid fraguan un plan para rechazar la influencia francesa y proclamar a Fernando VII. El movimiento debe estallar el 21 de diciembre. Centro de la conjura era el corregidor de Querétaro, don Miguel Domínguez, pero el movimiento es traicionado y arrestados varios de sus componentes, tú no, porque habiendo sido avisado a tiempo pudiste huir. Los arrestados son puestos en libertad por falta de pruebas. El movimiento se reproduce en Querétaro. Nuevamente denunciados y avisados se trasladan a Dolores. Los tres jefes, Allende, Aldama y Abasolo quieren huir y abandonar el empeño, pero allí estrabas tú que los arengaste y con tu hermano Mariano y una docena más de valientes asaltan la cárcel y ponen en libertad a los presos políticos.

El 15 de septiembre de ese año, 1810, hiciste tocar a misa, reuniendo hasta 300 partidarios y lanzas, lo que hemos llamado desde entonces Grito de Dolores o de Independencia. Prendiste luego a los españoles que vivían en la localidad. Luego te dirigiste a San Miguel “El Grande”, donde se te unen el regimiento de la reina y muchos campesinos que aprovecharon la oportunidad para cometer excesos. Al pasar por el santuario de Atotonilco, clavaste en una lanza la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y la presentaste a tus “soldados” como emblema. Para finales de mes ya con cincuenta mil hombres entras a Guanajuato y, bueno, la guerra es la guerra, uno y otro bando mata paisanos. En octubre instalas en Guanajuato una fábrica de cañones y sigues hacia Valladolid.

La Junta Nacional te ratifica como generalísimo con tratamiento de alteza serenísima. Sigues rumbo a la siguiente parte de tu destino que era el Monte de las Cruces. Derrotas a Trujillo, pero empiezan las desavenencias. En contra de la opinión de Allende desistes de atacar a la capital. Dispones la vuelta a Guanajuato y, por azar, se encuentran a los realistas de Calleja y fuiste batido casi sin combatir. El 17 de noviembre llegas huido a Guadalajara. Al saber que se acercan las fuerzas realistas tomas el rumbo de Zacatecas, donde te refugias con Allende, después de ser batidos por aquél en el Puente Calderón. El 21 de marzo de 1811 son sorprendidos en Acatita de Baján y llevados prisioneros a Chihuahua.

El primero de Agosto, después de ser degradado como sacerdote, fuiste fusilado enfrentando la muerte con entereza. Por tu grito, gracias. Nosotros, aquí andamos todavía hechos bolas, pero nuestra independencia y nuestra libertad ahí la llevamos, ahí la llevamos. ¡Que viva México! Y gracias.

10 septiembre 2005

 

Mustafá Kemal:
Bajá Ankara, Turquía. 

Perteneces a ese pequeño grupo de hombres que el destino escoge para cambiar el rumbo de algunos pueblos. Por muchos años te arrumbé en mi memoria, acaso porque siempre te llamé por el nombre de Ataturk, que tú adoptaste y que según eso, quiere decir “Padre de los turcos”, cosa que fuiste en la realidad. Salvaste de la extinción a un pequeño núcleo de un Estado turco y condujiste a Turquía por un nuevo camino. Fuiste dictador y no lo fuiste. Eras moderado en cuanto a lo que perseguías y tenías un certero sentido de lo posible. Eras también, ¿quién lo podría negar?, cuando todo esto se te salía de control, bruto hasta decir basta, mezquino e inclinado a la sensualidad; defectos que contrarrestabas con tu patriotismo, valor y honradez que legaste a tu pueblo, que hoy exhibe con motivo de la guerra que todavía no es, pero es contra Iraq, “al rechazar una moción que anteriormente había aprobado y que hubiera permitido el emplazamiento de sesenta mil efectivos militares en Turquía para una posible operación militar contra Iraq”, rechazo que pone en grandes problemas los planes de Norteamérica. 

Tu mayor proeza fue detener a los ingleses en la península de Galípoli. Como no eras precisamente un genio militar, tus victorias se levantaban sobre miles de cadáveres turcos. En fin, perdiste las tierras árabes; no te dejaste atraer por los rusos ni por cruzadas islámicas, lo que te importaba era Turquía y para hacerla como la querías, no la dejaste jugar el papel de gran potencia.

Fuiste el gran maestro de tu patria enseñaste a los tuyos otro texto, educaste y emancipaste a las mujeres y reformaste la banca y la agricultura. Y cuando pensaste que la Turquía moderna tenía que abrir la puerta a la oposición, tú mismo creaste las condiciones para que esto sucediera. Fuiste hombre de nuestro siglo.

Moriste en 1938 y hoy te recuerdo por esa marcha de los tuyos por Ankara para manifestar su no a la guerra. Dispensa que haya interrumpido tu paz y vuelve a ella.   

8 de marzo 2003

 

Mustafá Kemal, “Padre de los turcos”:

Salvaste de la extinción al pequeño núcleo de un Estado turco reducido y llevaste a Turquía por un nuevo camino. Te diferenciabas de los dictadores contemporáneos por tu sentido de lo posible y por tu moderación en cuanto a los fines que perseguías, aunque no por los métodos empleados. Eran tus virtudes el patriotismo, el valor y la honradez, cualidades que ponías en la balanza para contrarrestar tu brutalidad, tu mezquindad intelectual y tu inclinación a la sensualidad.

Revolucionario de la cabeza a los pies, empezaste militando en las izquierdas por casualidad, pues las derechas estaban corrompidas; de ahí que sus reformas no guardasen relación con la cuestión de partido. Ascendiste rápidamente en el Ejército, luchando en las guerras de Libia y de los Balcanes, antes de llevar a cabo tu proeza de detener a los ingleses en la península de Galípoli. Después luchaste en el Cáucaso y, finalmente, en Siria. Te distinguiste en todas partes, aunque distabas mucho de ser un genio militar; pues tus tropas experimentaban grandes pérdidas. Eras un táctico tosco y temerario, pero poseías una determinación invencible y un poder enorme sobre los espíritus de tus hombres.

Entretanto, refunfuñabas, criticabas y te burlabas de todo -muchas veces fundadamente- y eras tan insubordinado como las circunstancias lo permitían. Los grandes tiempos empezaron cuando organizaste una oposición extraoficial a la invasión de la Turquía asiática por los griegos después de la Primera Guerra Mundial. Ya no era aquello de “cuando me veáis levantar la mano, calad la bayoneta y seguidme” en Galípoli. Ahora mandabas desde la retaguardia, dejando a tus subordinados buena parte del trabajo. Los griegos, con sus levas descorazonadas, hicieron virtualmente lo que debían. Pero cuando no les quedaba ya más aliento y los generales, de haber continuado la lucha, habrían destruido el ejército y perdido la guerra, tú aunque partidario habitualmente de luchar hasta el fin, interviniste y ordenaste la retirada inmediata a Sakkaria, cubriendo a Ankara, la capital de Turquía. Este fue tu hecho militar más afortunado.

Mandabas en persona en la batalla de Sakkaria, que ha sido deformada por la leyenda. En esa batalla no se produjo en realidad la derrota de los griegos, pero sí su total desgaste, circunstancia que facilitó tu triunfo definitivo.

28 enero 2006

 

Nazario Ortiz Garza:

Mi muy admirado don Nazario: Sea donde sea que ahora se encuentre usted, supongo que su espíritu, de alguna manera seguirá inquietándose con todo aquello que tenga que ver con esta ciudad de Torreón que tanto quiso y de la misma forma se molestará con todo lo que pudiendo hacerse para embellecerla o prestigiarla, deje de hacerse por simple indolencia de quienes están obligados a ello; de la misma manera se alegrará con la mínima señal de lo contrario y como ahora parecen pintar oros con las nuevas autoridades, como pintaron tratándose de mejoras a la ciudad en oportunidad de que usted fuera su presidente, le traigo noticias de ello, no porque dude de que usted no sepa más que yo de esto, sino porque no sabiendo cómo sea la comunicación entre esto y aquello, andando como anda nuestro correo, pienso que no está mal que lo haga. 

Siete años tendría yo cuando usted cambió la cara de la avenida Morelos plantando las primeras palmeras; cara que en tarjetas postales inundaría a la República, como años después, lo harían las del puente sobre el Nazas, que fueron las dos primeras tarjetas de presentación de nuestra ciudad en aquellos tiempos. 

Lamentablemente la política inestable de entonces le colocó a usted en situación de tener que renunciar a menos de un año de su ejercicio; pero en 1925 las circunstancias le devolvieron a su mismo sitio y tuvo la oportunidad de inaugurar la obra concluida de la avenida Morelos, así como su alumbrado. 

Durante su gestión del 27/ 28 se metió con la Plaza de Armas que, a pesar de lo que muchos dicen amarla, sigue tal cual; también con la Alameda a la que entonces la ciudad solía acudir a partir del mes de abril, no tanto para  hacer ejercicio caminando a su alrededor, sino para oír tocar a la orquesta de Prócoro Castañeda, que a esas horas tomaba posesión del quiosco para hacerlo. Tan bonita costumbre y que se haya olvidado, ¡qué lástima! Pero, ¡igual se han perdido otras! 

Pero, lo que quiero decirle, don Nazario, es que las nuevas autoridades vienen, al parecer, llenas de entusiasmo y con ganas de hacer cosas que, en realidad es todo lo que se necesita para que éstas sucedan y que si desde allí donde usted se encuentra se puede hacer algo por nuestra ciudad, les eche una manita a los recién llegados de la manera que sea: inspirándoles ideas, haciéndoles soñar soluciones, en fin, particularmente manteniendo despierto su ánimo, que no se nos vayan a desanimar a las primeras de cambio y volvamos a lo de siempre: a que no hay dinero y que sin dinero las cosas no pueden hacerse, pues usted probó que sí se podía, puesto que las hizo, o estirando los centavos que había o tocando puertas, la cuestión es que allí está todavía lo que usted hizo por Torreón, de lo cual seguimos y seguiremos enorgulleciéndonos mientras las palmeras sigan estirando sus copas hacia el cielo en la Morelos. 

Muchos son los que en estos momentos creemos que quienes ahora administran Torreón, harán lo que usted hizo: trabajarán  por él, embelleciéndolo, porque lo que usted  hizo por él, sigue siendo un buen ejemplo a seguir. Ojalá sean capaces.

Bueno, don Nazario, ojalá y se vuelva a agarrar su paso.   

18 de enero 2003

 

Mr. Oscar Wilde:

El que te trajo a cuento mientras yo esperaba a Octavio para tomar un café la mañana del último miércoles fue Carlos Rosas Figueroa quien, a manera de saludo me dijo: Y ¿dónde guarda usted el retrato?  -¿Cuál retrato? –le contesté ingenuamente.  “No se haga, no se haga, me dijo, el de Dorian Gray”. Porque está empeñado en que lo tengo y colgado al revés, además. 

Recordándote un poco, solías decir que “Nada es tan peligroso como ser demasiado moderno, pues se corre el riesgo de volverse anticuado repentinamente”. También que “No hay en el mundo más que una cosa peor que andar en boca de todo mundo y es no dar de qué hablar en absoluto”. Para conseguir lo primero vestías con extrema afectación y empezaste a ser famoso cuando Gilbert te satanizó en la persona de Bunthorne en su ópera cómica “Paciencia”, pero también lograste que hablaran de ti derrotando bebiendo, a los mineros y vaqueros de Rocky Mountain durante una gira que hiciste por Estados Unidos. Los vaqueros hubieron de admitir que eras un bebedor más fuerte que cualquiera de ellos y que podías luego llevarlos a sus casas de dos en dos. (No como nuestros juniors que necesitan de guaruras, para que los lleven cuando se les pasan las copas). 

En Londres, una tras otra, se representaron tus obras: El Abanico de Lady Windermere, Una Mujer sin importancia, Un Marido ideal, La importancia  de llamarse Ernesto, comedias que te convirtieron rápidamente en un hombre rico, cosa que te permitió disfrutar de lo que llamabas “aquella pasión  desordenada por el placer que es el secreto de permanecer joven”. Y aquel disfrute incontrolado fue el que te llevó a donde todos saben. 

Pasaste, Wilde, a la cárcel y tus comedias dejaron de representarse. Cuando fuiste puesto en libertad te retiraste a Francia.  Parece ser que al morir dijiste que lo hacías fuera del alcance de tus medios. Tu muerte te hizo inmortal. Gente como yo hace que sus amigos recuerden tu famoso Retrato de Dorian Gray. Sin embargo, el tiempo sigue su marcha.   

26 de julio 2003

 

Señor Pedro F. Quintanilla Coffin:

Escritor y periodista. Monterrey, N. L. Hace unas cuantas semanas Homero H. del Bosque Villarreal, de nacencia regiomontana, pero de crecimiento torreonés, pues a esta ciudad llegó a la edad de diecisiete días y, desde entonces, le ha sido fiel y yo, en esa mínima pluralidad de más de uno, que hacemos posible dos veces por semana en su propia  oficina, gracias al termo de café de sabor inolvidable que Estelita le prepara a diario para que reciba con distinción a quienes en ella le visitan, caímos en el recuerdo de las diferentes mesas cafeteras que  en nuestra ciudad se han reunido, unas para promover cultura, como aquella que por varios años mantuvieran  Salvador Vizcaíno Hernández, Antonio Flores Ramírez, Rafael del Río y Federico Elizondo Saucedo, otras para hacer acción social como la llamada de “Los  Adolfitos y los Corbatones” porque  quienes la formaban, unos  usaban la corbata regular y otros la de moño que don Adolfo Ruiz Cortines, era la década de los 50, había vuelto a poner de moda. 

En la actualidad, por allí por la Colón se reúnen desde hace años Carlos Rosas Figueroa, Guillermo Woolf, José Rodríguez Villarreal, Jesús Estrada y Ruiz, Elías Serhan Selim y Octavio Olvera Martínez y en el mismo café pero en distinta mesa, los doctores Julio Mondragón, Alfonso Luévano, Antonio Medina Quintero, Rodolfo Marín Gómez, la doctora Consuelo Molina Ulloa, Pablo Morales Santelices, Eunice Salcedo, Antonio Silva, los hermanos Miguel y Humberto Herrera y José Ángel López  que aunque ya residen en la capirucha, cada vez que pueden se escapan de allá para venir a saborear el café y la plática con los suyos. 

¿Que de qué platican los cafeteros? Quienes los ven tan animados y tan puntuales en la asistencia a sus mesas, siempre han pensado y ellos lo aceptan, que se dedican a “componer el mundo”, aunque si es así poco han logrado, pues el mundo está hoy más descompuesto que nunca. Pero, usted, admirado Sr. Quintanilla,  en 1984 lo sabía… Resulta que después de aquella  plática con Homero, éste en la  tarde se puso a buscarlo a usted. Y lo encontró. En la noche me llamó  por teléfono para decirme que al día siguiente pasara a su oficina, como lo hice y donde me entregó copia de su ensayo de usted, Sr. Quintanilla, sobre  “Las Peñas”,  donde de entrada dice que “Las peñas, reuniones de amigos son tan viejas como la humanidad. Es cosa propia del hombre juntarse a  comentar cuanto se considere interesante. Constituye una válvula de escape, en donde cada quién desahoga problemas propios y  ajenos, con la sabiduría de los enciclopedistas y la tranquilidad del  bien nacido. Terapia de grupo, en donde todos saben todo, aun cuando nadie sepa nada…” 

Claro que no todas son así: las hay taurinas, por ejemplo y en ellas no pasaría de la primera taza de café aquél para quien la fiesta  taurina sea una de las ochenta y tres cosas que le importen un pepino Las hay, también, políticas, que no duran más allá del tiempo necesario para ganar o perder unas elecciones. Y las hay como las mencionadas más arriba, que sólo buscan no perder, por dejar de verse, amistades de toda una vida. Las otras, ésas que usted menciona en su ensayo, que es de 1984, dueñas y señoras de la vida y hacienda de sus paisanos,  ojalá aquí nunca las conozcamos. 

De todas maneras, donde esté le felicito porque lo que usted publicó hace veinte años sigue despertando el interés de sus lectores. Y así como en plática de peña cafetera, me gustaría preguntarle, si las hay donde usted se encuentra, ¿cuáles son sus temas?, ¿De qué hablan?

Dispense usted que le haya molestado, pero ya lo sabe, la culpa es de su paisano que, él sí que emigró, llegándonos tan pequeñito.   

28 de junio 2003

 

Señor Pedro Rivas Figueroa:
Universidad Autónoma de la Laguna

Muy querido amigo: Permítame felicitarlo por los primeros quince años que por estos días viene celebrando la UAL, Universidad de la que usted fue inspirador y sigue siendo Rector y confiable e incansable guía. Uno de mis enseñadores, mi querido viejo Unamuno, le decía a Heidegger que afirmaba la vida como angustia: “¡Muy bien! ¡Vaya por la angustia! Pero... además: la vida como empresa”. Y empresa, según nos lo aclara la Real Academia Española en su diccionario es “Acción ardua y dificultosa que valerosamente se comienza”. Usted ha podido ir viviendo así su vida, gracias a su “mente clara, seriedad en el trabajo y buena voluntad”, sin cuyas virtudes nada se logra. 

Dificultosos fueron los principios de lo que hoy es una realidad en constante desarrollo. Primero fue algo que se acercaba a lo que se anhelaba y que para usted, don Pedro, era una aproximación a su más puro sueño. Porque lo esencial en toda empresa es estar dispuesto cuando la oportunidad se presenta. Y usted se preparó cada día de su vida para estarlo siempre. 

La UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA LAGUNA era su destino. Todos los hombres al nacer, nacen para algo. Algo que, por supuesto, pueden hacer otros, pero que nadie hará como ellos. Es la famosa “Moira” griega. “La forma acabada de nuestro destino”. Algo que usted descubrió aquella tarde en que, aparentemente desahuciados volvíamos de Saltillo usted, Arturo Madero Acuña y este servidor. Aquella experiencia había terminado. Y de pronto, usted había recobrado la libertad para volar con sus propias alas, para desarrollar sus propias ideas, para convencer de la bondad de ellas a todos sus amigos y lograr que gente tan valiosa como don Heriberto Ramos, don Fermín Maisterrena Viesca, don José Revuelta Maza, don Pedro Valdés, don Raymundo Calvillo Armendáriz, don Rogelio Barrios Cázares, don Eduardo Arturo Villalobos, don Salvador Álvarez Díaz, don Antonio Irazoqui de Juambelz, don Enrique Marroquín Dueñes, don Eduardo Iduñate Ramírez, don Alejandro López Díaz Rivera, don Manuel Luévanos Sánchez, don Julio Rodríguez Sánchez, don Luis Carlos Reyes García, don Antonio P. González, don José Alfredo González Reyes y otros muchos que, de momento, se me escapan, le rodearan para, entre  todos, alcanzar a realizar este patrimonio de nuestra ciudad que es la UAL, la empresa de su destino y que usted ha vivido con máxima responsabilidad. ¡Felicitaciones!   

6 de diciembre 2003

 

Pedro Garfias:
México D.F.

Allá por medio siglo, aproximadamente, del que dejamos atrás comenzaste a visitarnos y a leernos, como nadie, tu poesía y la de otros, la de Lorca entre ellos y siendo que en este mes de junio el poeta granadino, de vivir, cumpliría ciento seis años, para celebrarlo y para reciprocar tus lecturas, transcribiré uno, cualquiera, al azar, este poema de Lorca: El Diamante.

El diamante de una estrella ha rayado el hondo cielo, pájaro de luz que quiere escapar del universo y huye del enorme nido donde estaba prisionero sin saber que lleva atada una cadena en el cuello. Cazadores extrahumanos están cazando luceros, cisnes de plata maciza en el agua del silencio. Los chopos niños recitan su cartilla; es el maestro un chopo antiguo que mueve tranquilo sus brazos muertos. Ahora en el monte lejano jugarán todos los muertos a la baraja. ¡Es tan triste la vida en el cementerio! ¡Rana, empieza tu cantar! ¡Grillo, sal de tu agujero! Haced un bosque sonoro con vuestras flautas. Yo vuelo hacia mi casa intranquilo. Se agitan en mi cerebro dos palomas campesinas y en el horizonte, ¡lejos!, se hunde el arcaduz del día, ¡Terrible noria del tiempo!  

19 de junio 2004

 

Pierre du Terrail, Señor de Bayardo:
Grenoble, Francia.

El Señor sabe cómo y por qué hace sus cosas y así mientras que a ti te hizo nacer poco más o menos hace cinco siglos en Francia para que allá y en aquel entonces pelearas por tu patria, te distinguieras por tu valor y por tu generosidad y alcanzaras, en fin, que te apellidaran “El Caballero sin miedo y sin tachas”, revistiéndose de paciencia se aguantó las ganas de hacer nacer al mismo a Ahumada, para balancear la cosa. Por eso fue que este bellaco nació, cuando nació, en Argentina, donde aprendió todo lo que tenía que aprender ¡y no es poco lo que en Argentina se puede aprender!, para venir a fastidiarnos a los mexicanos.

La verdad yo pienso que a veces al Señor se olvida de que ya es tiempo de que nos dé un hombre como tú y aunque ya pasaron los tiempos en que pudieras cruzar tus armas con otros caballeros, siempre pudieras hacer la guerra a los pícaros y bribones de que estamos llenos y enseñarlos a comportarse y, sobre todo, a amar a su patria, que para ti eso sería nada, pues tu valor fue tanto que por él, en ocasión en que caíste prisionero, te pusieron en libertad sin rescate.

Dicen que el Señor tiene la mejor opinión de los mexicanos y está seguro de que aguantamos siempre más de lo que creemos, por eso nos reservó a Ahumada, no haciéndolo nacer en tus tiempos sino en los nuestros, para que aquí experimentara todo lo aprendido en Argentina, de la que tú ni noticias tienes, pero de la que Él tuvo compasión y no de México. Mi muy estimado “Caballero sin miedo y sin tacha”:

Tú que estás tan cerca de Aquel que todo lo puede, dile que ya no tenga tan buena opinión de nosotros; que sí, que sí aguantamos, pero no tanto y sobre todo, que ya comience a pensar en darnos un hombre como tú, capaz de sacarnos de todos los atascaderos en que nuestros supuestos guías nos han venido metiendo desde hace un rato largo, tanto que ya comenzamos a tener miedo. Y dispensa. Vuelve a lo tuyo. 

24 de abril 2004

 

Pietro Bacci, O “El Aretino” :
Venecia, Italia.

Naciste en Arezzo, en la Toscana, hijo natural de un noble (o de un zapatero, es igual) con una cortesana, modelo de pintores. Tu educación primaria dejaba mucho que desear, pero tu afición a la poesía se reveló desde que eras un muchacho. Un soneto sobre indulgencias te hace salir más que corriendo hasta Perusa, donde la haces de encuadernador. A tus veinticinco años, allá por 1517, buscando fortuna vas a Roma, donde pronto te haces temer por tus mordaces críticas. Para protegerte entras al servicio de León X y del cardenal Julio de Médicis, a quienes adulas sin medida, te haces amigo de Miguel Ángel, Tiziano y Julio Romano. Al pie de unos dibujos de éste, francamente pornográficos, publicas tus Dieciséis Sonetos Lujuriosos que causan enorme escándalo.

Cuando murió León X en 1522 y fue sustituido por Adriano VI, dejaste Roma con Julio de Médicis. Un año después, muerto Adriano y elegido Papa Julio de Médicis con el nombre de Clemente VII, volviste a Roma, siguiendo como antes. Por tu labor fuiste objeto de un atentado, huyes a Milán donde intimas con Juan de Médicis. En 1527 muere Juan y te trasladas a Venecia donde das rienda suelta a tu musa servil y mordaz, codiciosa siempre de dinero. Logras reunir una gran fortuna y vives fastuosamente, con seis mujeres a las que llamas “las Aretinas”, en tanto que tú te haces llamar “El Divino” y de toda Europa acuden los entusiastas de tus sátiras y tus profecías.

Tanto el emperador como Francisco I te obsequian y hacen ofertas, incluso de ennoblecerte lo que tú rechazas con desdén. Entre tus “Aretinas” hay una llamada “Pernia Riccia”, de quien te enamoras perdidamente. Ella es víctima de una terrible enfermedad y tú la asistes hasta su muerte con increíble celo. Después, con asombro general, vives más de un año recluido y entregado a tu inmenso dolor. En 1535 publicas “Della Humanita di Cristo”, poema religioso, sin perjuicio de componer también, a partir de entonces, los “Raggionamenti” de franca obscenidad, que dedicas a Francisco y que has de concluir tres años más tarde.

Al Papa Paulo III solicitas el capelo cardenalicio por tu obra religiosa, pero éste te da narices. En 1550 muere Paulo III y sube al solio Julio III, a quien envías un soneto de felicitación que te vale mil coronas de oro y la orden de San Pedro. Insistes, entonces, en lo del capelo, pero te vuelven a decir que nones.

Mueres en Venecia en Octubre de 1556. Y qué más querías cuando, además, dicen que moriste de risa. No tienes de qué quejarte. 

11 de junio 2005

 

Porfirio de la Garza, Junior por los cuatro costados:
México, D. F.

No sé si donde ya estás y algún día te alcanzaré, sea costumbre, como aquí, preocuparse por leer a diario los periódicos ni, si así fuera, cómo lo hacen. Si esto es afirmativo, háganlo como lo hagan, te habrás enterado de la gran labor juniorística que en Matamoros, Coahuila, el junior Rodolfo Ayup Sifuentes ha hecho y no acaba, pues está muy bien conservado. ¡Qué íbamos a pensar, ni tú ni yo, aquel medio día veraniego que, sin casi conocernos y apenas identificándonos, habiéndonos encontrado en la esquina de Morelos y Cepeda, a pesar del sol, nos detuvimos para comentar que, no obstante el tiempo transcurrido, nada se había hecho, con la idea Junior de que Graham Vance nos había hablado en la Cámara de Comercio a muchos de los jóvenes de entonces, la mayor parte ex alumnos del profesor Enrique C. Treviño, entre los que nos encontrábamos tú y yo. Tal indiferencia fue la que nos decidió en aquel momento a realizarla. No sé si tú alcanzaste, antes de emprender el viaje que llaman último y que a mí me parece que no lo es, que a lo mejor hay otros, a sentir la satisfacción de aquella mutua decisión.

Yo nunca la había sentido tanto, como al escuchar la narración de lo que Ayup ha sido capaz de hacer como abanderado del juniorismo. El mundo sigue cambiando constantemente, pero creo que, aun en estos tiempos, si un joven retomara con entusiasmo la bandera juniorística y convenciera a otros para trabajar por su ciudad como tales, justificarían su esfuerzo. Así como Ayup ha trabajado para su ciudad nativa, Pepe Daher, ¿te acuerdas de él? llevó a Baja California la idea y entiendo que, una de sus ciudades recibió los beneficios. Aunque puede que donde estás, estés más enterado que yo, por las dudas, no quise dejar de comentarlo.

Saber resultados como éstos, que no hubieran sido sin nuestro mutuo encuentro aquel medio día, te harán sentir mejor. ¿No es así? ¡Hasta más ver!  

27 de marzo 2004

 

Publio Elio Adriano Baia:
Nápoles, Italia.

Naciste en Roma. Tus padres fueron Elio Adriano y Domicia Paulina, españoles por los cuatro costados que vinieron a mi memoria por el terrorismo actual que ha hecho víctima a su patria. Cuando tú les naciste vivían en Adria, Italia, de donde a ti te vino el nombre y luego se lo diste incluso al mar Adriático. Quién sabe qué hubiera sido de tu vida de haber ellos, tus padres, con la suya; pero, los perdiste y quedaste bajo la tutela de Trajano, que unos años después llegó a emperador.

Ya en esas circunstancias te inclinaste a las bellas artes. Porque el destino así lo quiso, o para asegurártelo, porque tampoco eras tonto, te casaste con Julia Sabina, sobrina de Trajano y, como hoy también sucede, de inmediato te llovieron diversos puestos importantes en la administración que desempeñaste con eficacia, hasta eso. Eran los tiempos en que se creía que el poder podía distribuirse entre dos o más y ejercerlo ambos al mismo tiempo. Pero, no. Afortunadamente Nerva, que era el otro, muere y Trajano queda como amo y señor. Tú fuiste entonces tribuno en Germania, lo que te lleva a los campos de batalla de Dacia y de Panonia. Luego gobernaste Siria y, al fin, ni te la creías, Trajano te adopta como su heredero. En ese año muere Trajano y menos te la crees, llegas a emperador a los cuarenta años y pico. No te vuelas: haces la paz con algunos vencidos por Trajano que te quedaban lejos, más allá del Éufrates y te dedicas a hacer una labor que te hace ganarte el amor de tus gobernados y el título de Padre de la Patria (para que se enteren nuestros diputados y gobernantes que, a nosotros, sólo nos despelucan).

Reformas, proteges a desvalidos, prohíbes los sacrificios humanos, recorres las provincias haciendo mejoras. Por el contrario, sí, te tocó perseguir a los cristianos, fuiste acusado de libertinaje y hasta de envenenar a tu mujer, pero eso, creo yo, más que tuyos fueron crímenes del tiempo, en cambio los crímenes de nuestros políticos son de pura codicia, única y exclusivamente codicia, avidez de lana sin más, sin ponerse a pensar lo que la patria y sus pobres necesitan lo que se roban ellos. Y bueno, sólo quería decirte que como gobernante me caes bien. 

20 de marzo 2004

 

Rafael del Río. Siempre presente:
Plaza de Armas Torreón.

La verdad, desde que nuestra Plaza de Armas perdió su quiosco, se quedó como sin alma. Si no fuera por la sombra de sus árboles, hubiera sido abandonada por sus asiduos actuales que, no sabiendo qué hacer con su tiempo van allí a desperdiciarlo. Porque tampoco se puede decir que allí les lleve lo que a la vista ofrece. 

Su torre central no se aprecia de golpe, precisamente porque lo impiden los árboles y cuando uno logra la distancia exacta para alcanzar a ver su parte alta y consultar su reloj, éste o no da la hora exacta o, de plano, está parado. Los que la visitan de diario son los que adquieren en el estanquillo respectivo sus diarios o revistas, o los que son clientes de sus bolerías. Ni siquiera se va a ella en busca de automóviles, pues ya no existen sus antiguos sitios. Y es que desde hace años es la misma Plaza de Armas, pero no bonita.

Si tú vinieras y fueras allí, con los ojos cerrados podrías decir lo que al abrirlos verías. Éste que es tiempo de cambios debería propiciar el embellecimiento de nuestra plaza, añadiéndole flores. Pero, claro, para ello hay que encargársela a un jardinero de verdad, no a simples regadores y asignarle un presupuesto adecuado para llenarla de flores que le dieran color y hasta aroma. Hay ciudades que cuando las visitas y vas del aeropuerto, de la estación o de la central de autobuses a ellas, desde que entras a sus primeras calles sale a recibirte el aroma de sus jardines. ¿Por qué aquí no puede ser? ¿Por unos cuantos pesos?

Ya sobrarán por allí algunos, hoy que todo se maneja con total transparencia. Valdría la pena. ¿Puedes imaginarla, por ejemplo, llena de rosas en estos meses? Y como tú dijiste: Rosa del mundo, flor, conciencia pura, del reino vegetal grito y alarde... pero, claro, si esto se hiciera habría que alumbrarla como una feria, lo cual resolvería de golpe el problema de las damas nocturnas que allí se refugian y que, como a los murciélagos, la luz hace salir de estampida. Recibe saludos de H. B. V.  

12 de abril 2003

 

Rafael del Rio. Siempre presente:
Peyrallo

Compadre: El segundo en llegar fue Peyrallo Carbajal. ¿Recuerdas? Nos reuníamos entonces en la librería que Miñarro puso en uno de los locales del edificio Hidalgo dejando como responsable al “Tumbaito” Faedo, como Antonio Flores Ramírez llamó, desde el principio, a José Antonio. Tú, por entonces, escribías en este diario tu columna “La Ciudad y los Días” y Don Félix, también en estas páginas, su “Por ahí dicen”. 

Desde el primer día, en plena inauguración, José Antonio puso a nuestras órdenes aquel local para que en él nos reuniéramos una noche a la semana, el día que escogiéramos prolongando la hora de cierre hasta que quisiéramos. Según íbamos llegando en el piso de ventas nos dedicábamos a revisar las novedades de la semana y cuando ya estábamos completos subíamos a una mezzanine, que vista desde abajo parecía la proa de un navío y que era donde Faedo tenía su escritorio. Allí, cómodamente sentados iniciábamos una plática sin rumbo que luego lo tomaba centrándose en Proust, del que tú opinabas que nunca sería tarde para comenzar a leer, en tanto que Flores Ramírez, partidario a hacha y martillo, no sólo a machamartillo, de Aldous Huxley argüía que éste era anterior a aquellos. 

En eso estábamos una de aquellas noches cuando el autor de “Microscopio” que se publicaba en este mismo diario, nos llegó con un desconocido, joven, bien parecido, muy comunicativo y culto, cosa ésta, que esa misma noche descubriríamos. Nos dijo que una de sus cuñadas que vivía en Parral lo había dirigido a él con el ruego de que lo presentara a los del Liceo de la Laguna, cosa que hacía en ese momento, retirándose sin más, con quién sabe qué prisa que dio como razón.

El presentado era, ni más ni menos, Peyrallo Carbajal. Había nacido en Uruguay, según nos contó de un tirón aquella noche. A su madre la perdió pronto y a su padre cuando andaba por los doce años y terminando la primaria. De lo que su padre le heredara su tío quedó como albacea. En Uruguay terminó su secundaria y al terminarla le pidió a su tío le permitiera seguir en París sus estudios, a lo que éste accedió. Y a estudiar filosofía y letras y matemáticas se dedicó Peyrallo Carbajal por años, hasta el día que su tutor le envió un cheque diciéndole que era el último de su herencia y que de allí en adelante tenía que vivir de lo que había aprendido. 

Y de dar conferencias y pláticas comenzó a vivir Peyrallo, actividad que le llevó a Norteamérica y le trajo por el norte a México, le llevó a Parral y lo trajo a Torreón. El Chato Gómez y Federico le consiguieron una primera conferencia que se dio en el estudio de la T. B. El tema fue Rubén Darío y con su “sed de ilusiones infinitas”, llenó Peyrallo el salón. Peyrallo como conferencista era algo muy singular. Nunca antes se había visto tanta erudición, ni tanta cultura expuesta de manera tan informal.

Bueno, es fama que Ramón Gómez de la Serna dictó desde el trapecio de un circo una conferencia, pero Peyrallo, para empezar, era un peripatético que no se sabía estar quieto un minuto. En el escritorio que le habían puesto, se sentó arriba de él y luego fue y vino por todo el escenario mientras hablaba, pero lo que decía lo decía tan bien y tan seriamente, que nadie ni nada le robaba la atención a sus palabras. La conferencia y él fueron un éxito y en Torreón se quedó tres meses dando otras, haciendo amigos y asombrándonos cada día con sus cosas. 

En la cantina de Arias, por ejemplo, pedía una “cuba” que pagaba incluyendo el vaso con el que salía y comenzaba a caminar por nuestras calles, sin rumbo. Cuando notaba que su vaso se había quedado vacío, entraba en la primera cantina que veía, pedía otra “cuba”, la pagaba y por el vaso entregaba el suyo y así hasta el medio día. La tarde, después de su siesta le era más fácil, pues alguno de nosotros ya podía acompañarle al café o cualquier otro sitio. ¿Te acuerdas? 

Pero, bueno, Rafael, alguna otra vez recurriré a ti para recordar aquellos tiempos. 

17 de mayo 2003

 

Señor Licenciado Ramón Beteta:
México, D. F.

Sé que no te va a gustar lo que te voy a decir, a ti que, como dice Felipe Morales, “jamás perdonó al Longinos que le resultó Snyder el lanzazo que asestó al organismo financiero del país, cuando ya expiraba el alma de nuestro peso, que a poco vuela a la eternidad..”..

¿Cómo ibas a perdonar, tú que defendiste nuestro peso, no como un perro, que tampoco es la forma, sino como responsable de nuestra Hacienda Pública y de quien eso se esperaba que fueras, nada más, pero, también nada menos? Y lo fuiste. ¡Ay! si vieras el escándalo que jóvenes y no tan jóvenes políticos, han armado con el peso, que qué daría por parecerse al tuyo, te volverías a morir si resucitaras. Será porque esto que hoy nos pasa, nos pasa en plena Cuaresma, pero a todos, acusadores y acusados, les viene dando por lavarse las manos. El temor general es que con eso les baste para librarse del castigo que, en cualquier otro lugar que no fuera México, les sería aplicado. Porque ya basta; ahora, no sólo debería castigarse a todos los involucrados, sino hasta excederse en el castigo ¡para que aprendan!

El peso contigo en México fue “contante y sonante” y estos tíos que lo vienen defraudando lo siguen contando para meterlo en sus portafolios hasta casi no poder cerrarlos, pero su intención es que sólo suene para ellos, no para México. Y es todo lo que te digo. Vuelve con tu elegancia física y moral, a descansar en tu tumba. 

13 marzo 2004

 

Rebeca Rolfe:
Gravesend, USA.

Como Pocahontas y princesa india, la verdad, te conocí en el cine, como te conoce tanta gente. Pero, fuiste una de las hijas de Powhatan, jefe de la confederación Potomac de Virginia. En la “Verdadera Narración de Virginia”, Smith, su autor, se refiere a ti diciendo que cuando los ingleses llegaron (1606) eras una niña de diez años, cuyas facciones y proporciones excedían con mucho en belleza a la del resto de tu gente: “era la única incomparable de todo el país”. En 1613 el capitán Samuel Argail, del “Treasurer” bajó por el río Rapphanniock y se apoderó de ti guardándote como rehén para que le respondieran de algunos prisioneros ingleses que los indios retenían en su poder. Bien tratada, fuiste llevada a Jamestown. “A la hija de Powhatan la he hecho educar en la religión cristiana -escribió el gobernador- y ella después de hacer buenos progresos renunció públicamente a la idolatría de su país, tomando el nombre de Rebeca”.

Un colono inglés, John Rolfe, cuya primera mujer había muerto, se enamoró de ti. Admitió el peligro de “estar enamorado de una mujer cuya educación había sido tosca, de maneras bárbaras, perteneciente a una generación execrada y acostumbrada a una nutrición distinta de la mía”. Pero tu belleza triunfó y se casó contigo. No dejó de ser tenido en cuenta el valor de tu unión en lo tocante a las relaciones anglo indias: se sugirió que Rolfe se casara contigo para bien de la plantación.

En 1616 fuiste a Londres con tu marido, fuiste recibida “con pompa, lujo y fiestas”, fuiste presentada al rey y la reina, asististe a una mascarada -una de las de Ben Johnson- y no sólo te acostumbraste a la cortesanía, sino que te condujiste como la hija de un rey. En Londres viste a tu viejo amigo el capitán Smith. A principios de 1617 te preparabas, al parecer contra tu voluntad, para regresar a Virginia. En Gravesend caíste enferma hasta morir.

Tu vida está llena de las tristezas propias de las expatriadas, la tragedia fundamental de la persona desplazada. En el registro de entierros de Gravesend se describe como “Una dama de Virginia”. Gracias al cine, como cinéfilo, cada vez que te veo en la pantalla te encuentro más hermosa. Pronto, esto siempre es pronto, te veré donde ahora “vives”. Entre tanto, consérvate, como hasta ahora, bien. 

1 de octubre 2005

 

Rey de Prusia:
Alemania.

Fuiste el más famoso y el más jactancioso de los reyes de aquellos años que fueron de 1712 a 1786. Por supuesto que ordenaste que se te llamara “El Grande”, primero porque era la moda y segundo porque de otra manera no te hubiera gustado. Tenías la costumbre de decir lo que, después, te copiaría Morelos: “Yo soy el primer servidor de mi pueblo”, pero, pueblo o no pueblo, siempre te negaste a recibir órdenes de nadie.

Tu padre te las llevaba cortas, por eso intentaste escapar de él poniéndote de acuerdo con un amigo de tu edad, pero lo supo más que a tiempo capturando a ambos y obligándote a presenciar la decapitación de tu cuate. Y no te hizo a ti lo mismo por aquello de la misma sangre y esas cosas monárquicas. En 1740 te pagó aquel susto con su corona y lo primero que hiciste con ella fue dar un susto a Austria atacándola y reclamar Silesia. Eso lo hiciste porque ya andabas cerca de los treinta y se te quemaban las habas porque se hablara de ti. No tenías más motivos.

Fuiste buen estratega y enseñabas bien a tus tropas, pero los generales rivales aprendían pronto y en tu última guerra ninguna de las dos partes perdió una sola vida de sus Ejércitos. Napoleón decía que tus victorias sólo podían satisfacer a pequeños ambiciosos. Gobernaste Prusia siguiendo los principios más avanzados. Aboliste las torturas y mejoraste el estado de las carreteras y los puertos. Empobreciste a tu pueblo con motivo de las guerras. Es cierto que privaste a la nobleza de sus últimos vestigios de poder político, pero no aliviaste la situación de tus siervos.

Como les ocurre a muchos hombres que tienen el poder en sus manos (y por eso hoy te recuerdo) fuiste malvado, igual que hoy vienen siendo varios de los nuestros. Claro que tú no sólo lo aceptabas, lo confesabas, en tanto que los nuestros insisten en que son purísimas palomas. Sigue descansado, Federico, las cosas no tuvieron ni tienen remedio.  

1 de Mayo 2004

 

Robin Hood:
El Bosque Verde, Gran Bretaña.

No sé si exististe o no. Creo que a ti te encontré por primera vez en las páginas de “El Tesoro de la Juventud” y si no fue en ellas sería en la pantalla del Cine Princesa, de la cual, en los años veinte, estaban apoderados el vaquero Tom Mix y su caballo Tony, que no tuvieron más remedio que hacerte un campito. El problema contigo es que lo que nos cuentan de ti, según quien lo hiciera, el cine o los folletines semanales de veinticinco centavos, todo resultaba diverso y no faltó quién dijera, por ejemplo, que descendías de hacendados y que te pasabas la vida capulinamente cazando venados del Rey; que preferías la virtud al vicio y eras amigo de los virtuosos y los oprimidos, que lo mismo que ahora, entonces y aún antes, estos últimos siempre han sido más de los necesarios.

Hay cosas que no pueden hacerse a solas y lo que tú hacías era una de ellas. Afortunadamente tenías amigos que te seguían a todas partes y de algo te servían: “El Pequeño Juan”, que ni tanto, era uno de ellos, Scathiok y Much, hijo del molinero, otros que no te dejaban ni a sol ni a sombra. Un día “El Pequeño Juan” te pregunta: “¿Dónde robaremos, dónde laborearemos, dónde vamos a cazar y a amarrar?”. Y tú le contestaste que con que no se le fuera a ocurrir perjudicar al labrador “que labre con arado”, ni a granjero que atraviese aquel bosque, ni al caballero ni al escudero que “se muestren buenos”, estaba bien; pero que, por otra parte, no se detuviera contra el alguacil codicioso, contra los servidores del Rey, aunque no contra el Rey, contra los obispos avaros, o los abades o los monjes, aunque no contra la Virgen.

Eras pues, del tipo de “criminal honrado”, de aquellos tiempos, algo como sería después Raffles, el ladrón caballero, o como quiso ser nuestro “Chucho el Roto”, a quien a falta de arco y esas cosas, le dio por la actuación disfrazándose de todos los que pudo para entrar a las casas y dejarlas sin algunas cosas valiosas, que después vendería en beneficio de los pobres. Sin embargo, hay que apuntar que entonces, es decir en tus tiempos y en los de Chucho, los pobres eran pobres y no se hacían pasar por tales, como en los nuestros.

Hayas vivido o no hayas vivido y seas sólo una leyenda, las baladas que te describen rozan la magia, como cuando tú y tus compañeros están en peligro y para librarse, te basta soplar en un cuerno de caza. Tal como ha cambiado el mundo hoy serías inverosímil, fantástico y sorprendente, pero caerías muy bien lanzando flechazos a ese otro tipo de venados que entre nosotros hacen sus cosas, que se llevan lo que se llevan y ni quién diga: “por ahí te pudras” y menos les castigue y de respetar no respetan ni a los que todavía “labran con arado”, que ya es decir.

En fin, que aunque nunca segundas partes fueron buenas, valdría la pena que volvieras a nacer, pero chicano... y a ver qué pasaba. Dispensa la desmañanada y piensa lo que te digo.   

26 de Junio 2004

 

Roldán, héroe de Roncesvalles, paladín legendario del ejército de Carlomagno:
Roncesvalles.

Aunque ambos sabemos que eres un grano de verdad en una antigua crónica, te pongo estos breves renglones porque no puedo resistir la inclinación ante el que fue y sigue siendo el primer ejemplo de la caballería. Los autores de mitos, los juglares épicos y los trovadores de la Edad Media de romances amorosos cogieron ese grano que eras tú y lo transformaron en una cosecha entera de brillantes anécdotas.

Moriste en el 778 en una lucha que se desarrolló a retaguardia de Roncesvalles. Es muy probable que esa lucha tuviese lugar en efecto, pues Carlomagno invadió España en el año 778 con el fin de librar al país de la presencia de los sarracenos. Mientras se hallaba ante Zaragoza sin poder avanzar, una revuelta sajona de que tuvo noticias le obligó a regresar al Rin. En su retirada a través de los Pirineos, la retaguardia de su Ejército fue interceptada y separada del grueso de su fuerza por las guerrillas vascas que consiguieron destruirla. Entre los muertos anota el cronista a “Hroudland, prefecto de las marcas bretonas”. Esto es cuanto sabemos; sin embargo, en los siglos XII y XVI, tu historia fue ganando en esplendor: la pequeña acción militar se convirtió en una derrota nacional; los escasos vascos, en un enorme Ejército sarraceno. Los doce pares; tu amistad con Oliveros; la traición de Ganelón; Váillantif, tu caballo, tu cuerno, tu espada, todo esto es obra de los romanceros.

La amplitud de la historia es un buen ejemplo de la tradición de las baladas; el pasar una historia oralmente de generación en generación hasta que, por fin, se escribe. La Canción de Roldán es tu más famosa historia, mediante la cual nos conocimos y la que un día me llevara a Roncesvalles y acompañado de Elvira subirlo para, igual que hoy, dejarte mi saludo. No está muy lejos el día que te salude en tus propios terrenos. 

19 de noviembre 2005

 

Ronald Amundsen, descubridor del polo sur:
Noruega.

Al Polo Sur llegaste en 1911 (pronto harán cien años), un mes antes que lo hiciera tu rival, el infortunado Robert Falcon Scott. Fue entonces que escribiste: “Para el explorador la aventura es, simplemente, una interrupción importuna de su trabajo serio… Una aventura es, meramente, algo que se ha planeado mal y que una prueba práctica pone al descubierto”. Mientras hacías los preparativos para tu expedición al Polo Norte te enteraste de que Peary había llegado a él en 1909 y al punto desechaste tu idea primitiva, decidiéndote por el Polo Sur, a pesar de que la expedición de Scott se hallaba ya en camino. Tu éxito se debió en parte al uso de esquís y perros esquimales, mientras que el fracaso de Scott obedeció parcialmente al experimento que hizo con jacas de Shetland, que murieron y le hicieron perder tiempo, tanto que el retraso contribuyó a la muerte de Scott en un ventisquero cuando se hallaba a trece millas del punto que para ti significaba la salvación.

También te cupo la distinción de ser el primero en navegar por el paso del noroeste, buscado durante tanto tiempo; esto no era más que un “tour de force”, pero sacaste de la hazaña un buen provecho científico. También navegaste a través del paso nordeste. Llegaste rápidamente a la conclusión de que el desarrollo de la aviación eliminaría los antiguos sistemas de exploración ártica, tanto es así que con el americano Ellsworth Vines fuiste el primero en volar sobre el Polo Norte en 1926 en un dirigible italiano.

Moriste dos años más tarde, a los cincuenta y seis años de edad, al volar en socorro de otro dirigible italiano que se estrelló en el Ártico. De todas maneras, nunca me he explicado tú búsqueda del frío sólo para, al final, como lo hacen todos, acabar con las manos en las bolsas del pantalón. Digo, por qué ¿si así andamos hoy todos con 19 grados, cómo andarían ustedes a menos de cero? Nos volveremos a ver, claro que nos volveremos a ver, pero no será en ninguno de los Polos. 

26 de noviembre 2005

 

Saddam Hussein:

Señor Saddam Hussein.  Iraq, Oriente Medio.  Ni se haga, ni se haga: Usted encantado con todo ese vocerío  universal del último domingo que decía no a la guerra. Pero, no se equivoque, todos los que decían no a la guerra, no era por usted sino por el horror de ella, por sus mujeres, por sus niños, para que no la padecieran otra vez, ellos que tanto han padecido por haber nacido allí. 

Thierry Disjardins cuenta que “cuando Kassem derrocó, en 1958 a la monarquía hachemita, que reinaba en Bagdad, se produjo un espectáculo tremendo e insoportable: el pequeño rey Faisal, Nuri Said, el primer ministro, el hijo de Nuri Said, sus guardianes y sus amigos fueron asesinados. Los cuerpos de los vencidos fueron despedazados, descuartizados por vehículos en pleno centro de Bagdad ante una muchedumbre desenfrenada e histérica. Durante horas y horas todos los habitantes de la ciudad, por puro placer, desfilaron en coche o a pie ante los cuerpos o lo que quedaba de ellos”. “Un solo detalle lo dice todo –sigue diciendo Disjardins- Kassem ofreció la cabeza de Nuri Said al general De Gaulle “como homenaje”, ¡porque la revolución iraquí tuvo lugar un 14 de Julio! El embajador de Francia tuvo que hacer grandes esfuerzos para hacerle comprender que De Gaulle no podía aceptar tal regalo. Entonces, Kassem le ofreció la cabeza de Nasser, que naturalmente también rechazó”. 

Tales escenas de terror se irán sucediendo a través de toda la historia iraquí. También a Kassem le llegaría su turno (…)”. Usted dirá que todo aquello ocurrió hace medio siglo. Pero, lamentablemente, cincuenta años que parecen tantos, no son suficientes para cambiar a un pueblo y la prueba está en los rascacielos caídos en Nueva York el 11 de septiembre.

Claro que Bush no es una palomita, pero, no quiero ni imaginar lo que usted sería capaz de hacerle si cayera en sus manos. Así que no se equivoque: todo mundo está contra la guerra, pero, no creo que usted, en lo personal, tenga muchos partidarios. 

Si hubiera aprovechado estos últimos años para atender a su pueblo, darle de comer y darle educación, en lugar de acumular poder, otro gallo le cantara ahora. Lamentablemente, no se puede hacer retroceder al tiempo.   

22 de febrero 2003

 

San Luis Gonzaga:
Roma, Italia

Naciste en 1568 en marzo, así que ambos somos piscianos. Te conozco desde niño, pues Mamá Lola, mi abuela paterna me acercó a ti desde mi más tierna infancia y te me propuso como modelo, Tú eres el que estás en el altar del Perpetuos Socorro y punto. Pero, ¿qué quieres?, un día te me olvidaste y, desde entonces, hasta ahora no te había vuelto a recordar. La vida es así. Hijo primogénito del marqués Ferrante de Castiglione, él te quería inclinar al ejercicio de las armas, pero tú ya traías un destino, igual que yo que siempre quise ser agricultor y ya ves; menos mal que tú fuiste lo que quisiste y bueno, en tanto que yo soy lo que soy y malo.

Tan decidido estabas a ser lo que fuiste que a la edad de diez años en Florencia hiciste voto de castidad perpetua, ¡hazme favor! Aunque también hay que recordar cómo andaban las chamaquitas en aquellos tiempos, las de nuestro tiempo les quedan cortas. Tendrías doce años cuando a tu padre lo hacen gobernador de Casale Monteferrato y te lleva consigo. Allá haces tu primera comunión con San Carlos Borromeo. Como paje del príncipe don Diego, ahijado del monarca, irás a la corte de Felipe II y allá te dedicas a estudiar lógica, cosmografía y teología. En el 83 solicitas la entrada en la Compañía de Jesús. Tu padre, terco, no te quiere autorizar, pero lo venciste por cansancio y en el 85 te dijo que bueno, ni modo. Cediste, entonces, el marquesado a tu hermano Rodolfo y entras como novicio en el seminario de Sant’Andrea del Quirinal en Roma.

Poco después en Roma se declara una terrible peste. Asistes incansable a los apestados, tanto que despiertas la admiración de todos los que ven cómo los cuidas. Entre tanto trabajar, apenas comer y no dormir, acabas por enfermar y morir. Tenías veintitrés años cuando eso ocurrió. En olor de santidad, ni quien lo dude. No era fácil seguir el modelo que mamá Lola me proponía y por eso te olvidé hasta ahora que te me viniste casi sin motivo a la mente. En recuerdo de aquella amistad, cuando divises que me llevan al otro lado, échame una mano. ¡Hasta entonces!

9 octubre 2004

 

Sr. Lic. Simón Álvarez Franco:
Gómez Palacio, Dgo.

Como alguna vez hemos coincidido, mientras aligerábamos de su contenido la botella de tinto que al caer de una de estas tardes calurosas tan propias de nuestra ciudad, Juan nos sirviera en una de sus hospitalarias mesas, México ha estado pasando muy malos tiempos. Hace algo más de tres años que un hombre recorría el país llevando un mensaje de esperanza que todos creímos, incluso él mismo, pues convencido decía que él era el hombre que podía salvar a México de quienes lo venían explotando desde hacía setenta años. ¿Y quién no creyó entonces que, por fin, México había producido al hombre capaz de salvarnos?

Porque, al fin y al cabo, mi querido Simón, desde el principio del mundo y de sus Gobiernos los países llegan a ser lo que son gracias a un hombre a quien su destino llega a convertir en líder de sus paisanos que, confiando en él le entregan su voluntad. Claro que el que quiere salvar y aún hacer a un país lo primero que tiene que lograr es aprender a gobernarse a sí mismo, ahuyentando toda esa serie de esperanzas vanas que sólo le quitan el tiempo y luego concretar lo que quiere dejar como huella de su paso y ponerse a hacerlo, pero ya, porque el tiempo se está yendo constantemente. Hechos, no palabras, es la primer sentencia que a todos nos enseñan nuestros padres, nuestros profesores y hay quien no lo aprende nunca, pero un gobernante no debe olvidarlo jamás. Es lo único que puede confirmar su valor como tal.

A esta altura de su ejercicio nuestro señor Presidente ya debe comenzar a hablar de hechos. Ojalá mi estimado Simón lo que diga al país en su próximo informe nos satisfaga a todos. Como siempre, un abrazo cordial sumado a nuestros mejores deseos de salud y felicidad para ti y tu estimada familia. P. D. – Las grabaciones colosales. Las seguimos disfrutando. 

28 agosto 2004

 

Simonetta Vespucci:

La alharaca que se viene haciendo casi a diario por la belleza de Fulana, Zutana y Mengana, que no es que no califiquen en cuanto a la materia, pero que tampoco es para tanto, me hicieron recordarte, pues tú sí que fuiste hermosa, en tiempos en que se tenía que nacer así para serlo, pues no había ni gimnasios, ni maquillajes ni otras cosas por el estilo para ayudar a nadie y no por nada fuiste inmortalizada en los años del Renacimiento. 

Naciste genovesa, pero a los dieciséis ya estabas en Florencia, que era donde mejor podías estar y a esa edad ya eras la esposa de Marco Vespucci. Allí atrajiste a Julián de Médicis, hermano de Lorenzo el Magnífico, a quien nosotros tenemos sentado en la Fuente de la Alameda, con frío o calor desde el año 27 ó 28 del siglo pasado, sin que diga nada. En tus tiempos era el señor de Florencia y de ti llegó a decir que  “tenías una dulzura y una belleza sin paralelo; que tus maneras eran tan amables y encantadoras que todos los jóvenes se sentían, en cierto modo como amados por ti. Las mujeres jóvenes contenían sus celos y elogiaban tu belleza y tu amabilidad”. 

En 1475 figuraste en un torneo auspiciado por Julián. Poliziano describió tu belleza. Y eso fue todo. Un año después de aquel torneo moriste de tuberculosis; moriste en abril y te llevaron a la tumba en un féretro abierto para que todo mundo pudiese ver por última vez tu belleza. Para los florentinos representaste un símbolo de la belleza y del carácter perecedero de ésta y si es cierto que Botticelli no te convirtió después de tu muerte en la figura central de sus grandes mitologías, fuiste pintada -como Cleopatra con el áspid- en el famoso cuadro de Piero de Cosimo 

Si de los héroes se dice que deben morir jóvenes, para las bellezas como tú eso es aún más importante, pues nadie debe atestiguar el deterioro de una bella. Fuiste muy afortunada, por tu hermosura y tu corta vida. Da por ello las gracias a tus dioses y comprende la gloria efímera de  las bellas de estos días. Gracias por la compañía, vuelve a tu cuadro.    

29 de noviembre 2003

 

Sócrates:

(Aclaración: En la carta anterior dos apellidos se me tergiversaron: Antonio, pues, no era Velázquez sino Vázquez y los verdaderos Velázquez, fueron Ricardo y Abelardo. Culpa es del tiempo). 

SÓCRATES.  Admirable filósofo. Naciste oportunamente. Cuando los hombres tenían tiempo de escuchar a hombres como tú. Otros han desaprovechado el mundo, por anticiparse demasiado, o por atrasarse excesivamente y no se sabe qué fue peor, tanto para ellos como para el mundo. No dejaste nada escrito. Gracias a Dios que Platón salvó tu filosofía por medio de sus libros que sobre ti escribió. Trataste de ser escultor. Dejaste la escultura cuando reflexionaste que era tonto perder el tiempo dando a una piedra forma humana, siendo que los hombres hacen lo posible por asemejarse a las piedras. 

Te casaste. Xantipa, tu mujer, tenía un carácter de todos los diablos, pero tenías tus motivos, porque conviviendo con ella aprendías a tratar todos los días, con personas de mal carácter. Gustabas del trato con la juventud, según nos contaba aquella señorita Hortensia, cuando se olvidaba de la materia de esa tarde y nos salía con Jesús, contigo u otros por el estilo. Les preguntabas, según nos contaba ella: “dónde se encontraba todo lo necesario para vivir bien” y ellos te decían que en el mercado. Entonces les volvías a preguntar que dónde se aprende a ejercitarse en las virtudes y ellos te contestaban que no lo sabían, momento que aprovechabas para informarles que tú sí; que se aprendía en tu escuela, porque la bondad y la virtud era lo único que allí enseñabas. 

Tus dos discípulos más famosos después fueron Jenofonte y Platón. Pero, como dije, lo que te salvó fue la oportunidad de tu nacimiento. Si no hubieras nacido y nacieras ahora, ¿tú crees, por ejemplo, que Bush te hubiera escuchado? Al contrario. Te habría recordado lo que tú mismo habías dicho: que de lo único que estabas totalmente seguro era de no saber nada. Y hubiera pasado por encima de ti, como pasó por encima de la ONU. ¿O no? Bueno, ya sabes pues, que tú y yo tenemos una mutua amiga. Búscala. Debe andar por donde tú andas, o flotas, ¿o qué?   

26 de abril 2003

 

Solón:
Salamina, Grecia.

Como a tantos, la prodigalidad de tu padre te dejó en la chilla, así que tus primeros años te viste obligado a vivir del comercio, que tampoco es mala cosa, pregúntaselo a Carlos Slim, pero que, entonces era visto con las narices enriscadas por los ricos de herencia. De todas maneras y como era lo que te costaba menos, cultivaste las musas haciéndote notar por tus poesías amatorias primero, como es de orden y patrióticas después. Y así, gastando lo menos posible en aquellos años y ahorrando lo más posible y hasta lo imposible a veces, reuniste tanto como lo que pudiera haberte dejado tu padre y aún más.

A propósito, esto del ahorro por más que se les dice a los mexicanos no lo quieren creer y siguen echando firmas por todos lados. Ya con lana, se te confirió la misión de recuperar Salamis, conquistada por Megara y lo conseguiste. Por esa época los atenienses sufren el rigor de las leyes de Dracón y todas las clases te piden que hagas algo al respecto, recibiendo poderes ilimitados para que no quede por ello. Por ejemplo: cancelaste las deudas públicas y privadas, reformaste la moneda y tomaste una serie de medidas para librar a las clases bajas de la tiranía de los que se habían quedado con todo el dinero, a quienes de allí en adelante impediste que hicieran lo mismo con la tierra.

En el terreno constitucional echaste las bases de la democracia y dividiste la nación en cuatro partes, según los medios de vida. Claro que no diste gusto a todos. Aquellos que tus leyes perjudicaron eran ahora los que gritaban y eran oídos porque su dinero les servía como caja de resonancia. Lograron hacerte huir. Viajaste. Volviste diez años después sólo para atestiguar que tus leyes se habían olvidado y que el pueblo, igual que cuando te llamó seguía protestando por todo.

Como eras sabio, uno de los famosos siete y tenías con qué, te fuiste a Chipre a morir en paz poco después, a los ochenta y dos años de edad. Te escribo estos renglones porque estoy buscando a alguien que pudiera intervenir con su sabiduría en los sueños de nuestro Presidente e inspirarle o aconsejarle algo que le ayude a salir del cúmulo de problemas que hacen difícil su vida, lo mismo que la nuestra. Ojalá seas tú, que alguna vez dijiste: “No hagas o presumas de príncipe si no has aprendido a serlo”. En fin, ahí te lo recomiendo.

15 de mayo 2004

 

Soren Kierkegaard (1813– 1855):

Estudiante danés de Dios y el hombre y de la crisis de la Edad Moderna, cuyo pensamiento afecta actualmente a la literatura, a la filosofía y a la teología de muchos países del mundo. Educado en un ambiente severo por su anciano padre, un comerciante de Copenhague que había prosperado por sus propios medios y daba demasiada importancia a sus pecados, el joven Kierkegaard pasó por varias etapas de experiencia familiar: rebeldía, libertinaje, reconciliación –con su padre– y conversión.

Siendo aún estudiante de teología de primer curso, Kierkegaard se enamoró de una joven belleza de Copenhague, Regina Olsen y ella de él. Pero después se consideró obligado por su conciencia religiosa, a romper el compromiso y a dejar en libertad a la muchacha; y así lo hizo, si bien buscándose con ello un sufrimiento aún más profundo. Esto, decía él, lo convertía en un “poeta”, en alguien que no tenía aún plena existencia, pero se encaminaba hacia lo divino. Kierkegaard tenía ahora ante él un breve período de catorce años de reflexión, experiencia, sentido de su misión y maestría literaria. “Un hombre ha de dejar lo poético por la existencia de lo ético”. Él se sentía “apenas poeta” y no creía ser lo que era verdaderamente, “un fuerte carácter ético religioso”.

Como hombres existimos: ¿qué es lo que puede darnos la solución de aquellas situaciones enigmáticas que son comunes a todos nosotros? La razón, no; y no debemos negarnos a participar en la angustia de la vida -hacerlo equivale a pasar de la individualidad a la multitud-, cosa que es una falsedad; hemos de ser individuos y disolver nuestra tensión y nuestra angustia de la única forma posible; valiéndonos de la fe en Dios.

Kierkegaard se daba sutilmente cuenta de la elección entre individuo y multitud; multitud o masa que “vuelve al individuo enteramente impenitente e irresponsable”. “La masa es falsedad. Por esto fue crucificado Cristo, porque, aunque se dirigía a todos, no quería tener tratos con la masa, no quería que la masa le prestase ayuda alguna, porque en este aspecto rechazaba a la gente de manera absoluta, no quería fundar un partido ni permitir que se hicieran elecciones, sino que quería ser lo que es, la Verdad, que es lo que guarda la relación con el individuo”.

“Amar a la masa es negar el amor al prójimo. Querer a la masa es hacer de ella el árbitro en materia de gustos, es la forma de conseguir el poder material, la manera de lograr ventajas personales y terrenas de todas clases”. Le preocupaba que pudiera parecer que pudiera llamarse a sí mismo cristiano; quería -humildemente- saber lo que es Cristianismo y procurar volver a introducirlo en la Cristiandad; debía dividir la masa en los individuos que la formaban, pues con la categoría de los distintos individuos, “cada uno solo en todo el mundo, solo ante Dios, decía Kierkegaard -la causa de la Cristiandad seguirá firme o se derrumbará”-.

Dijo que el único epitafio que podía desear que grabasen sobre su lápida sería: “Aquel Individuo”. A pesar de toda la sutileza, vigor y sabiduría de sus escritos y de la táctica y estrategia de sus libros, la tomaron con Kierkegaard por ser el genio de un pequeño pueblo de provincia. Se cebaron en él los ataques de la prensa que es el arma que los pícaros de la masa manejan en nombre de ella. Le ridiculizaban porque tenía las piernas flacas y llevaba unos pantalones que no alcanzaban a taparle del todo los calcetines y se burlaban de él llamándole papanatas, a pesar de haber demostrado ser el escritor más grande y estimulante que ha tenido Dinamarca.

4 de febrero 2006

 

Señora Teresa Cabarrus:
París, Francia.
 

Muchas señoras de estos tiempos y no pocos señores, se escandalizan del comportamiento de las hijas e hijos de los demás, aduciendo lo de siempre, lo que se viene diciendo desde hace siglos y que a lo mejor se dijo en los tiempos (1775-1835) que a usted le tocó vivir, por eso me permito interrumpir su descanso recordándola. Usted fue una de las bellezas de su tiempo y, al mismo tiempo una de las mujeres que más dio qué hablar, entre otras cosas porque hacía lo que quería. Napoleón confesaba deberle a usted sus primeros pantalones oficiales, porque parece que en aquellos tiempos los oficiales del ejército no recibían a tiempo sus pagas, pero como un decreto del Comité de Salud Pública les obligaba a usar determinados pantalones y Napoleón, que por entonces no imaginaba lo que llegaría a ser, no tenía para comprarlos, usted que entonces era la señora Taillien, se los compró y regaló. 

Usted había nacido en Carabanchel Alto, un pueblecito a poca distancia de Madrid. Su madre era también española, pero su padre era francés y residía en España, donde tenía negocios. Muy bonita desde niña y muy pronto mujer, su madre la mandó a París a los doce años. A los catorce decidió casarse con el señor Fontaney y a los quince ya era madre. Uno de sus biógrafos dice que “a tan escasa edad empezó su carrera social en París con un éxito fulminante, debido a su original belleza y a la forma generosa en que la supo usar. 

Fontaney reunió un día a sus amigos con el objeto de que admiraran el retrato de usted que le había hecho la pintora Vigée Lebrun. Entre los invitados había un escritor, que se hizo llevar allí unas pruebas de imprenta. El muchacho que las llevaba quedó embobado ante la belleza del retrato. La pintora, que lo observaba le preguntó que si le gustaba y cuando él le contestó que sí, que mucho, ella le dijo: “Pues ahí tienes el original”. Usted, sencillamente, le preguntó cómo se llamaba. Taillien, le dijo él. Uno de los nombres que más sonarían poco después con la revolución. Poco después usted se divorcia. Tenía 19 años y dos hijos.

En plena revolución vuelve a España. A ella llega acompañada de dos galanes que riñen en duelo por culpa de usted. El vencedor pretende llevársela a usted, pero usted prefiere quedarse con el vencido y cuidarlo. Vuelve a Francia, se instala en Burdeos y vive bien, gracias al dinero que le dejara su primer marido al divorciarse. Taillien es entonces representante de la Convención de Burdeos. Usted tenía una lista de emigrados a los que había salvado la vida. Un grupo de revolucionarios, le reclama la lista. Usted antes de dejársela arrebatar, la hace pedacitos rápidamente y se los traga. Taillien la detiene y la manda a la cárcel. Pero obsesionado por la belleza de usted, la visita en la cárcel y le da una buena noticia: “Ciudadana; he venido a ponerte en libertad”. Y al poco tiempo es usted, en Burdeos, la señora de Taillien y éste el padre de su tercer hijo. 

Por aquella época un banquero llamado Ouvrart le regaló un palacio con llaves de oro para todas las puertas, también le nacieron cuatro hijos naturales. Ya divorciada de Taillien, un día le presentaron al conde José de Caramán, que se prendó de usted. El padre del conde dijo que no a la boda, pero, entonces, igual que ahora, ustedes acabaron casándose. Usted tenía entonces treinta años y siete hijos. Y lo más curioso es que usted y Caraman fueron felices... 

Usted comienza a engordar y en sus últimos años dice de usted misma: “He sido una mujer sencilla y bondadosa con un corazón de asilo”. Toda la belleza de su rostro y de su cuerpo se la refugió, a última hora, en el corazón. ¿Cuál es la diferencia entre aquellos tiempos y éstos? Si acaso la de que los hombres ahora, no son tan espléndidos. De tal manera que para usted nada hay ahora. Vuelva, pues, a su retiro de matrona difunta.   

15 de noviembre  2003

 

Thomas Carlyle:
Chelsea, Londres, Gran Bretaña
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El destino es el destino. A ti no te quedaba más que una u otra cosa: o ser lo que fuiste, o ser uno más de los que hicieron famosa la porcelana de tu tierra. O, al menos eso era lo que nos contabas cuando te dejábamos hacerlo. Fuiste, pues, casi sin darte cuenta, uno de los predicadores ingleses más grandes de tu tierra. Naciste en 1795, para morir en 1881. Hiciste pocas cosas, pero todas ellas grandes. Valga como ejemplo tu Evangelio del Silencio, en el que ocupaste cuarenta volúmenes.

Nos contaste que, en su momento, te habías ido a pie desde el oeste de Escocia hasta Edimburgo para estudiar en la Universidad de aquella ciudad donde, para el efecto, viviste cinco años. Luego viviste en Londres, más que nada para que no te contaran y entraste en la sociedad cuando ya estabas intelectualmente formado, e incluso tenías conocimientos del alemán, cosa poco corriente en aquellos tiempos. Todo lo anterior dio lugar a que tu estilo no tuviera paralelo en la literatura inglesa: Un estilo alemán, pero muy buen alemán y traducido literalmente al inglés.

Salido del pueblo, fuiste un revolucionario de espíritu, pero como les ocurre a muchos escoceses, detestabas a la gente y, por tanto, tu revolución tomó una forma poco corriente: Hablabas mal de los tiempos y predicabas la aflicción; según tú, la salvación debía de llegarnos de manos de un héroe, algún hombre divino quien, investido de autoridad, lo enderezaría todo. Nunca nos aclaraste cómo íbamos a identificarlo. Buscaste, eso sí y hasta rebuscaste héroes en la Historia que te sirvieran de ejemplo para el futuro. Tu primer descubrimiento fue Oliver Cromwell; el segundo, menos acertado todavía, Federico El Grande.

Escribiste tu mejor obra antes de que te diera por venerar a los héroes. Tu Revolución Francesa es quizá la obra más dramática de historia que jamás se ha escrito, esto alcanzó a decirme Rafael. La más pesada tu Federico el Grande.

Tu vida privada fue, más que nada, desgraciada. Jane, tu mujer, era inteligente y pertenecía a una clase social superior a la tuya. Pelearon por muchos motivos incluido el de no haberse preocupado por consumar su matrimonio. Tu mensaje de veneración por los héroes es trivial, pero, lo escribiste en un lenguaje incomparable.

Bueno, estimable Thomas, ojalá que donde ahora estás, que es donde están todos los que en este mundo, de una manera o de otra han sido héroes, encuentres al que te deje satisfecho, porque si no, te las vas a seguir viendo negras. El que te manda saludar es Federico. Pronto nos veremos por ahí. Saludos. 

3 septiembre 2005

 

Inolvidable (ya lo ves) Poeta Tu Fu:
China.
 

Me atrevo a ponerte estas líneas porque te conozco de oídas, como decimos nosotros: alguna vez Rafael del Río me habló de ti y estos tiempos se parecen a los que tú viviste, cuando la guerra rompió la paz y conociste la rebelión, la guerra, los jardines y las granjas abandonadas y, por supuesto, la miseria, la pobreza y la soledad. 

Cuando aquello amenazaba sería, seguramente, que escribiste lo que Rafael me enseñó: “Una línea de grullas vuela en silencio; una manada de lobos que ladra tras su presa rompe la calma. No puedo conciliar el sueño porque me preocupan las guerras, porque soy impotente para reformar el mundo”. De tu impotencia hará doce o trece siglos y, ¡lo que son las cosas!, ahora la mitad del mundo siente tu misma impotencia. 

Entiendo que fuiste contemporáneo de Li Tai Po, del que Homero me ha contado que dijo: “Puesto que soy mortal, pido mi vida en juventud”, cosa que también quisiéramos Don Joaquín y yo, pero que como a él, barruntamos que no se nos va a hacer. Por otra parte entiendo que de haber vivido en estos días hubieses aceptado una invitación a comer con los cofrades del Grupo del Buen Yantar e Libar, pues te gustaba beber bien. 

Dispensa que me haya tomado la libertad de interrumpir tu largo sueño sin, como te digo, conocer más de ti, aunque por otra parte, puede que esto sea parte de la inmortalidad que, como ves, has alcanzado con tu poesía. En fin, sigue durmiendo, para ver lo que encontrarías, no vale la pena despertar del todo. 

22 de marzo 2003  

 

Vasco Núñez de Balboa:
Darien, Panamá.

A ti te estaba reservada la gloria de descubrir un nuevo mar y señalar con ello un importante hito en la historia de la exploración y colonización del Nuevo Mundo. Habiendo oído hablar de él a los indios que también hablaban de oro en enorme cantidad asociado a aquella región -lo que sin duda fue para ti un estímulo mayor- , te embarcaste en Darién para tocar la costa en la parte más estrecha del istmo; cruzaste en dirección sur un terreno quebrado, cubierto de selvas y pantanos, ocupado por tribus hostiles, con guías indígenas y ciento noventa españoles. Al aproximarse a una cumbre desde la que dijeron divisarías el mar, te adelantaste a tus compañeros y al abarcar tu mirada un vasto océano, te postraste de rodillas en tierra y levantando las manos al cielo diste gracias a Dios. Cuando tus compañeros se te juntaron, hiciste elevar allí una cruz y grabar en los árboles el nombre del rey.

Seguiste hacia el sur y en la playa del golfo de San Miguel te adelantaste en el agua salada, armado y con la espada desenvainada: elevando en medio de las olas el estandarte de Castilla, hiciste testigo a tus compañeros de que tomabas posesión de aquel mar y de todas las provincias y reinos adyacentes en nombre de tu rey. Lo llamaste Mar del Sur por haber seguido esta ruta en la expedición y más tarde Magallanes debía llamarlo Océano Pacífico, al internarse en él desde su parte meridional.

Tras cinco meses de ausencia regresaste a Darién cargado de riquezas y después de establecer alianzas con los indígenas de la región. Pero tus mensajes a España con relaciones y presentes llegaron demasiado tarde para impedir la tragedia que se cernía sobre ti. El rey oídas las quejas formuladas por Enciso contra ti, había dado plenos poderes a Pedrarias, nombrado gobernador de Darién para actuar en los nuevos territorios. Después de suspicacias iniciales, Pedrarias te tomó como gobernador y te casó por poderes con su hija que residía en España mientras tú te trasladabas a la costa occidental para la construcción de cuatro bergantines dispuestos a surcar el nuevo mar. Pero, al fin, Pedrarias hizo caso de malévolas lenguas que te acusaban de traicioneros propósitos.

Fuiste detenido por Francisco Pizarro y llevado a Acla a través del istmo y juzgado allí por un tribunal presidido por Gaspar de Espinosa, que más tarde debía explorar la costa del Pacífico con las naves construidas por ti. Condenado a muerte, fuiste ahorcado con cuatro de tus compañeros de empresa. Así acabó tu vida, que fue la de un descubridor de un nuevo mar, la de un hombre con grandes defectos, sin duda, pero cuyas cualidades de mando y espíritu temerario podían dar argumento para páginas admirables de la historia de la Conquista.

Pizarro fue el principal heredero de estas problemáticas empresas: la conquista de las tierras incaicas era fruto natural del descubrimiento del mar del Sur realizado por ti. Quiero decirte, antes de finalizar estos renglones, que un día más o menos próximo -ese día siempre es próximo- te buscaré para saludarte y ponernos a ver desde aquella altura la belleza del mar que descubriste. ¡Chao! 

15 de octubre 2005

 

Señor Víctor Esteban Pérez:

Ciudad de México, D. F. Pues sí que me ha sorprendido su atenta carta del 18 de Mayo próximo pasado, así como lo de su fidelidad a este diario, que ha seguido recibiendo, leyendo y disfrutando durante los treinta y nueve años que tiene ya de capitalino. Estemos donde estemos, ¿qué haríamos los laguneros sin él, verdad? Muchas gracias por lo que a mí me toca. Revive en mi memoria (oiga usted, ¡para memoria la suya!, como lo deja ver en las dos páginas de su carta citada) el recuerdo del  mutuo y querido amigo doctor  Emilio Folch Guimerá, a quien usted le llevó hasta el último día, el ejemplar del día de este diario, al Sanatorio Español de aquella capital, a donde fue en busca de salud y donde encontró la muerte el año 1967.

Como en aquellos años yo iba con frecuencia a la capital, tuve la suerte de alcanzarlo con vida y saludarlo, poco antes de su deceso. Si el doctor Ricardo Hernández Chávez trajo a este mundo a todos mis hijos, una vez nacidos el doctor Folch se hacía cargo de ellos; hasta Rafael, que murió tres días después de nacer y que él lloró tanto como nosotros. Seguramente el doctor Folch está disfrutando de la santa gloria de Dios. 

Yo me acuerdo fácilmente de su padre, pero, la verdad, de usted no y sin embargo usted, gracias a esa buena memoria que, según usted mismo dice, “fue una de las pocas buenas cosas que Dios me dio”, sabe de mí y de los míos lo que yo no imaginara: de la época en que viví por la Acuña, a una cuadra de donde ustedes, según  me dice, en uno de los departamentos de Manuel Sánchez (a) “El  Flamenco”; que Elvira esperaba a nuestro primer hijo, lo que no obstaba para que por entonces aprendiera  a manejar en aquel Packard negro de últimas manos.

¿Sabe usted, mi sorprendente corresponsal, desde cuándo no pensaba yo en todo esto? ¡Añales! Y luego me recuerda a doña Conchita Bustamante de Cueto, que dice usted, fue como abuelita de usted y sus hermanos y que con mi tía Emilia, cuando se veían echaba grandes parrafadas, pues su esposo, don José Cueto y mi tío Manuel fueron grandes amigos. Que alguien supiera de otro lo que usted sabe de mí yo creí que sólo el FBI o la KGB, pero ya veo que no, que un muchacho memorioso estará siempre en posibilidad de dar sorpresas como la que usted me dio ahora.

En cuanto a usted, me dice haberse recibido de LAE volviéndose banquero con el tiempo y por treinta y tres años, con los cuales tuvo bastante. Le agradezco su carta. Ésta le sorprenderá el próximo sábado (la escribo el domingo primero de Junio), no tanto como la suya a mí, pero, vamos, un poco al menos. De alguna manera seguiremos en comunicación. Tanta fidelidad a los recuerdos de esta nuestra ciudad, a este diario y a mi columna inicial es cosa de agradecerse y aquí va nuestro agradecimiento. 

Un abrazo.   

7 de junio

 

Víctor Marie Hugo:
París, Francia.

Pediste a tus paisanos que te oyeran. Les dijiste: “Escuchad la voz del poeta, / escuchad al soñador sagrado”. Y, como te lo creíste, te lo creyeron, no sólo ellos, todo el mundo por cierto tiempo. A tus padres les daba por andar de las greñas, así que no tuviste una infancia que podamos decir feliz, por eso creciste con la convicción de que ser amado es la suprema felicidad, razón que me hizo recordarte mientras celebrábamos el “Día del Amor y la Amistad”.

No te anduviste por las ramas y en la primera oportunidad declaraste tu ambición como escritor: no ser un escritor cualquiera sino un Chateaubriand al menos y de allí para arriba. En 1827 iniciaste la cruzada del romanticismo en Francia, para demostrar que “el objeto del arte moderno no es la belleza sino la vida”. “Nuestra Señora de París” la escribiste en 1831 y cien años después, año más año menos, vimos aquí, en el Teatro Princesa la película hollywoodense protagonizada por Lon Chaney.

Siendo no sólo escritor sino, también, orador, no podías escapar a la política y te metiste en ella. Declaraste tu oposición a Napoleón III y excitaste a las tropas contra él en 1851. En 52 fuiste desterrado a las islas del Canal, donde escribiste “Los Miserables”. En el 70 regresaste triunfal a Francia donde, a partir de entonces y por el resto de tu vida, fuiste considerado como una institución nacional, convirtiéndote en el ídolo de la literatura. Fuiste en vida una mezcla extraña de mezquindad y extravagancia, de prudencia y osadía, de imaginación y de falta de sentimientos. En verso o en prosa demuestras en lo mejor de tu obra, clarividencia e intuición romántica:

“El mar nunca dice lo que se propone hacer. En este abismo hay de todo, incluso trapacería. Podría decirse que el mar abriga designios; avanza y retrocede, propone y se retracta, prepara una borrasca y después abandona sus planes, promete destrucción y no cumple su palabra. Amenaza al norte y embiste al sur”. Swinburne, el poeta británico, dijo de ti que “nadie te había aventajado en sublimidad de espíritu, en espontaneidad de lenguaje, en variedad de vigor y en perfección de trabajo…
”. Dicen que Lloyd George, el ministro británico llevaba siempre con él, a donde quiera que fuese, un ejemplar de “Los Miserables”.

Hoy, acaso se te aprecia menos, pero, de vez en cuando se te recuerda. Así que sigue siendo romántico, el mundo, más tarde o más temprano volverá a buscarte. 

21 febrero 2004

 

Mr. William Blake:
Londres, G. B
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Las noticias que en estos últimos días nos dan todos los medios informativos acerca de cómo hasta menores de edad son capaces de planear, convencer a otros y estar dispuestos, no sólo a robar sino a cometer un crimen, si se hace necesario sólo para hacerse de unos miles de pesos me hizo recordarte y aquí estoy perturbando tu paz.

En tu tiempo, hace dos siglos y cacho y muchos de los que de ti saben en los nuestros te creyeron o te tachaban de loco y hubo quien escribiera de ti que eras “un desgraciado lunático, cuya calidad inofensiva hace que no se le encierre”. Sin embargo, el estudio de tus escritos ha ido revelando no sólo al poeta excelente que fuiste sino a la fuerza de tus pensamientos sobre el hombre y la sociedad. Además de atractivo y simpático fuiste sincero. Uno de tus jóvenes amigos te llamaba “el hombre sin máscara”. Siempre eras el mismo: Rico en medio de tu pobreza.

Vivías de hacer grabados. Renombrados pintores te visitaban en tu pobre casa de Londres donde vivías con tu mujer. Me compadecen, decías, pero son ellos los que han de ser objeto de compasión; yo poseo mis visiones y mi paz. Yo no me vendo. Ellos han cambiado sus privilegios de nacimiento por un plato de lentejas. Sólo un poder hace al poeta: La imaginación, visión divina, decías y añadías: El hombre es todo imaginación. Dios es hombre y existe en nosotros y nosotros en él. Te mostrabas excesivamente desvinculado del mundo exterior para basar tus dibujos en formas precisas y justas.

Tal vez la mejor alabanza que se ha hecho de ti como hombre y como poeta es la que resulta de la crítica severa de un poeta de nuestros tiempos, T. S. Elliot, cuando dice: “No estaba loco, ni asustado, ni se ocupaba de otra cosa que no fuese una afirmación exacta... Él estaba desnudo y veía al hombre en su desnudez, precisamente desde el centro de su propio cristal”. Y siendo así la vida tan fácil y tan sencilla, como tú la viviste, por contraste con la que viven en la actualidad muchos jóvenes que se la complican innecesariamente, no podía menos que recordarte. Donde estés, sigue en lo tuyo. 

28 febrero 2004

 

Mr. William Frederick Cody. (a) Buffalo Bill:
Lookout Mount, Denver, U.S.A

Ciento cincuenta y ocho años tendrías si, de pronto aparecieras a caballo, pues naciste en 1846 en Iowa, Norteamérica, de donde tus padres, que andaban de la Ceca a la Meca, te llevaron a Canadá. Once años después muere tu padre y, ni modo, tienes que ver cómo te ganas la vida desde esa temprana edad. Te ocupas en correos: llevas a caballo, coches o hasta en carretas, valores y mercancías con riesgo constante de tu vida, pues los malhechores, que nunca han faltado en todas partes, se daban cuenta de lo que llevabas. Así fue como te hiciste buen jinete, buen tirador y listo para enterarte oportunamente de todo.

Apenas cumplidos los veintiún años te alistas de voluntario en el Ejército que urgentemente necesitaba guías que conocieran las costumbres y dialectos del país que se estaba haciendo. Pronto llegaste a ser jefe de exploradores del general Sheridan, a quien sirves bien y eso te da cierta fama. Un día le atinaste a sesenta búfalos y de allí te vino el famoso sobrenombre.

En la guerra contra los sioux cruzaste tiros con el jefe de los cayena “Mano amarilla” a quien matas. Entonces es que se te ocurre reunir a un considerable número de indios y exhibirlos. Con muchos de tus antiguos enemigos, cientos de vaqueros y una vieja diligencia formas tu caravana y por más de veinte años recorres toda América, ganando una gran fortuna que empleas en comprar tierras en Nebraska y Wyoming, constituyendo un pueblo al que das tu nombre. Fuiste nombrado juez de la “Wyoming National Guard”. En 1901 fundas el “Cody Military College and International Academy of Rough Riders” para enseñar a los jóvenes equitación y tiro. Publicas en folletos tus aventuras y en 1917, el mes de Junio mueres con gran solemnidad según contaron los que lo atestiguaron.

Lo que viviste y contaste, Jesús y yo te lo hemos agradecido siempre, pues de escolares nos hiciste pasar muy buenos ratos. Él, seguramente ya te hizo desde hace años una visita en la que te habrá dicho que, a veces nos parecía que les echabas mucha salsa a tus tacos.

Para finalizar estos renglones quiero decirte que moriste oportunamente, pues hoy tu vida pasa desapercibida para los muchachos que sólo quieren saber de música y jovencitas algo más grandes que ellos. No me esperes, de todas maneras un día de éstos nos veremos.  

11 de Septiembre

 

William Pitt Chatham, Primer Conde de Chatham,
Ministro de guerra Londres, Inglaterra:

“Inglaterra ha estado pasando muy malos tiempos, pero al fin ha producido un hombre”, dijo Federico El Grande hablando de William Pitt, su principal aliado inglés. Por tu parte, tú decías de ti mismo: “Yo sé que puedo salvar a este país y que nadie más puede hacerlo”. Ambos decires son los que me hacen hoy venir a molestar tu tranquilo sueño. Porque en relación a México, mi patria, sustento, con paciencia la misma esperanza: que un día aparecerá nuestro hombre.

Comprendiste mucho más que los políticos que te fueron contemporáneos cuánto dependía del comercio la prosperidad de la Gran Bretaña de aquel siglo XVIII (cada quién tiene que comprender el suyo), tanto que un día dijiste: “Cuando el comercio peligra hay que defenderlo o morir”. Lo que te movió a realizar grandes esfuerzos con todo tu poder, no fue tanto la amenaza de la dominación francesa en Europa como el convencimiento de que si el dominio francés se extendía a ultramar, es decir, a Norteamérica, las Antillas, África y la India, el comercio británico vería muy limitadas sus oportunidades de negocio y el reino entero quedaría sumido en la mayor depresión económica. Por eso te respaldaron todos los habitantes de Londres, donde levantaron a tu memoria un monumento conmemorativo en las casas consistoriales, que lleva una inscripción más verídica que muchas de su clase. Dice: “Aumentó la riqueza de su patria mediante el comercio, que por vez primera unió a la guerra y bajo ésta floreció”.

Para los comerciantes de Londres fuiste “el gran diputado” (y que tomen nota todos los “Niños Verdes” habidos y por haber). Pero también ostentaste el cargo de Pagador, que dejaste sin haber hecho uso de él para enriquecerte. (Que se echen ese trompo a la uña los que en PEMEX no saben hacer sino lo contrario). Recordar lo que un día lograste para tu patria y que nosotros podremos alcanzar cuando aparezca “nuestro hombre”, es lo que me hizo recordarte. Sigue descansando en paz. En ésta, nosotros, seguiremos esperando, porque sabemos que “no hay plazo que no se cumpla ni fecha que no se llegue”. 

6 marzo 2004

 

 

 
Emilio Herrera Muñoz