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Ya no se quiere nada excepcional.
La ciudadanía se conformará con volver a comenzar
con hombres honrados y trabajadores
que al que hace todo lo que puede no se le puede pedir más,
según aconsejaban nuestros viejos.
Y que ame a su ciudad, por encima de todo
que la ame no de dientes para afuera, sino de corazón de oro.
 
 

Torreón

Me llamo Emilio y mi ciudad es ésta
-surgida de la nada-,
ciudad que pudo ser por la inflamada
visión de algunos hombres.

Como a las grandes urbes, amándola un río
le dio su nervio y su destino
el precursor que desmontó su primer campo:
corazón entero frente al área recatada,
midió la longitud del primer surco
por la fuerza de su brazo.

De surcos como aquél,
como un capullo más,
como un sueño soñado con vehemencia,
como un acto de amor puro y sencillo,
surgió Torreón, ciudad que habito
enamoradamente.

¡Excepcional fortuna
la de los hombres que nacen y crecen
en una ciudad joven!

Puede asomarse a diario
a la fresca fuente de sus orígenes
y al mismo tiempo ver cómo se transforma
cotidianamente
con ímpetu inaudito.

Como en un acto de magia
han visto desaparecer las casas de ancestral adobe
y ocupar su lugar airosos edificios:

Allí donde la botica de piso de madera
de la familia prócer,
el hermoso edificio de cantera;
allí donde la residencia de dos pisos
de ladrillo rojo,
el alto inmueble que soñó, mientras crecía,
llegar a ser soberbio rascacielos;
y allí donde el penal, el moderno hotel
que fuera un día
el sueño colectivo de toda la ciudad.

Hacer una ciudad no es cosa fácil.
es cuestión de audacias y locuras;
de ignorarlo todo y saber sólo una cosa:
que el milagro es cuestión de sudor
y el trabajo a secas,
y de seguir soñando intermitentemente,
supliendo con otro nuevo el sueño realizado,
convencido de que es hoy y aquí
donde se puede dejar huella,
porque en el sepulcro donde inexorablemente has de ir
no hay industria ni ciencia que hacer.

Esta ciudad en que agonizo a diario
es una maravilla:
la hacen y deshacen diariamente.
No sé cuantos presidentes municipales
la han construido,
ni cuántos la han desecho.
Pero ella está aquí, ardiente y húmeda,
en espera de la fogosidad de sus amantes.

En Torreón conocí a Elvira.
En esta ciudad de amplios horizontes
se encierra toda nuestra historia.

El campo de nuestros esfuerzos ha sido éste,
y el de todos nuestros sueños,
los que hemos realizado y los que soñamos
cada día
nos rodean grávidos del mismo amor,
quienes habrán de continuarlos.

Aquí están también nuestros muertos:
los abuelos, los padres, los hermanos,
y aquel hijo que no quiso vivir.
Por eso que mi ciudad es ésta:
la va pagando mi tribu al precio de su espíritu,
de su vida y de su muerte.

 
Emilio Herrera Muñoz